Madre de Nadie
El día que tu hijo cumple 18 años no se emancipa: te expulsan. Te expulsan como madre. No de su vida afectiva –eso vendrá después– sino de algo mucho más frío y contundente: de su existencia administrativa.
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Hay una forma moderna de perder a un hijo sin que se haya ido a ninguna parte. No es una tragedia épica ni un drama íntimo: es un trámite. Un clic. Un cambio de estado en un sistema informático.
El día que tu hijo cumple 18 años no se emancipa: te expulsan. Te expulsan como madre. No de su vida afectiva –eso vendrá después– sino de algo mucho más frío y contundente: de su existencia administrativa.
Hasta ayer eras todo. La cuenta bancaria la abriste tú. La alimentaste tú, literalmente, con pasta, con transferencias, con Bizum. Lo llevabas al médico, a las extraescolares, al dentista. Le abriste la cuenta digital en el seguro médico, le sacaste el carné de la biblioteca, firmaste excursiones, permisos, autorizaciones infinitas. Pagaste la ropa, el Uber, el veterinario de su perro (que también alimentas tú), el médico de cabecera, los impuestos, el alquiler emocional y económico de su vida.
Usaste tu coche para recogerlo a él y a sus amigos. Pusiste tu firma como aval bancario para la residencia de estudiantes, para el piso compartido, para todo aquello que él todavía no puede sostener solo. Y lo hiciste sin cuestionarlo, porque eso es ser madre. Porque nadie te explicó que estabas trabajando para un despido automático.
Nadie te explicó, al ser madre, que estabas trabajando para un despido automático
Cumple 18. Y de repente: la nada. Te eliminan motu proprio de la cuenta bancaria. Te expulsan del correo académico. Dejas de existir en los sistemas que tú misma activaste. Tu dinero sigue siendo necesario, tu responsabilidad sigue intacta, tus impuestos siguen corriendo, pero tu acceso desaparece. Ya no puedes ver, preguntar, acompañar. Has pasado de «responsable legal» a «tercera persona». Y entonces llega lo verdaderamente increíble. El médico. El de toda la vida. El amigo. El que ha comido en tu casa, al que invitaste mil veces, el que te vio contar cuentos a tu hijo antes de cerrar la puerta de su habitación para luego cenar con él y otros amigos en el salón. El mismo con el que has salido de noche, con el que has jugado al tenis los domingos por la mañana.
Ese médico te mira a la cara y te dice que no puede darte los resultados de unos análisis rutinarios de sangre de tu hijo. Triglicéridos. Azúcar. Nada dramático. Pero no. «Es un individuo mayor de edad. No puedo hacerlo sin su permiso».
Y tú te quedas con cara de idiota. No sabes qué decir ni qué hacer. Porque no estás pidiendo invadir su intimidad: estás intentando seguir cuidando. Pero eso ya no cuenta. Cuidar no es una categoría administrativa.
Y entonces te ves escribiéndole a tu hijo, no a miles de kilómetros ni en ninguna capital europea, sino en la habitación de al lado, permanentemente cerrada, imagen que ya forma parte de esta generación de adolescentes aniquilados por un sistema que hemos construido entre todos, tratando de sobrevivir al drama junguiano de matar simbólicamente a la madre –porque ahora las madres son la autoridad, ríase usted del conflicto freudiano– suplicándole, con una desesperación absurda: «Por favor, hijo, ¿serías tan amable, cuando puedas, sin agobios, de firmarme esta autorización para que pueda acceder a los puñeteros análisis de sangre y ver si tienes bien los triglicéridos y el azúcar?».
Hoy, la maternidad es una expulsión burocrática que no tiene en cuenta ni el vínculo, ni la historia, ni la responsabilidad real
Mientras oyes, al otro lado de la puerta, en el pasillo, el sonido inequívoco del teléfono de tu hijo (que tú compraste y tú recargas puntualmente) recibiendo tu mensaje. En su cuarto. En tu casa. Ese hijo que come tu comida, usa tu coche y sigue cubierto por tu seguro sanitario privado. Que sigue, inevitablemente, viviendo de tus recursos mientras el sistema (y ¡ojo! también tu propio adolescente junguiano, arropado por toda esta locura) te escupen a la cara, y con todas las de la ley, que «ya no es asunto tuyo».
Tu hijo no se ha emancipado. Tu hijo no se ha ido. Tu hijo no puede irse. Está ahí, encerrado, atrapado en una adolescencia prolongada por un sistema diabólico que lo ha convencido de que tiene derecho a todo; por un mercado laboral imposible y un acceso a la vivienda directamente obsceno. Con suerte para él, se irá a los 35. Con mala suerte, seguirá ahí… Tal vez con un hijo propio (tu nieto) como nuevo inquilino los fines de semana alternos, porque se ha separado, porque no tiene dónde vivir, porque no puede pagar un piso, porque el sistema que te expulsó a ti como madre tampoco le ha dado a él un lugar en el mundo.
Eso. Eso es la maternidad hoy. No la pérdida gradual, no el duelo natural por la autonomía del hijo, no el aprender a soltar. No. Es una expulsión burocrática, fría, automática, que no tiene en cuenta ni el vínculo, ni la historia, ni la responsabilidad real. Solo la edad legal. Y lo increíble no es que el sistema funcione así. Lo verdaderamente increíble es que lo hayamos normalizado.
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