¿Una muralla verde para Europa?
La comisaria europea de Medio Ambiente, Jessika Roswall, sugirió que los países de la UE podrían «renaturalizar» algunas zonas fronterizas para dificultar potenciales invasiones y reforzar simultáneamente la biodiversidad.
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Durante décadas, Europa entendió su seguridad fronteriza como una cuestión de alambradas, carreteras militares y vigilancia tecnológica, pero la guerra en Ucrania ha alterado la imaginación estratégica del continente. Recientemente, la comisaria europea de Medio Ambiente, Jessika Roswall, sugirió que los países de la UE podrían «renaturalizar» algunas zonas fronterizas para dificultar potenciales invasiones y reforzar simultáneamente la biodiversidad. La idea –recogida en una entrevista publicada por The Guardian– apunta especialmente a países como Finlandia o Polonia, que comparten frontera con Rusia o Bielorrusia.
En una época dominada por drones, satélites y guerra híbrida –como hemos visto desde Ucrania hasta Irán–, la propuesta puede sonar extravagante. Sin embargo, detrás de ella existe una lógica histórica y militar menos ingenua de lo que parece. Los ejércitos llevan siglos utilizando el terreno como elemento defensivo: pantanos, bosques, montañas o ríos han condicionado campañas militares enteras.
Como explica el autor británico y experto en geopolítica Tim Marshall, «el paisaje aprisiona a los líderes, otorgándoles menos opciones y menos margen de maniobra del que podría pensarse. Así ocurrió con el Imperio ateniense, los persas, los babilonios y muchos otros antes que ellos; así ha sido con todo líder que buscó territorios elevados desde los que proteger a su tribu». La diferencia es que ahora esa vieja lógica se mezcla con otro imperativo contemporáneo: la restauración ecológica.
La naturaleza como infraestructura defensiva
La idea central no consiste en confiar la defensa de Europa a bosques impenetrables, sino en recuperar ecosistemas capaces de ralentizar movimientos militares y dificultar el paso de vehículos pesados. Humedales restaurados, turberas inundadas o masas forestales densas pueden convertirse en obstáculos naturales. «Atravesarlos es muy difícil para los grandes tanques», dijo Roswall a The Guardian.
Finlandia conoce bien esa realidad. Durante la Guerra de Invierno de 1939 contra la Unión Soviética, los bosques y pantanos del este del país jugaron un papel importante para frenar el avance soviético. Mientras que en Polonia algunos especialistas en seguridad llevan tiempo defendiendo la recuperación de humedales cerca de la frontera con Bielorrusia como herramienta complementaria de disuasión.
Los ejércitos llevan siglos utilizando el terreno como elemento defensivo: pantanos, bosques, montañas o ríos han condicionado campañas militares enteras
Al mismo tiempo, la comisaria Roswall defiende que la naturaleza puede contribuir a la seguridad al tiempo que fortalece la resiliencia climática: «Invertir en la naturaleza y utilizar la naturaleza como un control fronterizo natural es necesario, y de hecho incrementa la biodiversidad. Es una solución en la que todos ganamos».
La Comisión Europea lleva años insistiendo en que restaurar ecosistemas no es únicamente una cuestión ambiental, sino también económica y estratégica. Los humedales y turberas almacenan carbono, reducen el riesgo de inundaciones y ayudan a preservar recursos hídricos en un continente cada vez más vulnerable al calentamiento global.
¿Es una estrategia realista?
Las críticas, sin embargo, no han tardado en aparecer. Algunos analistas consideran que la propuesta refleja cierta tendencia europea a confiar excesivamente en soluciones simbólicas frente a amenazas muy concretas. El ejemplo histórico más citado es el de las Ardenas: el terreno boscoso que Francia consideraba una barrera natural fue precisamente utilizado por Alemania para lanzar su ofensiva durante la Segunda Guerra Mundial.
El investigador británico Anatol Lieven, especialista en geopolítica y cambio climático del Quincy Institute for Responsible Statecraft, ha defendido en varias ocasiones que las infraestructuras naturales pueden aportar resiliencia territorial, pero advierte contra la tentación de convertirlas en sustitutos de una estrategia de defensa convencional. Para Lieven, el riesgo aparece cuando la sostenibilidad se transforma en una narrativa política que promete más de lo que realmente puede ofrecer en términos militares.
Sin embargo, la guerra en Ucrania ha demostrado que la logística territorial sigue siendo decisiva. Las trincheras, el barro, los puentes destruidos o los campos inundados continúan condicionando el ritmo de las operaciones militares. La tecnología no ha eliminado la importancia de la geografía, como sostiene Marshall.
Además, expertos en defensa europeos llevan tiempo hablando de «resiliencia híbrida»: la idea de que la seguridad ya no depende exclusivamente del ejército, sino también de la energía, las infraestructuras, los ecosistemas o la capacidad de adaptación de las sociedades. Bajo esa lógica, restaurar un humedal fronterizo puede tener una doble función: ecológica y estratégica.
Lo más interesante de esta discusión quizá no sea la eficacia concreta de los humedales como barrera militar, sino el cambio de mentalidad que revela dentro de la UE. Durante décadas, Bruselas separó la política ambiental de la política de defensa. Hoy ambas empiezan a converger bajo conceptos como «autonomía estratégica» o «resiliencia».
La propia Comisión Europea ha definido recientemente las regiones fronterizas orientales como «guardianes de nuestra seguridad». En documentos oficiales publicados en 2026, Bruselas plantea reforzar simultáneamente infraestructuras, economía regional, defensa y adaptación climática en los países limítrofes con Rusia, Bielorrusia y Ucrania.
«Las regiones de la frontera oriental no son solo fronteras nacionales: son fronteras europeas», ha dicho Raffaele Fitto, vicepresidente ejecutivo para Cohesión y Reformas. «Reforzar las regiones fronterizas orientales es una inversión estratégica en la seguridad, la estabilidad, la cohesión y la competitividad de Europa».
Esto demuestra que las amenazas contemporáneas –guerras, crisis climática, sabotajes energéticos o migraciones forzadas– ya no pueden abordarse de forma aislada. Un bosque puede ser al mismo tiempo un sumidero de carbono, una barrera natural y una reserva estratégica de agua. Así, la naturaleza deja de verse únicamente como patrimonio ecológico y empieza a concebirse también como infraestructura de seguridad
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