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Sociedad

La historia como ejercicio de lucidez

Para comprender la complejidad del mundo actual, resulta indispensable examinar las formas en que las sociedades articulan el pasado, el presente y el futuro.

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Metropolitan Museum of Art
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11
junio
2026

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Este 2026, cuando el historiador francés François Hartog alcanza sus ochenta años de vida, su obra intelectual se revela no como un objeto de celebración complaciente, sino como un marco de reflexión ineludible para descifrar la experiencia del tiempo en nuestra época. A través de un recorrido que comenzó interrogando la alteridad en la Grecia antigua con El espejo de Heródoto (1980) y maduró hacia la teoría historiográfica, sus conceptos centrales permiten observar con rigor cómo las sociedades actuales han quedado atrapadas en un presente perpetuo, desprovisto de la orientación del pasado y ciego ante el horizonte del porvenir. Lejos de cualquier lamento nostálgico, su enfoque proporciona la distancia necesaria para pensar los dilemas de nuestra contemporaneidad y recuperar la inteligibilidad de un mundo que parece consumirse en lo efímero.

La emergencia del presentismo

Para comprender la complejidad del mundo actual, resulta indispensable examinar las formas en que las sociedades articulan el pasado, el presente y el futuro. Históricamente, la época moderna se construyó sobre una visión futurista, donde el porvenir funcionaba como el gran motor de la historia y el garante del sentido. Esta estructura temporal se caracterizaba por una asimetría creciente entre el campo de la experiencia humana y su horizonte de expectativa, impulsada sostenidamente por la idea de perfectibilidad y progreso, tal como había observado el historiador alemán Reinhart Koselleck (1923-2006).

La época moderna se construyó sobre una visión donde el porvenir funcionaba como el gran motor de la historia

Sin embargo, los profundos trastornos y violencias del siglo XX han abierto hondas «brechas» en el orden del tiempo. En su texto fundamental Regímenes de historicidad (2003), Hartog definió de manera meticulosa la transición hacia el «presentismo»: el veloz ascenso y la imposición de la evidencia de un presente omnipresente. «La instantaneidad de los mercados, el tiempo real de la información y la búsqueda del beneficio inmediato han reconfigurado radicalmente las coordenadas de la agencia humana, paralizando la producción del tiempo histórico». Esta dinámica termina canibalizando a los otros tiempos y clausurando la posibilidad de un tiempo abierto. Esta indagación estructural se profundizó en Cronos. Cómo Occidente ha pensado el tiempo, desde el primer cristianismo hasta hoy (2020). En este ensayo, se trazó la larga evolución de nuestra concepción temporal, demostrando cómo las estrategias forjadas durante milenios para ordenar y dominar el tiempo —desde el régimen cristiano hasta la modernidad— se ven hoy socavadas por la irrupción del Antropoceno, un tiempo inédito que desborda nuestras herramientas clásicas de comprensión.

La omnipresencia de la memoria y la ansiedad del patrimonio

Una de las manifestaciones más elocuentes y paradójicas de esta clausura del futuro es la intensa preocupación contemporánea por el pasado, pero un pasado abordado bajo las formas de la memoria y la patrimonialización. Tal como se examina lúcidamente en Creer en la historia (2013), la pérdida de fe en la Historia como un proceso rector generó un vacío que fue ocupado desde los años ochenta por una innegable oleada memorial. Impulsada en gran medida por la necesidad moral y judicial de procesar los crímenes masivos del siglo pasado, la memoria se erigió como la categoría dominante del espacio público, otorgando un protagonismo inusitado a la figura del testigo y transformando el «deber de memoria» en un imperativo categórico.

La memoria se ha erigido como la categoría dominante del espacio público

De manera paralela a este auge de la memoria, el concepto de patrimonio ha adquirido una dimensión expansiva. Ya no se trata únicamente de conservar los grandes monumentos para instruir a la posteridad, sino de un proceso de catalogación generalizada que abarca el entorno natural y las prácticas cotidianas. En un mundo regido por el presentismo, donde el mañana se percibe predominantemente como una amenaza y el ayer se desvanece por la rápida obsolescencia impuesta por la técnica, la conservación surge como una respuesta defensiva. Esta urgencia contemporánea por proteger responde a la necesidad de hacer más habitable un presente incierto, operando como un síntoma directo de las severas fisuras del orden del tiempo actual.

La historia como herramienta de lucidez

Ante la hegemonía de lo efímero, la relevancia de repasar estas ocho décadas de trayectoria intelectual reside en reubicar la función del conocimiento humanístico en la esfera pública. Formular la hipótesis del presentismo no equivale a proclamar una condena fatalista ni a instalarse en el cómodo registro de la denuncia. Por el contrario, la delimitación de los regímenes de historicidad opera como un agente reflexivo que permite contrastar diferentes experiencias temporales para hacer surgir una mayor inteligibilidad en nuestras sociedades.

Esta herramienta analítica ayuda a desnaturalizar nuestra vivencia temporal, recordando que el presentismo es solo un compuesto inestable, no una condena ineludible del ser humano. Para el ejercicio ciudadano y la investigación académica, el verdadero desafío consiste en utilizar esta perspectiva para tomar distancia crítica de la dictadura de lo efímero.

El trabajo no debe limitarse a acompañar pasivamente el flujo de los acontecimientos, operando como un pasajero que le explica el presente al presente. La tarea ética y epistemológica radica en someter a escrutinio las evidencias masivas de la actualidad, resistiendo la parálisis impuesta por un horizonte clausurado. Pensar nuestra época implica, indefectiblemente, interrogar las formas en que hemos perdido la capacidad de proyectar el futuro y buscar, con sobriedad, nuevas formas de responsabilidad que logren trascender la inmediatez.

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