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Identidad

Soy así porque el mundo me miró así

Desde que nace, el ser humano busca ser visto por los otros. Pero la imagen que los demás nos devuelven se convierte, poco a poco, en la base a partir de la cual construiremos nuestra identidad.

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20
julio
2026

¿Hace ruido un árbol que cae en el medio del bosque si no hay nadie para escucharlo? Llevamos siglos tratando de dilucidar si las cosas existen en la medida en la que una mente puede percibirlas, pero no siempre nos hacemos esa misma pregunta sobre nosotros mismos. Y, sin embargo, el niño que hace un dibujo, que logra una increíble pirueta, o construye una inestable torre con bloques necesita gritarle a sus padres «mira lo que hago» para ser visto y, de este modo, sentir que, efectivamente, ha hecho algo.

Porque el niño necesita ser mirado, reconocido y aprobado por su entorno para empezar a formarse una idea de quién es y de cuánto vale. Así lo explica el doctor José Luis Marín, autor del libro La salud mental no existe, la salud sí, en el pódcast Roca Project, incidiendo en qué los seres humanos no nacemos con una identidad preformada, sino que la construimos, desde la infancia, a través de la mirada de los otros. Esa validación temprana funcionaría casi como el material bruto con el que se esculpe la autoimagen: según Marín, cuando esa mirada es cálida y constante, el niño interiorizaría una sensación estable de valor propio, pero cuando está ausente o es condicional, el niño crecería con la sensación de que su valor depende de cumplir ciertas expectativas ajenas.

Esto se replica en la edad adulta: todos pensamos que nuestras ideas sobre quienes somos o cuánto valemos surgen de una reflexión interna, pero es posible que, en realidad, lo que hagamos sea asumir la mirada de los otros (padres y profesores primero, amigos y pareja después, sociedad siempre) como voz interior propia: una especie de libro de códigos según los cuales reaccionaremos hacia los demás y hacia nosotros mismos.

Además, Marín plantea que, cuando esa validación falta, la necesidad de ser visto reaparece como conducta: ansiedad, aislamiento o fenómenos como los therian son reinterpretados por él como una posible forma de reclamar identidad: las personas buscan recuperar el reconocimiento que les falta. Desde la psicología clínica, Marín explora una idea que ha sido abordada largo y tendido desde la filosofía: ¿cómo se origina nuestra identidad? ¿Qué papel juega el otro en la constitución del sujeto?

Hegel plantea que la autoconciencia no se logra en soledad, únicamente a través del reconocimiento del otro

El filósofo Hegel plantea, en su famosa dialéctica del amo y el esclavo, que la autoconciencia no se logra en soledad, únicamente a través del reconocimiento del otro. Según este autor, todo sujeto humano busca ser mirado por otro, porque no basta con existir, precisamos que alguien más confirme esa existencia. En su relato, esa necesidad de reconocimiento desemboca en una lucha entre dos conciencias, de la que una sale sometida (el esclavo) y otra dominante (el amo). Hegel da entonces un giro muy interesante: el amo, que recibe reconocimiento de alguien a quien no considera su igual, obtiene en realidad una validación vacía y deja de desarrollarse, porque deja de actuar sobre el mundo. El esclavo, en cambio, transformando la materia a través del trabajo, va construyendo una relación activa con el mundo y con su propia capacidad de crear, y termina alcanzando una autoconciencia más plena que la de su amo. Hegel sugiere así que el reconocimiento que de verdad construye algo sólido no es el que se exige, sino el que se gana a través de la propia actividad.

En cualquier caso, presenta la idea de que el yo no es un descubrimiento hacia dentro, sino algo que se nos entrega desde fuera y habitamos como propio. Jacques Lacan lo explicó muy claramente con su concepto del estadio del espejo, que define la fase de la infancia, entre los 6 y los 18 meses, en la que el niño, que hasta ese momento había vivido su cuerpo como algo fragmentado y múltiple, se percibe por primera vez como una totalidad en el reflejo del espejo. Según Lacan, el problema reside en que esa imagen unificada es una ficción: viene de fuera y no se corresponde con la experiencia interna fragmentada que el niño sigue teniendo. Por eso defiende que se trata de una identificación alienante, ya que nuestra constitución como sujetos parte de una imagen que nos llega desde algo ajeno.

También Sartre, en El ser y la nada, presenta el famoso ejemplo de la mirada a través del ojo de la cerradura: cuando una persona observa a través del cerrojo, no tiene conciencia de sí misma, únicamente está atenta a lo que pasa fuera de ella. Pero en el momento en el que se oyen pasos detrás se convierte en objeto de la mirada de otro, y algo cambia por completo: ya no se trata de una conciencia libre mirando el mundo, sino también algo que existe para otro, que puede ser juzgado, definido, fijado en una identidad (como «el que espía por cerraduras») no elegida. Para el filósofo francés esa mirada ajena nos roba la libertad de autodefinirnos, pero también nos confirma que existimos como algo reconocible, que formamos parte de un mundo compartido.

Michel Foucault llevó todo esto a un terreno más inquietante: la mirada ajena nos construye y a la vez nos disciplina. En Vigilar y castigar describe el panóptico, esa cárcel donde el preso nunca sabe si lo observan, así que acaba vigilándose a sí mismo por si acaso. Con el tiempo, dice Foucault, interiorizamos tanto la mirada de los otros que edificamos nuestra identidad en función de lo que creemos que se espera de nosotros. En la era de las redes sociales, donde nuestra vida parece convertirse a veces en una performance en la procura de likes, resulta difícil no pensar en esto. Cuando la vigilancia sustituye al reconocimiento genuino, uno se siente observado pero no realmente visto. Y es entonces cuando surgirían comportamientos que reclaman la atención que ha sido negada, tal y como explica Marín.

Michel Foucault afirmó que la mirada ajena nos construye y a la vez nos disciplina.

Lo que todos estos autores plantean, que la mirada ajena no se limita a interpretarnos, sino que activamente nos construye tiene, en cierta medida, respaldo empírico en el estudio de los psicólogos Robert Rosenthal y Lenore Jacobson sobre el efecto Pigmalión: cuando los profesores creyeron que ciertos alumnos tenían un potencial especial, esos alumnos mejoraron su rendimiento meses después, sin que nada hubiera cambiado en ellos excepto la forma en que los miraban. El estudio original, de 1968, no está exento de críticas, pero investigaciones más recientes y mejor controladas han seguido encontrando el mismo patrón de fondo.

Desde la infancia dependemos de la mirada adulta para construir quienes somos, y esa observación sesgada nos moldea en función de unas expectativas que tendemos a confirmar. Lo que es más, con el tiempo la imagen devuelta se interioriza, por lo que pasamos a evaluarnos a nosotros mismos con esos criterios externos. Ahora bien, que las expectativas ajenas influyan estadísticamente en el desarrollo no significa que determinen el resultado en cada caso individual. Podemos correr el riesgo de caer en un fatalismo que nos lleve a pensar que no existe posibilidad de escapatoria: seremos lo que otros han provocado que seamos.

Pero el origen externo de nuestra identidad no significa un destino externo. Sí, necesitamos ser mirados. Sí, nos construimos en relación con los otros. Pero también es posible, una vez adultos, pasar de depender de la mirada externa a dialogar con ella, comprendiendo que no es posible llegar a un punto de validación 100% autosuficiente, pero sí elegir las miradas que queremos que nos definan. Quizás, como intuyó Hegel, la validación que de verdad nos sostiene es la que erigimos con nuestra propia actividad en el mundo.

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