Siglo XXI

Éxodo urbano: un viaje de vuelta al pueblo

Los pueblos han ganado protagonismo por sus ventajas respecto a la ciudad en un escenario de crisis sanitaria. ¿Cómo se podría traducir al contexto urbano todo lo bueno que se busca en el rural?

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08
Abr
2021

La pandemia ha transformado las dinámicas existentes entre pueblo y ciudad. Para ser más específicos: entre áreas urbanas densamente pobladas y las zonas rurales, donde los modos de vida tienen más espacio para desarrollarse. Estos cambios vienen dados, en gran medida, por un desplazamiento en la forma de entender cómo el entorno afecta a nuestra salud. Si en la segunda mitad del siglo XX nuestra geografía fue testigo de la migración masiva de jóvenes desde el campo a la ciudad en busca de oportunidades laborales, este último año hemos podido presenciar el movimiento inverso. Cada vez más gente ve las pequeñas localidades y pueblos como algo más que meros lugares de retiro vacacional reservados para visitas esporádicas. En la actualidad, con herramientas como el teletrabajo, existe la posibilidad real de mudarse fuera de la ciudad pero sin dejar de ser partícipes de ella.

Cuando España supo que el confinamiento podría alargarse más de dos semanas, de una manera casi instintiva, todos aquellos que tuvieron la oportunidad de escapar una segunda residencia no la desaprovecharon. Las desigualdades sociales, económicas y patrimoniales existentes en la ciudad salieron a flote cuando, frente a estos escasos afortunados, la mayor parte de la población se vio encerrada en pisos que se quedaban pequeños. Fue la causa de uno de los primeros malestares que se manifestaron con la covid-19: la sensación de ahogo en unas viviendas que no estaban tan preparadas para vivir en ellas como se imaginaba. Carencias habitacionales que han jugado en detrimento de las ciudades durante el último año, ofreciendo las zonas menos pobladas como la mejor alternativa.

En el contexto actual, las grandes ciudades de todo el mundo navegan entre ola y ola como resultado de una incompatibilidad entre sus ritmos anteriores y la actual coyuntura pandémica. Son el escenario principal de esta crisis (y de las que vendrán), donde parece imposible escapar del contagio y ningún habitante considera ya que se pueda volver a vivir en ellas como se había hecho hasta ahora. Espacios claustrofóbicos, calles pensadas para los desplazamientos a motor, pisos cada vez más pequeños y con una mayor renta…

Aún así, corremos el riesgo de romantizar los modos de vida de las zonas rurales

Así, los pueblos y las zonas rurales han vuelto a ser reconocidos como espacios donde la calidad de vida física y emocional puede ser superior a la de las ciudades. Estos territorios cuentan, además, con una capa extra de protección ante las enfermedades infecciosas por las formas de socializar, trabajar y vivir que se dan en ellos. Son efectos que siempre hemos conocido y que cada vez más gente está dispuesta a abrazar a pesar a las ventajas que ofrece la urbe: un claro ejemplo es el aumento en las listas de empadronados de un gran número de localidades de toda España—incluso de la Vacía—, en especial, aquellas que se concentran alrededor de grandes núcleos urbanos, como los alrededores de Madrid.

En estos momentos es esencial entender en qué hemos convertido las ciudades para que sean tan claustrofóbicas

Pero corremos el riesgo tanto de romantizar –una vez más– sus modos de vida, tratando de imponer la misma forma de vivir e instalarnos que en el ámbito urbano. Una actitud que, por lo general, juega en contra de su esencia. Además, es necesario considerar quiénes tienen la posibilidad de hacer este viaje de vuelta a lo rural y reflexionar sobre lo que significaría para la ciudad, sus habitantes y su economía. Huir buscando mejores oportunidades, dejando atrás a aquellos con menos recursos, es algo que ya ha ocurrido en otras ocasiones con devastadores consecuencias, como el notable y famoso caso de la ciudad estadounidense de Detroit, sumergida desde hace años en la deuda.

Lo que sí se puede concluir de este escenario es que ambos modelos de instalación en el territorio tienen sus ventajas, y pueden nutrirse el uno del otro. Siempre hemos asociado los espacios rurales al lugar perfecto en el que tomar aire fresco o buscar la calma frente al frenesí urbano, pero en estos momentos es esencial entender en qué hemos convertido las ciudades, sus calles y viviendas para que se presenten tan claustrofóbicas. ¿Cómo se podría traducir al contexto urbano todo lo bueno que se busca en el pueblo? Y de cara al futuro: ¿cómo puede incorporarse para afrontar los otros retos que tenemos por delante, como el cambio climático, la transición energética o la equidad social?

Las traducciones nunca fueron directas y el modelo de nuestros pueblos, que data de siglos atrás, no es directamente trasladable a nuestras ciudades. Tampoco al revés. La arquitectura y el urbanismo han encontrado en numerosas ocasiones uno de sus motores principales en las urgencias sanitarias de la ciudad, y de ello surgen muchos de los atributos que hoy en día las caracterizan. Se presenta ante nosotros la ocasión idónea para ingeniar nuevos modelos mucho más holísticos, que apuesten fuertemente por el bienestar y salud de las personas, que revaloricen las dimensiones y ritmos de gran parte de nuestros municipios y hagan mucho más fuertes a nuestras ciudades de cara al futuro.

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