La agricultura moderna se encuentra en un punto de estancamiento. La necesidad imperiosa de incrementar los rendimientos para alimentar a una población creciente, sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer sus propias necesidades, se suma a una serie de factores que dificultan alcanzar este objetivo. Una creciente volatilidad en el ámbito económico, geopolítico y ambiental esta modulando las necesidades del agricultor, empujándole a buscar alternativas disponibles y rentables. En este contexto, el agricultor se encuentra atrapado entre varias fuerzas: la necesidad de mantener rendimientos competitivos y obtener unos incrementos productivos sostenibles con el medio ambiente mientras se enfrenta a un aumento de costes impredecibles y tornadizos.
Los insumos agrícolas clásicos, los fertilizantes minerales y de síntesis, representan uno de los puntos delicados a tratar. Existen dos prismas decisivos, la ubicación de este tipo de yacimientos y los procesos de síntesis vinculados con recursos estratégicos. Por eso, dos de las grandes preguntas que debemos hacernos son: ¿de dónde vienen los fertilizantes más comunes? ¿Y qué vinculación tienen con una situación geopolítica cambiante?
La geopolítica como modulador de los recursos agrícolas
La urea, uno de los fertilizantes más utilizados a nivel mundial, se ha convertido en el ejemplo más claro de cómo un evento geopolítico puede impactar directamente la rentabilidad del campo.
Este compuesto se fabrica industrialmente a partir de amoníaco y dióxido de carbono, mediante una reacción química a alta presión y temperatura que transforma ambos compuestos en un fertilizante. Su elaboración está directamente vinculada al gas natural, ya que este es la principal materia prima para producir amoníaco, «su componente base», a través de un proceso llamado Haber-Bosch. Debido a la vinculación con este recurso tan estratégico, los precios de esta materia prima son tan volátiles.
El conflicto en Ucrania, las restricciones impuestas por los distintos países implicados y la fragmentación del comercio internacional provocaron su encarecimiento. Tras el inicio de la guerra en febrero de 2022, los precios globales de los fertilizantes experimentaron un notable encarecimiento en los primeros meses del año.
La crisis del estrecho de Ormuz también disparó el precio de la urea al interrumpir una ruta estratégica para el comercio global de fertilizantes . Según declaraciones del director de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el impacto generado por el conflicto se tradujo en un aumento de los precios de la urea granulada procedente de Oriente Medio de casi un 20 % en una semana. A mediados de abril, los precios de la urea habían subido un 52% en Estados Unidos y un 60 % en Brasil.
Se calcula que se han retrasado entre 1,5 y 3 millones de toneladas de comercio de fertilizantes al mes, lo que pone en peligro la productividad agrícola a nivel global.
El fósforo, otro fertilizante estratégico
Aunque el fósforo suele recibir menos atención mediática que el nitrógeno, se trata de otro de los fertilizantes estratégicos más expuestos a la inestabilidad geopolítica. A diferencia del nitrógeno, que puede sintetizarse industrialmente a partir de gas natural, el fósforo depende mayoritariamente de la extracción minera de compuestos como la roca fosfórica, un recurso finito cuya producción y reservas están altamente concentradas en unos pocos países, especialmente Marruecos, China y Estados Unidos.
El fósforo es uno de los fertilizantes estratégicos más expuestos a la inestabilidad geopolítica
Reportes de la FAO indican que la crisis en el Estrecho de Ormuz ha tensionado el comercio mundial de fertilizantes, elevando los costes energéticos y de transporte, presionando al alza los precios de insumos como la roca fosfórica. En el primer trimestre de 2026 se experimentaron subidas de entorno al 6 % en fertilizantes fosfatados ampliamente utilizados como el DAP (fosfato diamónico) y el MAP (fosfato monoamónico), trasladándose hacia el usuario final, el agricultor.
Estos dos ejemplos, denotan la elevada vulnerabilidad del sistema agrícola debido a la estrecha vinculación con factores ajenos al campo. En los últimos años, alternativas a estos productos han ido tomando más protagonismo en el mercado de los fertilizantes, no solo por tener un carácter más limpio y ser impulsado por normativas verdes, sino por su naturaleza productiva y su vinculación a un mercado más local.
Una alternativa para el agricultor
En este escenario, los biofertilizantes se están consolidando como una alternativa especialmente atractiva no solo por su eficacia agronómica, sino por su menor dependencia de recursos estratégicos globales y su mayor integración en circuitos productivos locales. A diferencia de los fertilizantes minerales convencionales, cuya producción depende de materias primas concentradas en pocos países y de cadenas de suministro altamente expuestas a la volatilidad geopolítica, los biofertilizantes se basan en recursos biológicos renovables y procesos de producción más descentralizados.
Esto permite reducir la exposición a crisis internacionales de materias primas como el gas natural o la roca fosfórica, y al mismo tiempo favorece el desarrollo de industrias locales más resilientes y cercanas al agricultor. El valor de estos biofertilizantes, por lo tanto, no radica únicamente en mejorar la eficiencia del uso de nutrientes o la salud del suelo, sino también en ofrecer una mayor autonomía estratégica al sistema agrícola frente a un entorno global cada vez más incierto.
Francisco Rigal es doctorando Industrial en Biotecnología, Universidad Pública de Navarra y Miren Edurne Baroja Fernández es investigadora científica en biotecnología vegetal aplicada – bioestimulación, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
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