Marguerite Yourcenar
Memorias de Yourcenar
La escritora belga Marguerite Yourcenar hizo de la cultura grecolatina el centro de su obra. Títulos como ‘Memorias de Adriano’ o ‘Cuentos orientales’ la encumbraron en las letras francófonas hasta convertirla en la primera mujer en formar parte de la Academia francesa.
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«Animula, vagula, blandula, hospes comesque corporis, quae nunc abibis in loca? Pallidula, rigida, nudula nec ut soles dabis iocos». «Almita, viajera, encantadora, huésped y compañera de mi cuerpo, ¿a dónde te irás ahora? Tan pálida, rígida, desnuda, y ya no te prestarás al juego como solías». Este poema, atribuido al emperador Adriano en sus últimas horas de vida, bien podría servir como biografía poética de una de las autoras más prolíficas y celebradas de la literatura francesa: Marguerite Yourcenar.
Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislaine Clenewerck de Crayencour nació en Bruselas en el año 1903. De ascendencia aristocrática por ambos lados de la familia, la joven escritora fue criada por su padre, Michel-René Clenewerck de Crayencour, a quien acompañó durante su infancia en una vida nómada que la llevó a pasar temporadas en Bélgica, Francia y Reino Unido, entre otros países. Nunca fue a la escuela como tal, pero eso no le impidió recibir una educación exquisita de la mano de preceptores y de su propio padre, quien a menudo estimulaba a su hija con lecturas que iban desde autores de la época como Flaubert hasta autores clásicos como Virgilio. El latín y el griego fueron piedras angulares de su educación: la joven Marguerite comenzó a estudiar estas lenguas a los diez u once años.
De Crayencour a Yourcenar
Al final de su adolescencia, la joven comenzó a mostrarse interesada en el ejercicio de la escritura. Siempre acompañada de su padre, que la apoyaba sin descanso, creó el apellido con el que pasaría a la historia, Yourcenar (quitándole la «C» a Crayencour y jugando a hacer un anagrama), y publicó algunas obras poéticas menores. Sin embargo, un cáncer se atravesó en la relación paternofilial, y el padre de la joven murió antes de ver publicada la primera novela de su hija, Alexis o el tratado del inútil combate. A pesar de lo demoledor de la pérdida del padre, debido a la importancia capital que este había tenido en su vida hasta entonces, su fallecimiento otorgó una inusitada libertad a la escritora: la estabilidad económica que le permitiría dedicarse, durante varios años, a escribir y viajar.
La joven Marguerite comenzó a estudiar latín y griego a los diez u once años
La pasión mitológica de Yourcenar fue fomentada en esa época por diversos viajes por Grecia y sus islas. Se expande como nunca en Fuegos (1935), un particular libro de relatos donde los intensos testimonios en primera persona de grandes personajes de la imaginación griega (Clitemnestra, Aquiles, Antígona) se alternan con reflexiones desaforadas sobre el deseo, el amor y la muerte, temas centrales en la obra de la escritora. «¿Te has dado cuenta de que aquellos a quienes fusilan se desploman, caen de rodillas?», escribe. «[…] Se doblan como si se desvanecieran una vez pasado todo. Hacen como yo. Adoran a su muerte». A la misma época pertenecen sus Cuentos orientales (1938), una serie de fábulas poéticas que contienen relatos como «Cómo se salvó Wang-Fô» en los que la fantasía se mezcla con esa profundidad sentimental que caracterizó la obra de Yourcenar.
En 1939, ante la tensa situación geopolítica y bélica en Europa, la traductora Grace Frick le propuso trasladarse a Estados Unidos para enseñar Literatura comparada en Nueva York. Frick, a quien Yourcenar había conocido en París dos años antes, se convertiría en la pareja de Yourcenar, lo cual, unido a que la situación en Europa no mejoraba, hizo que su estancia pasara de temporal a permanente. Mientras trabajaba como profesora de francés e italiano, Yourcenar se dedicó durante varios años a perfeccionar la que sería su obra maestra: Memorias de Adriano.
Conversando con el emperador
El interés de Yourcenar por la figura del emperador Adriano, quien gobernó el Imperio hasta su muerte en el año 138, venía de lejos. Hombre de letras y amante de lo griego, como la propia escritora, Adriano había sido además protagonista de una de las historias de amor más trascendentes de la Antigüedad. Su pasión por el joven Antínoo, muerto prematuramente en circunstancias misteriosas, se saldó con un culto religioso dedicado al joven, una ciudad con su nombre y cientos de estatuas repartidas por el Imperio, tal como narra la escritora en el capítulo «Saeculum Aureum» de la novela.
‘Memorias de Adriano’ empezó a gestarse cuando la escritora tenía 21 años; lo terminó con 48
Pero, a pesar de la coincidencia de caracteres entre escritora y personaje, la génesis de esta novela histórica no fue asunto sencillo, y mucho menos breve. La propia autora cuenta, en el diario de escritura que acompaña a la novela, las idas y venidas de un proceso que comenzó con apuntes sobre una idea de novela a sus 21 años y culminó con la publicación del texto a los 48, en el año 1951. El esfuerzo dio sus frutos. El éxito de crítica y público fue inmediato –Julio Cortázar fue el encargado de traducirla al español– y la catapultó, tras décadas de escritura, a la cima de la literatura. 75 años después de su publicación, Memorias de Adriano continúa siendo un texto de cabecera para cualquier amante del mundo clásico, a pesar de las críticas de algunos historiadores sobre la fiabilidad de sus fuentes.
En 1980, y tras muchas otras publicaciones entre las que destaca Opus nigrum o Los Archivos del Norte, Marguerite Yourcenar fue elegida miembro de número de la Academia francesa. Esta elección, que hoy nos parece natural, en su momento fue muy polémica, al tratarse de la primera mujer en formar parte de la institución.
La escritora murió a causa de un accidente cerebrovascular en el año 1987, en la casa en la que había vivido la mayor parte de su vida, en Estados Unidos. Su tumba puede visitarse en el Brookside Cemetery de Somesville, junto a la de Grace Frick. La pequeña lápida gris está grabada con una frase sacada de la novela Opus Nigrum: «Plaise à Celui qui Est peut-être de dilater le coeur de l’homme à la mesure de toute la vie». «Guste a Aquel que Existe quizá expandir el corazón del hombre hasta la medida de la vida toda».
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