Migrar también es trasladar conocimiento
Quien migra no cruza una frontera con las manos vacías. Traslada conocimiento, recuerdos, lenguajes, imaginarios, saberes y formas de crear. Ese patrimonio intangible rara vez aparece en las estadísticas y, aun así, transforma las sociedades de llegada.
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Cuando llegué a Madrid desde Venezuela, en 2017, comprendí que una persona migrante no llega únicamente con una maleta. Yo traía una forma de entender la cultura, años de experiencia, preguntas, recuerdos y una red afectiva que seguía existiendo a miles de kilómetros. No era un equipaje visible, pero constituía una parte esencial de todo lo que podía aportar.
Sin embargo, cuando hablamos de migración solemos hacerlo en cifras: cuántas personas llegan, cuántas se marchan, qué impacto tienen en el empleo o cómo se integran. Son preguntas necesarias, aunque dejan fuera una dimensión fundamental de cualquier desplazamiento humano. Quien migra no cruza una frontera con las manos vacías. Traslada conocimiento, recuerdos, lenguajes, imaginarios, saberes y formas de crear.
Ese patrimonio intangible rara vez aparece en las estadísticas y, aun así, transforma las sociedades de llegada. Lo vemos en la gastronomía, la música y el lenguaje cotidiano, pero también en la universidad, la empresa, la investigación y las artes. Por eso, además de preguntarnos cómo se integra quien llega, necesitamos observar qué condiciones permiten que sus conocimientos y experiencias entren en diálogo con los que ya están presentes.
Ahí entra la cultura.
Los museos, teatros, galerías, centros culturales, estudios de artistas y festivales son mucho más que lugares donde se exhiben obras. En el mejor de los casos, funcionan como pequeñas infraestructuras de convivencia: espacios en los que una sociedad se observa, incorpora nuevos relatos y decide qué memorias merecen ocupar el espacio público.
La representación influye en la manera en que una comunidad se comprende a sí misma
La representación influye en la manera en que una comunidad se comprende a sí misma. Ninguna puede reconocerse plenamente en una narración escrita siempre por otros. Durante décadas, muchas expresiones artísticas procedentes de los países del continente americano han llegado a Europa bajo categorías construidas fuera de sus contextos. Revisar esa mirada exige permitir que artistas, comisarios y comunidades participen en la forma en que sus historias se nombran, interpretan y exhiben.
Las identidades contemporáneas rara vez siguen una línea recta. Muchas personas vivimos entre distintas geografías, lenguas, referencias culturales y memorias familiares. Esa complejidad forma parte de nuestro tiempo, y el arte puede darle forma, hacerla visible y expresar aquello que los discursos convencionales todavía no consiguen explicar.
El filósofo martiniqués Édouard Glissant pensó la identidad desde la relación: como una trama que se construye y transforma mediante el contacto. En su Poética de la relación defendió también el «derecho a la opacidad». Convivir implica aceptar que la otra persona nunca cabe por completo en las categorías con las que intentamos comprenderla. Para quienes migramos, este matiz resulta fundamental: pertenecer no debería exigirnos reducir nuestra historia a una versión sencilla y reconocible para los demás.
Las identidades contemporáneas rara vez siguen una línea recta. Muchas personas vivimos entre distintas geografías, lenguas, referencias culturales y memorias familiares
También pienso en lo que sucede con la memoria cuando una persona se desplaza; cuando un país cambia hasta resultar irreconocible para quienes se fueron y para quienes permanecen en él; o cuando una generación crece entre referencias heredadas y experiencias nuevas. Las migraciones producen movimientos físicos, pero también desplazamientos simbólicos, nuevas formas de pertenencia y relatos capaces de cuestionar la idea de una identidad fija.
Por eso conviene no idealizar la diversidad. Sentar en una misma mesa a personas de distintas procedencias no garantiza que exista diálogo. El intercambio requiere escucha, tiempo, recursos y continuidad. La cultura puede abrir ese espacio cuando las instituciones están dispuestas a compartir su capacidad de decisión y los públicos aceptan convivir con relatos que cuestionan sus certezas.
Esto obliga a revisar quién decide qué se exhibe, qué historias entran en los museos y qué voces ocupan los espacios de pensamiento. Si una persona es invitada a aparecer en un cartel, pero no a participar en las decisiones, la diversidad queda reducida a decoración. El reto consiste en transformar la presencia en acceso, participación, intercambio de conocimiento y capacidad real para influir en las narrativas que construimos colectivamente.
España y los países del continente americano mantienen un vínculo histórico evidente. A veces, esa misma evidencia funciona como una pantalla: miramos tanto hacia el pasado que dejamos de reconocer la relación contemporánea. Hoy existe en España una comunidad amplia y diversa de artistas, comisarios, gestores y proyectos culturales procedentes del continente americano. Esa comunidad participa activamente en la construcción de los nuevos imaginarios culturales del país.
Desde esta convicción impulsamos el Festival +LATINA, organizado por Boom! Art Community y BCI Proyectos Culturales. Su eje curatorial, «Lo que aún no se ve», surgió de una residencia de investigación curatorial que realicé en São Paulo a inicios de 2026, así como de las conversaciones mantenidas con responsables de museos, comisarios, artistas y gestores culturales.
Aquella investigación permitió identificar preguntas comunes sobre las nuevas memorias, la persistencia de las narrativas coloniales y los sistemas emergentes de convivencia. Durante septiembre, octubre y noviembre, el Festival desarrolla estas cuestiones en distintos espacios de la Comunidad de Madrid y la Comunidad Foral de Navarra, mediante exposiciones, residencias, encuentros y espacios de pensamiento.
El traslado de conocimiento encuentra una expresión concreta en +SABERES, la plataforma de pensamiento del festival. A lo largo de siete encuentros, con el Museo de América como sede oficial y otros espacios asociados, reúne a profesionales de Brasil —país invitado de esta edición—, de otros países del continente americano y de España.
En +SABERES, el conocimiento circula en varias direcciones. Cada participante aporta experiencias, preguntas y formas de interpretar la realidad. El propósito es que los saberes que atraviesan fronteras intervengan en el discurso cultural y se conviertan en relaciones profesionales, institucionales y ciudadanas capaces de perdurar.
La cultura no resolverá por sí sola la desigualdad, la polarización ni los desafíos relacionados con la migración. Sí puede ampliar los marcos desde los que interpretamos la realidad, reconocer experiencias que habían quedado fuera del relato y crear lugares donde personas e instituciones puedan escucharse.
En un tiempo en el que buena parte del debate público se construye desde la simplificación y la confrontación, defender espacios para la complejidad es una forma de fortalecer la vida democrática. Una sociedad se sostiene mediante normas e instituciones, pero también a través de símbolos, relatos compartidos y la capacidad de imaginar a otra persona como parte de un nosotros.
Migrar también es trasladar conocimiento. Nuestra responsabilidad es decidir si ese conocimiento permanecerá en los márgenes o participará, con dignidad y capacidad de acción, en la construcción del futuro común.
Kiki Pertiñez Heidenreich es fundadora de Boom! Art Community y directora del Festival +LATINA
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