El impacto social de la inflación
El aumento generalizado de precios en los bienes y consumos que conocemos como inflación afecta profundamente nuestras vidas. No solo se encarece la «cesta de la compra» conformada por los productos esenciales para el día a día, sino que puede reconfigurar negativamente nuestro estilo de vida.
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«La inflación se dispara 4 décimas en diciembre». «Quinta subida de la inflación desde septiembre». «La inflación sube a un 3%». «La inflación repunta dos décimas y sube hasta el 2,2%».
Cada cierto tiempo, titulares de este tipo asaltan las portadas de los diarios para congoja de los ciudadanos. Y es que, si hay un término económico cuyo significado alcanzamos a comprender todos, es la inflación. Al menos, tenemos claro que se trata de un evento macroeconómico que afecta de manera negativa a toda la población del estado en que se produce.
Inflación es el aumento generalizado y sostenido de los precios de bienes y servicios de una economía durante un período determinado de tiempo. La propia definición ya nos alerta de que muy positiva no resulta. Tal aumento de precios, mantenido en el tiempo, deriva en una disminución de nuestro poder adquisitivo, ya que con la misma cantidad de dinero se podrán pagar menos productos.
Para calcular la inflación no se tienen en cuenta los precios de todos los bienes y servicios, sino los de aquellos que forman parte de la «cesta de la compra»: alimentos, ropa, combustible, electrodomésticos, vivienda y todos los que consideramos de necesario consumo para el normal desarrollo de nuestras vidas. El efecto inmediato es evidente, ya que dicha «cesta de la compra» se encarece y a los ciudadanos nos resulta más gravoso acceder a los productos básicos.
Si sube la inflación, varían actividades cotidianas como ir al supermercado, llenar el depósito del vehículo familiar o salir a cenar. Actividades que se vuelven más gravosas y hacen que se resienta nuestro nivel de vida, provocando que entremos en una evidente pérdida de poder adquisitivo. Los precios aumentan, pero no lo hacen los salarios y tenemos menos capacidad para acceder a bienes y servicios básicos.
Los precios aumentan, pero no lo hacen los salarios, y tenemos menos capacidad para acceder a bienes y servicios básicos
Obviamente, si adquirir alimentos o pagar la factura de la luz se hace más difícil, todos aquellos gastos superfluos realizados para adquirir productos no esenciales tienden a desaparecer, con el consiguiente impacto en determinadas industrias. Cambiamos nuestros hábitos de consumo evitando gastar en tales productos no esenciales para el día a día, y aplazamos cualquier tipo de compra que suponga un elevado esfuerzo, como la de una vivienda o un automóvil, en espera de mejores condiciones económicas.
Pero no solo perdemos poder adquisitivo sino que, también, en caso de tener dinero ahorrado, vemos cómo el mismo, que apenas produce intereses, se devalúa a idéntico ritmo al que sube la inflación. El dinero ahorrado pero no invertido pierde valor, por lo que las únicas personas que no sufren este impacto negativo en sus ahorros son las que lo han invertido en productos financieros cuya rentabilidad es superior. Evidentemente, esto solo pueden hacerlo quienes cuentan con más recursos. De ahí que la inflación golpee con mayor virulencia a los sectores más vulnerables de la sociedad.
Uno de estos sectores es el que conforman las personas mayores. Normalmente son quienes más dinero tienen ahorrado y, por tanto, de manera más acusada asumen la pérdida de poder adquisitivo. Para agravar la situación, ven cómo sus pensiones no alcanzan para el normal desarrollo de la vida diaria. Es difícil que la subida anual de las mismas alcance los porcentajes que marca la inflación.
Otro efecto pernicioso de la subida de la inflación es el del incremento de las cantidades a desembolsar para cubrir la hipoteca de la vivienda cuando esta cuenta con un tipo variable. El motivo es que los bancos centrales suelen subir los tipos de interés. Nuevamente, quienes disponen de menos recursos corren mayor riesgo de sufrir severos varapalos en su economía doméstica.
Los desajustes de precios en las empresas acaban trasladándose al consumidor
Por supuesto, las empresas también se ven afectadas, pero las consecuencias, nuevamente, son sufridas por la sociedad civil. Los costes de producción de la industria aumentan y generan un efecto cascada que golpea a la empresa privada que, si quiere mantener a salvo su rentabilidad debe ajustar precios. En la mayoría de ocasiones dicho ajuste acaba trasladándose al consumidor. Además, ante el escenario de incertidumbre que plantea la subida sostenida de la inflación son muchas las empresas que dejan de invertir, con los consiguientes efectos en la población civil.
Aunque la mayoría de empresas tienen capacidad para absorber ciertos gastos y reducir sus márgenes de ganancia, en una situación prolongada de inflación comienzan a perder la capacidad de inversión y, por supuesto, la de crecimiento. El efecto se traslada de forma inmediata al mercado laboral, ya que dichas empresas suelen congelar los salarios y, por supuesto, al no crecer, detener la contratación de nuevos empleados.
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