Breve historia del ‘locus amoenus’
Desde los jardines clásicos hasta los lofts de Manhattan o los conventos convertidos en refugio, cada época ha imaginado un espacio donde vivir mejor. Más que un lugar, el locus amoenus es un reflejo de aquello a lo que aspiramos.
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Con las olas de calor del verano, suelen llegar ganas de fantasear con otras vidas. El asfalto ardiente de las ciudades parece empujarnos a soñar con bañarnos en las aguas cristalinas de una cala en Grecia o, simplemente, con volver al pueblo de nuestra infancia y tumbarnos junto al río bajo la sombra de un árbol. Cuando tenemos el privilegio de viajar, aparece casi siempre una pregunta: ¿cómo sería vivir aquí? Nos proyectamos en contextos distintos y escribimos mentalmente el guion de una vida que no es la nuestra, pero que nos parece, de algún modo, mejor.
A lo largo de la historia, siempre se han idealizado algunos lugares y las formas de vida que los acompañan. Cada época ha proyectado sus anhelos sobre determinados espacios, pero la naturaleza ha sido una constante en el arte y la literatura desde la Antigüedad clásica hasta el desarrollo de las ciudades modernas y la fascinación por los estilos de vida más urbanitas.
Se trata del locus amoenus que el filólogo Ernst Robert Curtius, en Literatura europea y Edad Media latina, define como aquellos lugares que solo sirven para el placer y no están destinados a fines utilitarios. El término amoenus aparece ya en La Eneida de Virgilio para referirse a espacios de la naturaleza que resultan amenos, agradables, bellos. Pero la idealización de algunos paisajes llega unos siglos antes. Teócrito, considerado el fundador de la poesía bucólica, describe en sus Idilios escenarios de la naturaleza habitados por pastores. Entonces, el pastoreo se relacionaba con la abundancia y la vida al aire libre. Frente a las guerras o al ruido de la política, no podía haber nada mejor que imaginar una vida retirada en contacto con la naturaleza.
El locus amoenus es una construcción simbólica en la que se repiten algunos elementos que evocan calma y descanso y que, al mismo tiempo, son el escenario perfecto para reflexionar, conversar, pintar o escribir. Por eso, el locus amoenus también suele ir acompañado del elogio a la vida sencilla y alejada del ruido del mundo o el beatus ille de Horacio.
Es una construcción simbólica en la que se repiten elementos que evocan calma y descanso
Si bien algunos elementos de la naturaleza son recurrentes en el locus amoenus, esta idealización ha ido cambiando a lo largo del tiempo. El contexto cultural y las condiciones sociales han condicionado el ideal de vida de cada momento histórico. Por ejemplo, durante la Edad Media, los huertos de los conventos ganan protagonismo. Se trata del hortus conclusus, un espacio delimitado, protegido, asociado a lo divino y a la pureza.
En el Renacimiento, el locus amoenus recupera su esplendor clásico. El humanismo mira hacia Grecia y Roma y busca modelos de perfección, como los jardines italianos de proporciones armónicas. La naturaleza vuelve a convertirse en el escenario ideal para el amor, la reflexión y la poesía. Garcilaso de la Vega, en sus Églogas, revive el mundo pastoril de Virgilio y Teócrito y sitúa a sus personajes junto a ríos, árboles y prados. También Antonio de Guevara, en Menosprecio de corte y alabanza de aldea, ensalza la vida serena del pueblo frente al ajetreo y la falsedad de la corte. Sostiene que en el pueblo se sufren menos los trabajos y se disfrutan mejor las fiestas, mientras que los negocios no dejan a la corte disfrutar de la vida.
Con el Barroco, la naturaleza sigue apareciendo como espacio idealizado, pero el orden del Renacimiento deja paso a una mirada más inquieta, que está marcada por la conciencia del paso del tiempo y de la fragilidad humana. Con la llegada de la modernidad, la industrialización y el crecimiento de las ciudades, aumentaron las distancias entre el campo y la vida urbana. Mientras la poesía seguía idealizando la naturaleza, la ciudad empezó a convertirse en el lugar donde era posible encontrar una vida mejor.
Cuando el paraíso era la ciudad
En España, durante buena parte del siglo XX, el locus amoenus dejó de situarse en la naturaleza para trasladarse a la ciudad. Durante el franquismo, las urbes representaron una promesa de futuro para miles de personas que abandonaban un mundo rural marcado por la pobreza y la falta de oportunidades. La migración hacia Madrid, Barcelona o los grandes núcleos industriales del País Vasco alimentó la idea de la ciudad como espacio de ascenso social.
Esta aspiración quedó materializada en los barrios populares y en los polígonos residenciales levantados durante esas décadas, espacios que hoy empiezan a ser reivindicados como parte de la memoria colectiva. Como recoge Toldo verde: postales de otro patrimonio, estos paisajes, durante mucho tiempo considerados carentes de valor, conservan la historia de quienes llegaron a ellos buscando una vida mejor.
Pero con la globalización y la expansión del imaginario estadounidense a través del cine y la televisión aparecieron nuevas aspiraciones. El sueño ya no estaba únicamente en abandonar el campo para llegar a la ciudad, sino en habitar determinados espacios asociados al éxito, desde las urbanizaciones de casas unifamiliares hasta los centros de las grandes metrópolis, convertidos en símbolos de creatividad, diversidad y oportunidades.
Esa idealización de lo urbano alcanzó su versión más glamurosa a finales del siglo XX y principios del XXI con series como Sexo en Nueva York, que vendieron la gran ciudad como escenario de realización personal. El talento parecía encontrar su lugar natural entre cafeterías, galerías de arte, tiendas y calles llenas de posibilidades. Vivir en un loft en el centro de Manhattan se convirtió en uno de los nuevos locus amoenus.
Con la crisis de 2008 y, años más tarde, la pandemia, la fascinación por la ciudad empezó a transformarse. El confinamiento nos hizo más conscientes de las limitaciones de muchos hogares urbanos: pisos pequeños, viviendas compartidas y la ausencia de espacios exteriores en un momento en que la casa debía convertirse en refugio, oficina y lugar de ocio. Frente a esa experiencia, resurgió el deseo de una vida más lenta y cercana a la naturaleza. Surgieron tendencias como el cottagecore, y la posibilidad de teletrabajar hizo que más personas vieran viable volver al pueblo.
Además del contacto con la naturaleza, vivir en el pueblo se ha convertido en una alternativa habitacional más asequible, a pesar de las limitaciones que siguen existiendo en el medio rural relacionadas, principalmente, con los servicios públicos y el transporte.
Ahora los conventos vuelven a ser tendencia porque han encontrado nuevos usos vinculados a dos de los grandes problemas de nuestro tiempo: la crisis de vivienda y la hiperconexión digital. Algunos conventos y monasterios ya destinan parte de sus espacios al alquiler de vivienda habitual, especialmente para estudiantes, a precios más asequibles que los del mercado. Otros ofrecen retiros temporales para quienes buscan silencio y desconexión más que una experiencia espiritual.
El locus amoenus, al final, es una proyección de aquello que sentimos que hemos perdido. Cada época dibuja su propio paraíso y coloca en él la promesa de una vida mejor.
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