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Bernard-Henry Lévy

La noche en vela

El filósofo francés convierte el insomnio en un territorio donde confluyen la memoria, la culpa, la lucidez y la ironía.

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17
agosto
2026

He hecho todo lo que se debe hacer: dejar la táblet y su luz azul que bloquea la producción de melatonina, poner el móvil en modo avión, apagar la luz y las lámparas de la mesita de noche, cerrar las puertas del armario, no fuera que sus luces comenzaran a parpadear. También las cortinas. Las he cambiado. Ahora son más grandes y tienen alzapaños, imanes y fruncido suficiente como para superponerse de manera impecable, sin dejar opción alguna a que se cuele un pequeño haz de luz, el faro de un coche o un rayo de luna. Además, puesto que duermo con la ventana abierta, he colocado sobre ellas una pila de libros que las mantendrá bien sujetas en caso de que sople el viento. Me acompaña Mallarmé, el volumen II de la Pléiade, 1.936 páginas. Sé que me aburrirá.

Me levanto para colocar tres libros más sobre la otra pila que bloquea las puertas del armario. Salgo de mi habitación. Entro al despacho. Busco el dosier para la cita de mañana. Estaba seguro de haberlo dejado ahí antes de ir a cenar. No lo encuentro. Me digo a mí mismo que lo he soñado. ¡Pero sueño tan poco! Ese es el problema. Vuelvo a la cama. Vuelvo a Mallarmé. Me aburro. Pienso en esos médicos tan amables que intentan colarme sus infusiones de valeriana, espino blanco, pasiflora o mandarina roja. Ya puestos, ¿por qué no me recomiendan lavanda para las sábanas? ¿O camomila en la almohada? ¿O hacer como aquel loco ingenioso que, en el Renacimiento, se frotaba las sienes con esponjas empapadas de infusiones de adormidera, de mandrágora o de lechuga?

No. Seguir leyendo. Leer hasta que el libro se me caiga de las manos, como debe ser. ¿Qué puedo hacer ante la pluma de uno de los más grandes poetas franceses, ante las «Bellezas del inglés»? ¿O ante reflexiones sobre las ventajas de la enseñanza de idiomas según el «método natural» o el «método gramatical»? Buscar el «Golpe de dados» o «Carta a Whistler», por supuesto. O el sublime proyecto de «Libro». Pero está en el volumen I y lo cierto es que, en este volumen II, tampoco tendría por qué enamorarme de Los dioses antiguos, traducción de un manual escolar que divulga las teorías de un orientalista, Max Müller, que siempre me ha parecido bastante cuestionable.

Ya está. El libro surte efecto. Bostezo. Me pesan los ojos. La atención se disipa. Me viene a la mente el insomne de Freud, que supuestamente se dormía pensando en sí mismo quitándose la ropa y los zapatos. ¿También la dentadura? No sé. Yo tengo buenos dientes. Los he heredado de mi madre. Era tan guapa… El único problema es que sufro de bruxismo y, mientras duermo, rechino los dientes. Como un diablo. Como un condenado. Como el impío en el libro de Job. O como Mallarmé —aunque, por desgracia, no me parezco a él en todo—, que decía: «Yo nunca duermo y así es como me imagino que vive un condenado». Apago la lámpara. Despacio, con cuidado, con naturalidad. Como diciéndome: «Es fácil, todo está bien».

Pero no. Falsa alarma. Me doy la vuelta. Y vuelvo a girar otra vez. No encuentro la postura. Estoy aún más incómodo que cuando me esforzaba por leer pensando que eso me ayudaría a dormir. Ahora estoy totalmente despierto. «Grito contra el colchón», decía Kafka. Es como si estuviera «encerrado en una nuez». ¿Una nuez? Enciendo la luz. Vuelvo a coger el libro y busco si es ahí donde está la famosa frase sobre la obra de Proust «que ha nacido de una taza de té». Es poco probable. Y no hay índice.

Me sé de memoria las recomendaciones médicas. He probado de todo: acupuntura, mesmerismo, hipnosis… También me he dado a los mercaderes del sueño de la medicina suave, paralela, alternativa. A los Herr Professor de la Unidad de Trastornos de la Vigilia y el Sueño en Lille, donde me diagnosticaron apneas prolongadas, con una media monstruosamente elevada cada hora. También he visitado el Hospital San Raffaele, en Milán, donde quisieron ponerme un implante en el pecho. O el Centro de Medicina del Sueño de Cenas, en Ginebra, donde me encasquetaron un traje de astronauta equipado con un motor que producía el ruido de un avión y no dejaba lugar al sueño. O la Unidad de Hipnología y Epileptología, en Lyon, donde me dieron otra máquina, pero era necesario ganar un premio Nobel solo para conectar los cables. Y la Mayo Clinic, en Rochester, Minnesota, cuya intención era la de conectarme el cerebro durante la noche a una pantalla de televigilancia. Les dije: «Hi, guys!, el de Hemingway es el único informe que, como por arte de magia, desapareció de vuestros files, ¿y pretendéis controlar mi insomnio poniendo una cámara tras cada uno de mis sueños y, si no sueño, tras cada uno de mis fantasmas? No way».


Este texto es un extracto de ‘La noche en vela’ (La esfera de los libros), de Bernard-Henry Lévy. 

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