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Mariano Torrente

Quiero que estéis bien atentos

«La magia de redescubrir el asombro es una disposición, una manera de estar que nos permite percibir de otro modo lo que acontece y abrir horizontes», apunta Mariano Torrente.

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30
julio
2026

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Imagina a un ejecutivo y conferenciante que trabaja con plazos, reuniones y pantallas. La prisa y la urgencia lo acompañan de un trabajo a otro, en el taxi, el metro o el avión. La vida parece algo contractual, un convenio al que es mejor ajustarse si no se quiere perder la posición, los ingresos, la familia o aquello que cada uno haya decidido construir a su alrededor.

Hace mucho que nuestro hombre de traje negro o gris marengo no medita mirando al horizonte con una taza de café humeante en la mano, y que el tiempo no se lo marcan el sol o las estrellas, sino el sonido reiterado de las notificaciones de su teléfono móvil. Un solo día puede parecer cientos, con esta moderna división del tiempo en unidades cada vez más pequeñas: «Pronto conseguiremos optimizar cada nanosegundo de nuestras vidas», piensa mientras baja del coche en el aparcamiento del rascacielos. De repente sonríe: ese pensamiento le ha hecho gracia. Sube en el ascensor hasta la planta de su oficina, aunque no puede quitárselo de la cabeza. Es como si, de súbito, los relojes se hubieran parado. El pensamiento perdura.

Como habrás adivinado, la persona que te está hablando es ese hombre de negocios que acabo de describir. Entonces, ¿quién soy yo para decir nada sobre el asombro?

Abro la puerta de la sala de reuniones y allí me encuentro lo que he visto ya tantas veces: cuando empiezo a hablar y presentar los resultados todos concentran su atención en el mismo objetivo. Esa atención compartida genera un «nosotros», y es entonces cuando sucede un pequeño milagro. No sé si la broma que he hecho para cerrar mi turno ha funcionado; a veces, las risas contienen algo que lleva tiempo guardado. La mesa alargada está llena de compañeros que me miran fijamente; quizá no se han dado cuenta de que mi exposición ha terminado, así que cierro un momento los ojos, conjuro un final.

Empiezo a escuchar aplausos. No parecen venir de mi imaginación, o eso creo, de modo que abro los ojos para comprobarlo y descubro ante mí un teatro lleno a rebosar. No estoy delirando, estoy en el centro del escenario. Este es el otro lugar donde se expresa una misma pasión, la que anima mi trabajo de cada día y también aquello a lo que me entrego en mi tiempo libre. Porque, en el fondo, en una sala de reuniones, en una conferencia, en un espectáculo o en un libro, siempre persigo lo mismo, es decir, captar tu atención; y es allí, en esa vibración compartida, donde ocurre la verdadera magia.

Llegados a este punto, conviene aclarar que no hablo solo en sentido figurado, ni me estoy dejando arrastrar por un exceso de entusiasmo escénico. Hay algo de todo esto que puede medirse. Mediante estudios que monitorizan la actividad cerebral a través de electroencefalogramas (EEG), la neurocientífica Ana Ibáñez ha comprobado que las ondas cerebrales de las personas se sincronizan cuando comparten algo de forma material. Si varias personas escuchan y miran a otra, y esta les devuelve la mirada, la electricidad de cada uno de esos individuos afecta a la del resto. Tengo tres amigas que son hermanas, a las que les ocurre. Muchas veces se visten igual sin haber hablado antes, y cuando se encuentran para tomar un café y lo descubren, ríen y se sorprenden por esa sincronía. El humor compartido es un ejemplo de cómo se equipara el tipo de frecuencias cerebrales; de alguna forma, aunque no podamos salir de nosotros mismos, la energía que producen nuestras mentes se iguala. Y quién sabe lo que se dirán nuestros cerebros sin que seamos conscientes. Pero no, no he adivinado la carta que el invitado ha cogido de la baraja porque haya escuchado su subconsciente.

Si varias personas escuchan y miran a otra, y esta les devuelve la mirada, la electricidad de cada uno de esos individuos afecta a la del resto

Llevo décadas dedicándome al arte de la magia. Me he formado, he estudiado, he probado, he fallado, he repetido, he aprendido de maestros y he dedicado horas a ensayar, horas que no aparecen en Instagram. Pero sin tu atención no soy nada; si me la das, yo te ayudaré a recuperar tu capacidad de asombro, y con ella, la habilidad de ver las cosas bajo un nuevo prisma.

Ese asombro que intento despertar en los demás no se queda solo en el escenario. A menudo me acompaña fuera de él; a veces es la vida la que me lo devuelve con una fuerza imposible de ensayar. Cuando llego al backstage estoy feliz y exultante, pero también extenuado. Me froto los ojos; ha sido un día agotador y cuando alzo la vista estoy en el Hospital Universitario de la Paz. Esta vez, son los recuerdos los que crean el hechizo. Pienso en el día en que nació mi hija mayor. Cuando la vi aparecer, tuve la sensación de estar ante el mayor truco de magia imaginable. Alguien con cuerpo y alma — oculta entre bastidores durante nueve meses— irrumpía en escena. Recuerdo que me caían las lágrimas de gratitud hacia el equipo médico.

Todos hemos vivido instantes así, en los que el tiempo parece detenerse y lo cotidiano adquiere un brillo inédito, como el nacimiento de un hijo o una estrella fugaz vista a cielo abierto una noche de agosto alrededor del día de San Lorenzo. La magia de redescubrir el asombro no reside en ese instante: es una disposición, una manera de «estar» que nos permite percibir de otro modo lo que acontece y abrir horizontes. No debería ser un lujo al alcance de unos pocos; al contrario, es una facultad esencial para el aprendizaje, el desarrollo cognitivo y emocional y la cohesión social, y puede cultivarse tanto en la educación como en la vida familiar o el trabajo.


Este texto es un extracto de ‘Quiero que estéis bien atentos’ (Ariel), de Mariano Torrente. 

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