Spinoza, Leibniz y la sustancia
El racionalismo buscó en el Yo las respuestas a las grandes dudas existenciales, pero sus representantes tenían visiones enfrentadas de lo que somos y de nuestra relación con el mundo y con Dios.
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Para Spinoza, la realidad está compuesta por una única sustancia. Para Leibniz, está hecha de muchas. Esta es la principal diferencia entre estos dos filósofos que siguieron el racionalismo de Descartes y que trataron de responder a algunos de los interrogantes que había dejado abiertos, como la relación entre alma, cuerpo y Dios.
Pero ¿qué es esta «sustancia»? Este concepto aparece desde la filosofía clásica para nombrar todo aquello que existe sin depender de otra cosa para existir. Es el sujeto que sostiene los predicados. Explica el doctor en filosofía Alfredo Marcos que «el asunto central de la ontología de Aristóteles es el de la sustancia.
Es decir, cuál o cuáles son las entidades primeras, tanto en el orden del ser, las que fundamentan la existencia del resto, cuanto en el de la explicación, aquellas que nos dan la base para explicar el resto». Es lo que hace que algo sea lo que es, más allá de sus características cambiantes. Por ejemplo, aunque nuestro cuerpo cambie con el paso del tiempo, aunque suframos un accidente o nos salgan arrugas, nuestra identidad no cambia. Podemos teñirnos el pelo o perder peso, pero no dejamos de ser quienes somos porque nuestra sustancia permanece. De este modo, la sustancia es aquello que está por debajo de las apariencias, mientras que las características dependen de ella para existir.
Descartes también desarrolla este concepto e identifica tres tipos de sustancia, aunque no en el mismo sentido. Distingue la sustancia pensante o res cogitans (la mente), la sustancia extensa (la materia, el mundo físico, el cuerpo) y la sustancia infinita, Dios, que es la única sustancia plenamente independiente y fundamento de las otras dos. Su filosofía sitúa al Yo pensante en el centro del conocimiento y propone la duda como método para alcanzar la verdad. De ahí que su primera certeza sea «pienso, luego existo»: si estoy dudando es porque existo. Podemos dudar de todo, pero no de nuestra propia existencia.
Dios, la naturaleza y la sustancia
Al cuestionar la división cartesiana, Spinoza llevó el racionalismo hasta un punto que tuvo consecuencias directas en su vida. Nacido en Ámsterdam en 1632, Baruch Spinoza, filósofo de origen judío-portugués, se formó en la tradición hebrea, pero pronto se sintió atraído por lecturas filosóficas y científicas, desde clásicos hasta el pensamiento moderno. La radicalidad de sus ideas lo distanció del judaísmo rabínico y fue expulsado de su comunidad.
Si una sustancia es aquello que no depende de nada para existir, sostiene Spinoza, solo puede haber una: Dios.
Su obra más importante es Ética demostrada según el orden geométrico, que se publicó de forma póstuma. En ella, defiende el uso del método matemático o geométrico, una forma de explicar la realidad de manera racional y deductiva. Parte de axiomas o de nociones que la mente no puede refutar y, a partir de ahí, deduce el conjunto de las verdades. En este punto, Spinoza marca distancia con Descartes, a quien reprocha no haber aplicado con coherencia ese método al recurrir a la inducción, es decir, al paso de lo particular a lo general. Para Spinoza, lo universal no se deriva de los casos particulares observados en la experiencia, sino que es el principio primero a partir del cual la realidad puede ser comprendida.
Aunque Spinoza retoma la definición cartesiana de sustancia, la primacía de lo universal transforma radicalmente su significado. «Por sustancia entiendo aquello que es en sí y se concibe por sí, es decir, aquello cuyo concepto no necesita el concepto de otra cosa por el que deba ser formado», escribe en Ética demostrada según el orden geométrico. Si una sustancia es aquello que no depende de nada para existir, sostiene Spinoza, solo puede haber una: Dios. Pero no se trata de la idea de Dios tradicional. No es un ente personal, trascendente ni creador en el sentido clásico, sino la realidad misma considerada en su totalidad, que identifica con la Naturaleza (Deus sive Natura). Dios no está fuera del mundo: es el mundo.
Para Spinoza, Dios o la Naturaleza es la única sustancia y todo lo que existe depende de ella y se expresa como uno de sus modos. Por ello, todo cuanto ocurre tiene su causa en la naturaleza divina y no podría suceder de otro modo. Sin embargo, Spinoza no elimina la libertad, sino que la redefine: el ser humano es libre en la medida en que, mediante la razón, comprende esas causas y actúa conforme a ese conocimiento.
Pluralismo, armonía y libertad
Nacido en 1646 Leipzig, Gottfried Wilhelm Leibniz fue contemporáneo de Spinoza y compartió con él algunas de sus ideas. De hecho, llegaron a conocerse y a compartir largas conversaciones. Si bien Leibniz reconocía que algunas de las teorías de Spinoza eran excelentes, también encontraba paradojas e ideas difíciles de demostrar, como que hay una sola sustancia. Explicaba el filósofo Roger Stuart Woolhouse que «Leibniz pensó que las ideas de Spinoza eran peligrosas para la religión; su visión de la naturaleza de Dios y la creación en particular».
A diferencia de Spinoza, Leibniz defiende que no existe una única sustancia, sino una multiplicidad de sustancias simples e irreductibles, a las que denomina «mónadas». Estas mónadas son el principio básico de todo lo real y no interactúan causalmente entre ellas, sino que cada una desarrolla internamente su propio estado conforme a su naturaleza.
Para Leibniz, el orden del mundo debe ser compatible con la pluralidad de los seres y con un margen real de elección
El universo funciona de manera ordenada porque Dios estableció desde el principio una armonía entre todas las mónadas. Gracias a esto, cada sustancia sigue su propio desarrollo sin necesidad de interactuar directamente con las demás, lo que permite que haya muchos seres distintos dentro de un cosmos unificado.
Leibniz concibe la filosofía como una actividad con consecuencias prácticas. Tal vez, porque se dedicó a la política y fue durante muchos años un diplomático. «En el pensamiento leibniziano todo confluye hacia la vida práctica como todo confluye hacia la actividad teórica», afirma Lourdes Rensoli. Por eso, al reflexionar sobre la sustancia y sobre Dios, Leibniz no pretende definir el mundo como un sistema cerrado, sino mostrar que el orden racional del mundo es compatible con la pluralidad de los seres y con un margen real de elección.
Para Leibniz, la existencia de un orden racional no elimina la libertad humana, sino que la hace posible. Nuestras acciones pueden estar determinadas por razones, inclinaciones y percepciones, pero no están forzadas. La libertad consiste, así, en una espontaneidad guiada por la inteligencia. De este modo, el orden del mundo es compatible con la pluralidad de los seres, la individualidad de cada sustancia y la responsabilidad moral de la acción humana.
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