Opinión

La sangrante mercantilización de la ética

La ética, y con ella los derechos humanos, se ha convertido en un eficaz disfraz que ampara cualquier tipo de estrategia económica, permitiendo –perpetuando y legitimando– con ello la desigualdad global, la libre explotación y, sí, también las guerras.

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08
noviembre
2023

Durante las últimas semanas me he debatido mucho y con gran dolor sobre cómo explicar a mis estudiantes, en clase de Filosofía, Educación en Valores o Historia de la Filosofía, cómo es posible que, mientras les hablo de Aristóteles, María Zambrano, Platón o Simone Weil, en diversas partes del mundo las bombas se lanzan y caen, inmisericordes, dejando tras su paso un número ingente de seres humanos asesinados. Y cómo es que todo ello sucede en nombre de un valor que intento transmitirles a diario: me refiero a la justicia.

Mucho he recordado estos días algunas reflexiones de Susan Sontag en Ante el dolor de los demás (2003): «Las cámaras han transformado la historia en espectáculo. Aunque crean identificación, también la eliminan, enfrían las emociones. Crean una confusión sobre lo real que resulta moralmente analgésica». Y continúa, con exactitud, la autora estadounidense: «Se puede sentir una obligación de mirar imágenes que registran grandes crueldades y crímenes. Pero se debería sentir la obligación de pensar en lo que implica mirarlas, en la capacidad efectiva de asimilar lo que muestran».

¿Cómo podemos sostener nuestra mirada –de educadores y docentes, de madres y padres– en los ojos de nuestros estudiantes, hijos e hijas si todo aquello que enseñamos y transmitimos con ilusión y no poca esperanza en el futuro queda manchado por la sangre de la lacerante situación que se consiente y se perpetra a diario? ¿Cómo nos puede ser posible seguir creyendo en –y sosteniendo la posibilidad de– una ética a la vista de un mundo que conculca los derechos humanos más fundamentales? ¿Cómo, a fin de cuentas, nos resulta soportable la visión cotidiana del sufrimiento más descarnado mientras debemos –y nos instan a– seguir adelante, como si nada, con nuestras vidas?

La ética ha quedado supeditada al servicio de intereses económicos, mientras gobiernos y empresas guardan un atronador silencio

Hay quien se ampara, a mi juicio de forma un tanto torticera y parcial (con las anteojeras que proporciona una pudiente situación económica), en autores como Spencer o Nietzsche, aduciendo que los seres humanos no intentan más que prevalecer en la existencia a pesar de todo y de todos. Y que de hecho eso hacen. Que nada importa salvo mantenerse a salvo. Y que, por lo tanto, la guerra y el conflicto bélico no son más que argucias de la razón, con permiso de Hegel, para que la historia avance inexorable. Por supuesto, la pregunta sobre hacia dónde se dirige esa Historia, y cómo lo hace, queda incólume. Nadie quiere contestarla explícitamente porque todos conocemos muy bien la respuesta: la ética ha quedado supeditada al servicio de intereses económicos, mientras gobiernos y empresas guardan un atronador silencio que tan solo delata sus intenciones.

Mucho se habla últimamente, sobre todo desde las tribunas políticas institucionales, de la necesidad de acogernos a la Declaración Universal de Derechos Humanos. Gerifaltes de una y otra parte del mundo se pasean alegremente de cumbre en cumbre refiriéndose a ellos y a la exigencia de trazar una ética mínima global mientras los misiles, el hambre y la muerte campan a sus anchas a las afueras de palacios y residencias presidenciales. El quebranto de los derechos más fundamentales se está llevando a cabo en nombre del progreso, del crecimiento económico e incluso en nombre de la justicia. Los derechos humanos se han transmutado en una suerte de mercancía negociable, solo aplicable a quien se la puede sufragar. Su carácter inalienable queda en entredicho, dependiendo de quién sienta las bases de lo que son el progreso y la justicia.

La ética está sangrando por todos sus poros. Mientras los gobiernos sigan manteniendo, sin pudor ninguno, una política schmittiana de bandos enfrentados, entre los pueblos en paz y los pueblos en guerra, la deliberación racional no será más que un privilegio ejercido por una clase acomodada que intenta imponer al resto su manera de pensar, de sentir, de actuar. La ética, y con ella los derechos humanos, se ha convertido en un eficaz disfraz que ampara cualquier tipo de estrategia económica, permitiendo –perpetuando y legitimando– con ello la desigualdad global, la libre explotación y, sí, también las guerras. El lenguaje político mismo está repleto de esta belicosidad, y empuja a la población a posicionarse de parte de quienes están del lado del «progreso» o de quienes pretenden atentar contra él. La ética como una treta política más. Así, la polarización está servida. Los partidos políticos saben muy bien que la estrategia política más efectista y efectiva siempre fue, es y será la misma: el miedo.

¿Cómo explicarles a mis estudiantes que la disciplina que les enseño, la ética, es una prosternada sierva de diversos intereses económicos? ¿Cómo podemos ser hoy madres, padres y docentes comprometidos sin esconder la realidad pero, a la vez, intentando nutrir adogmáticamente su inteligencia de manera que sean ellos quienes puedan juzgar por sí mismos la situación? Muchas veces les leo un fragmento de cierto filósofo alemán, en el que se sugiere que no debemos fiarnos de la presunta omnipotencia de la razón humana, que puede ser empleada para lo mejor pero también para lo peor. Y que, a fin de cuentas, son ellos, los chavales, con sus propias herramientas intelectuales y emocionales, quienes deben decidir qué es lo bueno y qué es lo malo con independencia de quién pone las reglas para pensar y sentir. Porque esas reglas, casi siempre, están viciadas por numerosos intereses que intentan atraer, manipular y utilizar nuestra atención y nuestra voluntad.

Son los chavales quienes deben decidir qué es lo bueno y qué es lo malo con independencia de quién pone las reglas para pensar y sentir

De nada sirve, por mucho que se repita incesantemente desde los estrados políticos, que unos pocos sobrevivan si los muchos carecen de las condiciones básicas para poder pensar en su realidad, para poder reflexionar sobre la libertad, la verdad o la belleza. Y sin embargo, no debemos renunciar a ello. Fue María Zambrano quien, en Persona y democracia (1959), se refirió a la necesidad de tomar las riendas de nuestra vida no solo en términos individuales, sino también y sobre todo en términos humanos. Porque nada nos daña tanto, moralmente, como sentirnos marionetas de un destino implacable.

A fin de cuentas, eso es lo que intento en el aula: transmitir a mi alumnado el terrible peligro del silencio. El precio de nuestro silencio. Como ya denunciaron Gramsci, Thoreau o Simone de Beauvoir, la apatía ciudadana hacia las injusticias son el resultado de habernos acostumbrado a esta supeditación de la ética a criterios económicos o imperialistas. Ya apuntó Aristóteles en su Política (Libro I, cap. 9) que el ruido del dinero nos hace sordos al resto de perspectivas posibles: «Parece evidente que necesariamente haya un límite de cualquier riqueza, pero en la realidad vemos que sucede lo contrario. Pues todos los que trafican aumentan sin límites su caudal». Así pues, el ruido del dinero nos hace sordos, pero también unilaterales en nuestra acción, al convertir «todas las facultades en crematísticas», al decir de Aristóteles.

Ante lo inaceptable no cabe ni puede caber el silencio, salvo si se quiere ser cómplice silente de lo que ocurre. Por eso, la ética no puede ser un privilegio de clase, ni mucho menos la máscara amable de las tropelías de cuanto se hace en nombre del progreso. Escribió Platón en Las Leyes (V, 729a) que «a los niños lo que hay que legarles no es dinero, sino un gran sentido del respeto». La reflexión ética, transmitida con rigor y a la vista de las circunstancias, es la única vía para dotar a nuestros jóvenes de un pensar autónomo que sepa –y sobre todo quiera– discriminar. Por tanto, que pueda elegir, que cuente con las posibilidades para hacerlo y que, finalmente, se atreva a hacerlo. En un escenario en el que nuestra atención se ha convertido en el bien de consumo más preciado, la enseñanza de la ética en colegios, institutos y universidades es la única grieta que puede resquebrajar el sangrante edificio donde depositamos nuestra indiferencia.

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