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El respeto o la mirada atenta

«Lo que la mirada atenta sea capaz de percibir no solo depende del querer, sino también de la agudeza de la mirada y de la oportunidad que cada situación brinde», señala Josep María Esquirol.

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22
mayo
2026

A veces resulta difícil, muy difícil, saber dónde empieza un camino. No tan difícil es darse cuenta de que vas yendo ya por uno. Los cinco años transcurridos desde la primera publicación de esta obra han sido tiempo suficiente para darme cuenta de que, con ella, iba andando por una senda filosófica que ya no podría abandonar. Esa senda es iluminada y trazada a la vez por una pequeña pero valiosa constelación de conceptos, entre ellos los de atención y proximidad.

«Mirada atenta» parece una expresión afín al pleonasmo, pues mientras la verdadera mirada es ya atenta, el concepto de atención incluye, por su parte, el de mirada. Si se quisiera distinguir, tal vez podría indicarse que la atención es movimiento del querer, de la voluntad. Prestar atención supone un querer prestarla. Tendría entonces la voluntad su protagonismo: hasta parece que, en ese momento, la voluntad lo sería todo. Sin embargo, lo que la mirada atenta sea capaz de percibir no solo depende del querer, sino también de la agudeza de la mirada y de la oportunidad que cada situación brinde. Así pues, en ella no todo es el querer. No se presenta en un «yo puedo» dueño de sí y potencialmente dominador de amplios reinos sino en alguien que presta atención sin apenas decisión preliminar alguna. Como si mandase ahí un impersonal que no es un neutro: uno se encuentra prestando atención. Tal es el motivo por el que, afortunadamente, el prestar atención no pertenece en exclusiva a ninguna élite intelectual que goce del presunto privilegio de escoger etiqueta. En cambio, sus familiares directos son de lo más variado: además de místicos y ascetas anónimos, mucha buena gente que ignora su calidad de poeta…

Prestar atención supone un querer prestarla

Como al hablar de mirada atenta resulta prácticamente imposible evitar la idea de profundidad, supongamos que tal mirada es, en efecto, penetrante. Aunque, penetrante, no en el sentido de que vaya hacia el interior y lo nuclear, sino en el de que abandone y pase por alto lo insignificante, lo artificioso, lo banal… Pues lo esencial no siempre se halla dentro. Lo importante de la tierra —su significación para la existencia humana— no consiste en su gigantesco núcleo incandescente, sino más bien en su superficie, en la capa más superficial que llamamos «biosfera». A esta es a la que nos referimos propiamente cuando hablamos de «la tierra», y a nadie se le ocurrirá identificar aquí lo superficial y lo insignificante. También hablamos figuradamente del «corazón» del hombre para referirnos a sus sentimientos y a su ser más íntimo, sin que tampoco esté en liza su interior orgánico. Lo más íntimo se revela a menudo en la piel, en esa superficie invisible y porosa a la que solemos llamar sensibilidad. La diferencia entre sensibilidad y sensiblería sería así equivalente a la que se da entre lo superficial y lo superfluo.

Lo esencial en la superficie. Por eso hay superficies que son a la vez profundidades. El espacio de la inatención no es superficial, sino, más bien, nebuloso, etéreo y fantasmagórico, pese a sus posibles tintes realistas. Pero no nos llamemos a engaño: que lo esencial esté en la superficie no supone que su acceso sea fácil. Lo sabe muy bien quien de veras se propone decir las cosas, y lo sabe también —irreflexivamente— el sentido común —ese saber próximo a las cosas, que es paradójicamente escaso, por más que se le diga «común»—. La mirada atenta no consiste ni en divagaciones espiritualistas hacia centros esotéricos ni en metodologías psicológicas con visos de cientificidad (a menudo tan desorientadas como desconocedoras de lo que significa en realidad «camino»). Unas y otras destacan por contribuir a un ambiente general cargado y repleto de farragosa verborrea. Hasta tal punto que hay que hacer un sobreesfuerzo para hallar espacios de ese silencio tan necesario para que se pueda prestar auténtica atención.

Y es que la mirada atenta cabe también definirla como escucha. Aun reconociendo su razón de ser, hay que ir más allá del tópico que separa la visión de la escucha, y que vincularía la primera a la tradición griega y la segunda a la sapiencia bíblica. Conviene trascender tal tópico, sobre todo porque nuestra capacidad de mirar y de oír no se reduce a lo proporcionado respectivamente por los órganos de la vista y del oído. Además de que ambos son ambivalentes, y en cierto modo oímos con la mirada y vemos con los oídos, la atención de la mirada atenta, aun integrándolas, no se reduce a esas dos capacidades, puesto que es uno mismo —todo uno mismo— el que presta atención. Que la mirada atenta sea escucha se muestra en la especie de obediencia a la que nos obliga, convirtiéndonos en humildes servidores, a la vez que todas las modalidades del poder y del dominio pasan entonces a un segundo plano.


Este texto es un extracto de ‘El respeto o la mirada atenta’ (Herder), de Josep María Esquirol

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