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Gottfried Leibniz, la filosofía del universo cuántico

La filosofía de Leibniz, al buscar las unidades irreductibles y dinámicas de la existencia, parece haber anticipado, en términos metafísicos, la estructura discontinua e interconectada que la física cuántica descubriría siglos después.

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21
enero
2026

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Un paralelismo entre mundos que parecen lejanos está en la conexión entre la filosofía metafísica de Gottfried Leibniz, del siglo XVII, y los fundamentos de la física cuántica moderna. Aunque las ideas están separadas por casi 300 años, el concepto de la unidad fundamental de la realidad, formulado en el pensamiento de Leibniz, prefiguró elementos clave del universo cuántico.

Leibniz, como muchos pensadores, se afanaba por desvelar la naturaleza esencial de la realidad. Dicha tarea, que ya ocupaba a los primeros filósofos griegos, se convirtió en su principal búsqueda, por lo cual se propuso identificar la sustancia fundamental del universo en constante transformación. El pensador alemán concibió la realidad a partir de las mónadas: unidades sustanciales y elementales que describió en su obra Monadología (1714).

Las mónadas, la base de su sistema, son simples y sin partes, por lo que son indivisibles. Leibniz argumentaba que si la materia física era infinitamente divisible, la realidad debía basarse en algo que no lo fuera. De esta forma, las mónadas se consideran átomos formales o espirituales, carentes de extensión. Además, poseen una fuerza interior que les otorga percepción y apetición (deseo o tendencia al cambio). Su movimiento y desarrollo son internos, ya que no pueden ser afectados desde afuera. Por ello, se les llama «sin ventanas».

Tanto en la metafísica de Leibniz como en el nivel cuántico, el universo se revela granular y discontinuo

«Las mónadas son unidades de sustancia puras e indivisibles cuya complejidad reside en la riqueza de su percepción interna», según la Monadología. Su independencia se resuelve, sin embargo, mediante lo que Leibniz llamó «armonía preestablecida»: Dios ha sincronizado de antemano el desarrollo interno de cada mónada para que actúe en perfecta coordinación con el resto del universo, garantizando la coherencia de la realidad.

La idea metafísica encontró, mucho tiempo después, dos paralelismos claros en la física de la mecánica cuántica. En primer lugar, se halla la unidad discreta y elemental. La física cuántica, iniciada por Max Planck con el concepto de cuanto, se basa en la idea de que la energía no es continua, sino que se presenta en paquetes discretos e indivisibles. Planck descubrió que la energía (E) de estos cuantos es proporcional a su frecuencia (v), en una relación definida por la famosa constante h (E = hv), que establece la medida fundamental de la indivisibilidad de la energía.

No es que Planck tomara como referencia a Leibniz. Su conexión es meramente filosófica y no causal. Las partículas elementales (como electrones o quarks) se consideran puntuales, es decir, carentes de estructura y de extensión interna. Esta visión asimétrica de la materia resuena directamente con la cualidad de las mónadas: ser unidades absolutamente simples e indivisibles. Así, tanto en la metafísica de Leibniz como en el nivel cuántico, el universo se revela granular y discontinuo, lejos de ser una entidad infinitamente fragmentable.

El segundo paralelismo se relaciona con el holismo y la interconexión. Leibniz propuso que cada mónada es un espejo que refleja todo el universo de manera única y está coordinada con todas las demás a través de esa armonía preestablecida. Esta idea encuentra un eco moderno en el fenómeno del entrelazamiento cuántico (quantum entanglement).

En este estado, dos o más partículas están conectadas de tal modo que sus propiedades se describen mediante una única función de onda, y el estado de una partícula influye instantáneamente en el de la otra, sin importar cuán separadas estén en el espacio. Esto sugiere una interconexión fundamental y holística a nivel elemental, que capta la esencia de la visión leibniziana de un cosmos intrínsecamente interdependiente.

La filosofía de Leibniz, al buscar las unidades irreductibles y dinámicas de la existencia, parece haber anticipado, en términos metafísicos, la estructura discontinua e interconectada que la física cuántica descubriría siglos después.

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