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Salud

Todo lleva proteína

Mientras el supermercado multiplica sus productos altos en proteínas, los expertos siguen preguntándose si realmente estamos ante una mejora de la dieta o ante una solución simplista (y rentable) a un problema que no existe.

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09
febrero
2026

¿Obsesión saludable o nuevo marketing nutricional? Lo que hace apenas una década era terreno exclusivo de fisicoculturistas se ha convertido en un estándar del consumo cotidiano. Por algún motivo, la proteína ha pasado de ser un nutriente más a convertirse en un sello de virtud alimentaria, y basta con recorrer cualquier supermercado para comprobarlo: yogures, panes, barritas energéticas, cereales, postres, bebidas e incluso agua con su etiqueta «extra protein». ¿Es esta tendencia una mejora real de nuestros hábitos de salud?

Durante años, la nutrición (tanto a nivel popular como académico) ha ido señalando enemigos concretos. Primero la grasa, luego el azúcar, después los hidratos de carbono. En ese contexto, la proteína ha quedado, para algunos, como el único macronutriente seguro, prácticamente intocable, que encaja con una cultura centrada en la optimización de nuestro cuerpo.

El auge del fitness y la influencia constante de redes sociales han hecho de la proteína un símbolo aspiracional, dado que el consumo de productos hiperproteicos permite alinearse con un ideal de autocontrol, energía y salud. Sin embargo, en países como España, donde la dieta tradicional ya aporta cantidades suficientes de proteína, esta tendencia responde más un deseo identitario que a una carencia nutricional.

Hoy por hoy, la mayoría de la población en Europa occidental consume proteína por encima de las recomendaciones oficiales. Las deficiencias reales de proteína son raras y suelen estar vinculadas a situaciones de pobreza extrema o enfermedad. No obstante, el mercado actúa como si existiera una emergencia sanitaria que requiere más snacks proteicos.

Las deficiencias reales de proteína son raras y suelen estar vinculadas a situaciones de pobreza extrema o enfermedad

Dicho lo cual, el problema no es la proteína en sí, sino el modo en que se ha convertido en un reclamo simplificador. Muchos de los productos que presumen de su contenido proteico son ultraprocesados que apenas mejoran su perfil nutricional global. Una galleta de chocolate enriquecida con proteína añadida no deja de ser una galleta de chocolate. De este modo, el etiquetado crea una ilusión de salud que justifica su consumo frecuente y, de paso, precios más elevados.

Además, la obsesión por la proteína tiende a desplazar otros componentes esenciales de la dieta, como la fibra, que queda relegada frente a productos diseñados para maximizar un solo nutriente. ¿El resultado? Una alimentación cada vez más reduccionista, centrada en cifras y porcentajes. Y, siendo la comida tan importante como experiencia sociocultural, deberíamos quizá plantearnos si queremos convertirla en una mera operación técnica.

Sí puede ser cierto que, en determinados casos, una mayor ingesta de proteína puede estar justificada, pero suele ser el caso de deportistas de alto rendimiento, personas mayores o situaciones clínicas concretas. Pero extrapolar esas necesidades a toda la población carece de base científica. Al fin y al cabo, el cuerpo tiene sus límites, y el exceso de proteína en una persona corriente no se traduce necesariamente en más músculo y mejor salud. El organismo utiliza lo que necesita y el resto se metaboliza como energía o se almacena.

Existen también numerosas incógnitas sobre los efectos a largo plazo de una ingesta excesiva y continuada de proteína, especialmente las de origen animal. Por ejemplo, algunos estudios apuntan a una mayor insuficiencia renal en personas con predisposición a esta afección. A ello se suma el coste ambiental, ya que la producción intensiva de proteína animal es una de las principales fuentes de emisiones y consumo de recursos del mundo. Se estima que emite tantos gases de efecto invernadero como todos los coches, trenes, barcos y aviones juntos.

La producción intensiva de proteína animal es una de las principales fuentes de emisiones y consumo de recursos del mundo

Con todo esto se concluye que, si bien es cierto que la proteína es imprescindible en nuestra dieta, la industria alimentaria ha sabido aprovecharse de que muchos ciudadanos quieran mejorar sus hábitos. Al mismo tiempo, debido al entorno nutricional tan confuso, en la que los mensajes contradictorios están a la orden del día, el concepto de «más proteína» parece una instrucción fácil de seguir. Ahora bien, la simplicidad es engañosa. La salud no se construye sumando un nutriente aislado, sino a través de patrones alimentarios completos.

De hecho, la dieta mediterránea, que sigue siendo el modelo a seguir, no se ha caracterizado nunca por su exceso de proteína, sino por su equilibrio: legumbres, verduras, cereales integrales, aceite de oliva, pescado, consumo moderado de productos animales… La proteína está presente, pero no ocupa el centro del discurso.

La obsesión por la proteína muestra las carencias de nuestra era, en la que se buscan soluciones rápidas y etiquetas tranquilizadoras para problemas tremendamente complejos que precisan cambios estructurales. En definitiva, quizás debamos dejar de llenar los estantes de tanta proteína ultraprocesada y empezar a recuperar una relación menos instrumental con la comida, especialmente si no vivimos de nuestro cuerpo. Para el consumo diario, es más importante la calidad, la diversidad y el contexto que el nutriente en sí. Raro sería que nuestra salud cupiese en un paquete de galletas de chocolate.

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