El nacimiento de la mente moderna
Hasta el siglo XVII el alma era el dominio de la religión. A partir de entonces, sin embargo, el alma dejó paso a la mente, que era el terreno de la medicina y del propio autoconocimiento.
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El doctor Francis Willis hizo las maletas para salir rumbo a Lisboa. Lo habían contratado con un sueldo fastuoso desde la corte portuguesa, que veía en él la gran esperanza para solucionar el problema de la reina María I. Había perdido la cabeza. Puede que no muchos siglos o décadas atrás se hubiese pensado que la reina estaba hechizada, o que aquello era cosa del demonio. Pero en 1792 lo importante era ya la ciencia médica: aquel era un problema de la mente, no del alma. Y podía solucionarse: Willis lo había conseguido con Jorge III. El rey británico había pasado 1788 y 1789 sumido en las nieblas de la locura, hasta que Willis consiguió traerlo de vuelta gracias a sus métodos. Jorge III volvió a recaer en 1810 y María I nunca llegó a recuperarse. Ambos monarcas vivieron períodos de regencia, en los que sus hijos asumieron el control del reino ante su mala salud mental. Pero lo interesante de ambas historias es, en este caso, el médico que las une a ambas y lo que cuenta de un cambio sustancial en cómo se veía el mundo. El alma estaba dejando paso a la mente. La locura era, así, algo que podía ser corregido.
Hoy, cuando se habla tanto de salud mental, se asume casi por defecto que el mundo siempre tuvo presente qué era la mente y qué implicaba. Sin embargo, este es un concepto relativamente moderno, uno que nació en esa emergencia de ideas que culminaría en la Ilustración. Es lo que cuenta en Alma máquina (Sexto Piso, 2021) George Makari, que explica «la invención de la mente moderna».
Fueron cambios sustanciales que implicaron una modificación en el rumbo del pensamiento (una con ramificaciones que llegan hasta el presente). «La invención de la mente no fue el resultado de un apacible debate académico. La mente fue una idea desestabilizadora, hereje, que surgió a partir de una discusión intensa, a menudo violenta», escribe Makari. «Una vez que la modernidad dio origen a la teoría de una mente corporal, las implicaciones fueron mayúsculas», suma. Este nuevo conocimiento dejaba claro que se habían creído cosas erróneas (y si algo como esto era erróneo, ¿cuántas otras cosas podían serlo?). De ese modo, impactó en la percepción colectiva de qué era verdad, qué ilusión, en quién estaba el poder o qué eran la inocencia, la culpa o la propia sociedad, como explica el experto. En realidad, se había modificado la esencia de las personas.
Según Makari, la mente fue una idea desestabilizadora, hereje, que surgió a partir de una discusión intensa, a menudo violenta
En Europa, y hasta entonces, el alma era el dominio de la religión. Pero en el siglo XVII la población estaba, por un lado, harta del derramamiento de sangre por guerras religiosas y, por otro, descreída ante algunas figuras, como podía ser la ciencia médica. Esto llevó a un interés creciente por formas alternativas tanto en salud como en religión. Solo en la Inglaterra de entonces se multiplicaban los nuevos movimientos religiosos protestantes a velocidad de vértigo. Todo ello llevaba que, en paralelo, se preguntase qué era o no un exaltado y quién era y quién no un hereje.
El pensamiento debía enfrentarse a preguntas cruciales. Thomas Hobbes por un lado (con sus ideas de un mundo mecánico), pero sobre todo René Descartes desmontaron qué se daba por sentado. Como apunta Makari, Descartes superó las ideas tomistas que habían dominado hasta entonces sobre el alma y sobre cómo esta se relacionaba con el entorno. Consiguió así crear una idea de la mente (pienso, luego existo), aunque lo hizo sin romper con la religión, sino más bien creando un razonamiento científico para confirmar que existía Dios. Esto hizo que sus ideas fluyesen. Descartes ser convirtió en la guía del pensamiento científico para la Europa del momento, en el pensador de moda.
Al hacerlo, arrancó un proceso histórico que culminó con la separación del alma y la mente. John Locke, poco después, le dio el estocazo que marcaría los dos caminos. «Si la mente era la estructura mediante la cual pensamos y tenemos ideas, la conciencia era la aprehensión interna de todo ello. La conciencia constituía la identidad individual y el yo», señala Makari. Era algo tan nuevo que las traducciones de Locke a lenguas como el francés tuvieron problemas para encontrar la palabra que encapsulase el concepto de la mente. No existía. Tras Locke llegaron muchos otros pensadores, que siguieron ahondando en estos conceptos.
John Locke era médico, una cuestión que puede parecer a primera vista banal pero que no lo es absoluto, como deja claro Alma máquina. La existencia de la mente no era solo algo metafísico, sino también mucho más tangible y pragmático. Las posesiones demoníacas o las brujas de siglos anteriores se leían como una suerte de confirmación del alma. El demonio quería robársela a Dios. Pero la existencia de la mente apunta en otras direcciones: sus problemas no los cura un exorcista, sino un médico. Los hechizados (y los profetas) con los que había arrancado el siglo XVII eran, en el XVIII, ya pobres alucinados. «En sus inicios como médico, Locke había considerado que la locura era el resultado de una falsa conexión de ideas», sintetiza Makari.
En este nuevo escenario, emergía la idea de cuerpo, alma y mente. La mente era, por así decirlo, propia, no de Dios. Así, comenzó a emerger una búsqueda por comprender el propio mundo interior, con los diarios personales, las autobiografías o el género literario de las confesiones (con las de Rousseau como su ejemplo cumbre y, sin duda, las más influyentes).
También cambió la relación con la locura, abriendo un importante interrogante, el de si se es o no culpable de los actos cometidos cuando se ha perdido la razón. Los locos pasan a ser personas curables y la moral pivota. El suicidio es el gran ejemplo de esto, como señala Makari. Hasta el siglo XVII, «el suicidio era un sacrilegio execrable». Cuando alguien se suicidaba, se lo juzgaba, estando muerto como estaba. En Inglaterra, se confiscaban las propiedades de los suicidas y se arrojaban sus restos en los cruces de caminos. La única vía para escapar a este castigo post mortem era el de que se decretase que la persona suicida estaba loca. «Entre 1550 y 1660, este tipo de absoluciones eran un fenómeno raro», indica Makari. En 1720, ya se consideraba que era el 40%. Makari deja claro que el lobby de unas clases medias que no querían perder los bienes de los suicidas de sus familias seguramente ayudó, pero que hubo un importante cambio de percepción. Incluso, aparecieron teóricos en el continente que defendían el suicidio como una «elección racional».
Si la locura es un problema de la mente, se necesitan lugares en los que recuperarla. «La creación de estos nuevos espacios para alojar, cuidar, moderar y estudiar a los locos supuso una gran transformación», escribe Makari. Bedlam, en Londres, fue uno de los primeros y más grandes. También es uno de los ejemplos recurrentes de un fenómeno de la época: la gente iba a ver a los locos. Bedlam «les resultaba fascinante a los londinenses que pagaban por el privilegio de contemplar lo que significaba perder la cabeza».
Como escribe Makari, «el temor a la locura comenzaría a competir con el terror religioso a la condena eterna». Perder la mente dolía ya tanto como perder el alma.
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