La demolatría helvética no es la democracia
Ninguna coartada resulta tan confortable como el «lo ha decidido el pueblo» para una clase política que ha hallado en el plebiscito perpetuo su deserción más elegante, tal como ha ocurrido en la consulta escandalosa del límite demográfico en Suiza.
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La leyenda quiso que la libertad suiza naciera de una flecha y una manzana, de un ballestero obligado a apuntar sobre la cabeza de su propio hijo para no doblegarse ante la tiranía. Seis siglos más tarde, en la mansedumbre de un domingo de junio, el país volvió a tensar el arco contra una cifra y estuvo a un suspiro de clavársela al inmigrante. La iniciativa que pretendía amurallar Suiza en diez millones de habitantes cayó por algo más del 54%, una victoria de la decencia tan estrecha que más bien parece un aviso, pues el otro 45% firmó sin que le temblara el pulso el sueño de un país tasado como un aparcamiento.
Conviene desconfiar de los eufemismos que se planchan la camisa antes de salir a la calle. «Desarrollo demográfico sostenible» fue el elegido por la UDC, sintagma aséptico tras el cual latía la más turbia de las contabilidades. El partido disfrazó de ecología –ese ecologismo de maceta que la derecha riega únicamente cuando le sirve para contar extranjero– una aritmética del rechazo según la cual, rebasado el umbral durante dos años seguidos, el Gobierno habría de cerrar el grifo de la inmigración y aun desmontar la libre circulación pactada con la Unión Europea. Reducir a una persona a unidad de aforo es el desprecio en su forma más gélida, aquella que no precisa gritar consignas porque le basta con cuadrar una hoja de cálculo.
Vale la pena imaginar al honrado ciudadano de Berna o de Lugano frente a la papeleta, requerido para dictaminar entre el café y las obligaciones del día si su patria debía denunciar tratados con su primer socio comercial, medir el zarpazo de esa ruptura sobre el empleo, la vivienda y las pensiones, y arbitrar de paso un pulso geopolítico continental. Nada hay de menosprecio en reconocer que semejante encargo lo desborda, porque nos desbordaría a todos, ya que ningún elector, por ilustrado que se le suponga, alcanza a sopesar en la soledad de la cabina las consecuencias de tercer orden de incendiar un acuerdo internacional. Para esa fatiga se inventó el oficio del representante, llamado a informarse, deliberar, negociar y responder con su cargo de aquello que decide.
El referéndum sistemático, lejos de un exceso de democracia, no pasa de simulacro
Ninguna coartada resulta tan confortable como el «lo ha decidido el pueblo» para una clase política que ha hallado en el plebiscito perpetuo su deserción más elegante. El pueblo, reducido a suma de cruces, jamás comparece ante una comisión, nunca dimite ni paga el destrozo, condenado a existir como veredicto y a evaporarse al amanecer siguiente. Cuanto más se consulta, menos se gobierna, y el político abdica de su condición de hombre que delibera para rebajarse a fedatario de encuestas, notario del humor colectivo, ocupado en encogerse de hombros ante el resultado que él mismo provocó. El referéndum sistemático, lejos de un exceso de democracia, no pasa de simulacro, el procedimiento perfecto para fabricar decisiones que nadie habrá de cargar sobre sus espaldas.
Resulta una ironía exquisita que la voluntad general viniera al mundo a orillas del lago Lemán, en la pluma de un ginebrino que confundió la libertad con la obediencia a la mayoría. De Rousseau a la Landsgemeinde (asamblea popular al aire libre) media un trecho menor del que aparenta, pues a ambos los sostiene la misma fe en que el número destila verdad y en que cincuenta y uno frente a cuarenta y nueve fabrica justicia. Esa superstición merece un nombre, un neologismo: demolatría, la adoración del recuento convertido en oráculo. Contra ella se alzó la democracia liberal –Madison temía la facción, Constant deslindaba la libertad de los antiguos de la de los modernos, Mill exigía deliberación y no aclamación– para levantar el gobierno representativo, que no es versión perezosa de la asamblea sino conquista superior, un filtro de razón pública interpuesto entre el impulso y la ley, un dique que ampara a la minoría del oleaje de los muchos. Arrancado el filtro, la mayoría vota sobre derechos con la misma ligereza con que decidiría el horario de los tranvías.
El neologismo «demolatría» denomina la adoración del recuento convertido en oráculo
Acostumbramos a imputar esa pulsión asamblearia, la mano alzada en la pradera, al delirio de las izquierdas de plaza y micrófono, y Suiza desmiente la coartada con la elegancia de sus relojes. La nación del orden burgués, la de los bancos discretos y las cumbres nevadas, mantuvo a las mujeres sin voto federal hasta 1971, y en el cantón de Appenzell Innerrhoden hasta 1990, fecha en que su propio Tribunal Federal hubo de imponérselo a la fuerza. El varón que alzaba la mano en la Landsgemeinde para negarle el sufragio a su vecina practicaba idéntica «democracia pura» a la que hoy se invoca para descontar inmigrantes, sin que asome en ella progresismo alguno, ya que no llega a consagrar otra cosa que el sentimiento de los más por encima del derecho de cada cual.
Quinientos años de democracia y de paz, ironizaba Orson Welles desde la noria de Viena, para alumbrar tan solo el reloj de cuco. Suiza ha alumbrado, además, una selección de fútbol, y en ese pormenor anida la carcajada última de esta historia, pues mientras el país fruncía el ceño preguntándose si no sobrarían extranjeros en sus valles, ultimaba el equipo que lo representará este verano en el Mundial de Norteamérica, una formación levantada ladrillo a ladrillo sobre aquello mismo que el cuarenta y cinco por ciento ansiaba contener.
Recórrase la convocatoria del seleccionador Murat Yakin, suizo y turco él mismo, donde catorce de los veintiséis internacionales han lucido doble pasaporte y el vestuario congrega hasta doce naciones. Granit Xhaka, el capitán, de estirpe albanokosovar. Breel Embolo, nacido en Camerún. Manuel Akanji, de padre nigeriano. Denis Zakaria, Noah Okafor, Dan Ndoye y el jovencísimo Johan Manzambi, savia africana; Ricardo Rodríguez y Rubén Vargas, hijos de cuantos un día cruzaron la frontera desde España y desde Chile. Sobre todos ellos planea, emblema de una generación entera, la memoria de Xherdan Shaqiri, aquel niño de Gnjilane que llegó a encarnar la estrella de la cruz blanca.
Existe un único plebiscito en el que Helvecia consiente de mil amores sumar a sus extranjeros, y se dirime en el marcador. El día que uno de esos apellidos ásperos empuje el balón a la red, el país entero se alzará a ovacionar al inmigrante que, lápiz en mano, había soñado con restarlo. La consulta más sincera de cuantas figuran en su calendario, y la única ante la cual no le tiembla el pulso, lleva por nombre gol.
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