Philipp Blom
La tierra sometida
«Los pintores han vivido desde siempre enamorados de las nubes, de sus impetuosas metamorfosis, de la sensualidad de sus formas, del juego de luces y sombras», señala Philipp Blom.
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Mira el cielo, mira el infinito y, delante, el tumulto en la alta cúpula de las nubes. Da igual lo que se extiende abajo, en la franja de tierra: un panorama alpino, el atasco de todos los días en Sunset Boulevard, las ruinas de una fábrica, océanos azotados por tempestades, trigales o rascacielos de vidrio y cromo. Arriba, el viento sopla en libertad; allí también las ideas deben de ser libres y adquirir una y otra vez nuevas formas. Allí debe de imperar la máxima expresión de lo salvaje.
Los pintores han vivido desde siempre enamorados de las nubes, de sus impetuosas metamorfosis, de la sensualidad de sus formas, del juego de luces y sombras, de los dramáticos cambios de estado de ánimo que sobrevienen cuando, de repente, el sol desaparece o se filtra por entre las altas y plomizas masas de nubes como una revelación.
Los más grandes virtuosos de las nubes fueron los holandeses, que a mediados del siglo XVII empezaron a ver su propio estado de ánimo en el desgarro y en la poesía de los paisajes celestes, sobre todo porque el terrestre no tenía mucho que ofrecerles: a duras penas una colina, y mucho menos cumbres y desfiladeros espectaculares, ríos majestuosos y panoramas imponentes. Abajo todo era pequeño y húmedo, de un marrón teñido de gris, sin grandes acentos, sin ruinas de la Antigüedad ni nada que provocase un estremecimiento sublime. Ahí vivían campesinos o pescadores de arenques.
El mar, eterno proveedor y enemigo eterno de todos los pueblos costeros, representaba la naturaleza que no se deja domeñar
La tierra era una franja en el horizonte interrumpida apenas por algunos árboles o una hilera de molinos de viento. Buena parte de ese paisaje lo había creado la mano del hombre; no solo los campos con sus bordes trazados como con regla, sino también los canales, las ciudades y la tierra misma, que ingenieros, presidentes de juntas del agua y el duro trabajo de brazos anónimos habían arrebatado al mar del Norte. «Dios creó la tierra –rezaba un viejo dicho– y los holandeses crearon la suya.» Confianza en sí mismos no les faltaba.
Los pintores, en cambio, buscaban algo más que unidades de producción trazadas con compás, dehesas boyales y parcelas para cultivar verduras. Quienes les encargaban cuadros, patricios de Ámsterdam y de otros núcleos urbanos comerciales, querían ver reflejados en los lienzos su estado de ánimo y sus ideas. Eran protestantes estrictos que rendían cuentas directamente a Dios. Sin confesión ni absolución, dependían por completo de su conciencia. Los artistas de la época proyectaron ese drama en la naturaleza. Las telas en las que se ve una casa de labranza o un bosquecillo son el escenario de dramas psicológicos en que las enormes nubes representan la tormenta de las emociones y de las luchas interiores.
Pintores como Rembrandt, Ruisdael y sus colegas vieron el último espacio virgen de un mundo artificial trazado con compás y cortado en franjas. El mar, eterno proveedor y enemigo eterno de todos los pueblos costeros, representaba la naturaleza que no se deja domeñar y cuya fuerza hay que respetar si se ama la vida, pero fue siempre también el espacio donde pescar y por el que transportar mercancías, un lugar de trabajo y en el que hacer carrera. Se tenía, con el debido respeto, una relación pragmática con el mar del Norte. El cielo era el último lugar en que se podían proyectar las tormentas del alma.
Este texto es un extracto de ‘La tierra sometida’ (Anagrama, 2025), de Philipp Blom.
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