Maruja Mallo
La pintora de la verbena
La pintora Maruja Mallo fue una de las representantes más relevantes del arte europeo de entreguerras. Su producción artística correspondía a un gran interés por el realismo mágico, el surrealismo y la cosmografía.
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Ana María Gómez González, conocida como Maruja Mallo (1902-1995), fue una de las grandes figuras de la Generación del 27, precursora del grupo las Sinsombrero y una de las representantes más influyentes del arte europeo de entreguerras. Destaca por plasmar el realismo mágico y el surrealismo en sus primeras obras, distinguiéndose por su relación con la Escuela de Vallecas. En las últimas décadas de trabajo sobresalen sus dibujos geométricos y cosmógrafos con la serie «Viajeros del éter».
Tuvo siempre presente la importancia de promocionar su obra y que esta llegase a grandes coleccionistas, galerías, museos y fundaciones; se carteó con el director del MoMA, la Metro-Goldwyn-Mayer o con los coleccionistas Nelson Rockefeller o Salomon Guggenheim. Tampoco olvidó la relevancia de crearse una imagen, casi un personaje –en el que se quitaba años constantemente–.
Maruja Mallo se carteó con el director del MoMA o la Metro-Goldwyn-Mayer, entre otros
Nació el 5 de enero de 1902 y empezó a estudiar arte en círculos locales de Avilés entre 1913 y 1922. Ese año, junto a sus padres, se trasladó a Madrid e ingresó en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Durante esta etapa se dio a conocer en la capital, relacionándose con Salvador Dalí, Federico García Lorca y Rafael Alberti (de quien sería pareja y con quien trabajó en el libro conjunto Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos, que no se publicaría hasta décadas más tarde), y entabló amistad con escritoras como Concha Méndez y María Zambrano. Durante estos años finalizó su serie más conocida, «Verbenas».
En 1928 conoció al filósofo Ortega y Gasset; en este año comenzó su extensa colaboración con la Revista de Occidente y expuso sus obras en la sede de la revista, situada en la Gran Vía de Madrid. Años más tarde, en 1932, expuso en París y conoció a André Breton –quien adquiere varias obras suyas– y Joan Miró.
A partir de 1934, entró como profesora en la Escuela de Cerámica y conoció a Miguel Hernández, con quien mantendría un breve romance. En estos años se remarca su búsqueda de un nuevo orden numérico y geométrico, plasmando lo que ella misma llama «la matemática viviente del esqueleto».
1936 fue uno de los años más importantes de su vida: volvió a exponer en París, esta vez en L’Art espagnol contemporain, presentando sus «Verbenas», y en Venecia, en la Mostra Spagnuola dentro de la XX Exposición Bienal Internacional de Arte. A pesar de estos éxitos, cuando se encontraba en unas Misiones Pedagógicas en pueblos de Galicia, estalló la Guerra Civil y se refugió en Vigo. Meses después, consiguió exiliarse a Lisboa, y gracias a la nobel Gabriela Mistral embarcó a Argentina. Esta experiencia la reflejó en la serie de cuatro artículos publicados en La Vanguardia de Barcelona, «Relato veraz de la realidad de Galicia». Llegó a Buenos Aires en 1937, donde residió hasta 1961, con estancias temporales en Uruguay y Chile.
Durante las décadas en América, la vida artística de Mallo se amplificó. La revista Sur, dirigida por Victoria Ocampo, publicó en el mes de abril de 1938 su texto «Lo popular en la plástica española a través de mi obra». Además, terminó de componer la serie «La religión del trabajo». La editorial argentina Losada publicó en 1939 Lo popular en la plástica española a través de mi obra, y en la misma editorial ve la luz el monográfico Maruja Mallo con un prólogo de Ramón Gómez de la Serna en 1942.
«A una humanidad nueva corresponde un arte nuevo», afirmó la artista
«A una humanidad nueva corresponde un arte nuevo, porque una revolución artística no se contenta solamente con hallazgos técnicos, el verdadero sentido, que hace a un arte ser nuevo, integral, es, además de un conocimiento científico sólido, y un oficio manual seguro, la aportación de una iconografía para una religión viva, para un nuevo orden», escribió Maruja Mallo en uno de los textos publicados en esta etapa sobre su obra.
Entre 1947 y 1948, Maruja Mallo viajó a Nueva York y expuso sus cuadros en la Carroll Carstairs Gallery de Nueva York con 24 óleos. Además, ganó el Primer Premio de Pintura en la XII Exposición de Nueva York, celebrada en el mes de mayo de 1948, con la «Cabeza de mujer (Cabeza de negra)». Pese a estos éxitos, no volvió jamás a exponer en Nueva York.
Hasta 1949 trabajó en la serie de las «Naturalezas vivas» y las primeras «Máscaras», en 1950 expuso 22 obras en la Galerie Silvagni de París, y en 1951 participó en la Primera Bienal Hispanoamericana, que se organiza en Madrid.
Se apartó de la vida pública y social hasta 1961, pero sin dejar de trabajar en su obra. Ese año, la artista viajó a España por primera vez desde el exilio, y entre 1964 y 1965 se instaló en Madrid.
A partir de su regreso, su obra sufrió una recepción ambivalente: si bien obtiene el Primer Premio Estrada Saladrich en 1967 y que décadas más tarde se convierte en un referente en los círculos intelectuales, consiguiendo en 1982 la Medalla de Oro de las Bellas Artes que concede el Ministerio de Cultura, siente que el reconocimiento llega algo tarde, sobre todo tras el exilio.
Entre 1991 y 1992 recibe las Medallas de Oro de la Comunidad de Madrid y la Xunta de Galicia. Fallece en la capital de España en 1995, con 93 años, en una residencia, debido a su delicado estado de salud, pero habiendo sido una de las mujeres más autónomas e innovadoras —y así lo demostró en su obra— de su época.
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