Boecio
El consuelo de la filosofía
En ‘Consuelo de la filosofía’, Boecio ofrece una tentativa desesperada de comprender qué sentido pueden tener la justicia, la felicidad o la libertad cuando el fin se acerca.
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Boecio (480-524) escribió su Consuelo de la filosofía (reeditado en 2020 por la editorial Acantilado) en una situación límite. Lo hizo entre rejas tras ser uno de los hombres más poderosos de su tiempo, heredero de la cultura romana, alto funcionario en la corte del rey ostrogodo Teodorico. En unos meses pasó de la cima política a una celda acusado de traición y a la espera de la muerte. Desprendido del ámbito académico, en el texto se ofrece una tentativa desesperada de comprender qué sentido pueden tener la justicia, la felicidad o la libertad cuando el fin se acerca.
Adopta la forma de un diálogo. Boecio, abatido, se lamenta de su destino y de la ingratitud del mundo. Es entonces cuando aparece Filosofía, personificada curiosamente como una mujer severa que no acude a consolarlo con palabras dulces. Su intención es sanarlo apelando a la razón y, por ello, deja claro desde el principio que su problema no estriba en la injusticia del mundo. El error del pensador se produjo por haber depositado la esperanza en algo que no podía sostenerla. «Si, pues, te sometiste a la dirección de la fortuna, tendrás que adecuar tu conducta a esa señora», asegura la Filosofía, para acto seguido preguntar con retranca: «¿Pretenderás, acaso, detener el rumbo tan cambiante de su rueda?».
Riqueza, poder, prestigio, fama: todos prometen plenitud, mas ninguno la otorga
Uno de los ejes del libro pivota sobre la crítica de los bienes externos. Boecio revisa uno por uno los objetos habituales del deseo humano: riqueza, poder, prestigio, fama. Todos prometen plenitud, mas ninguno la otorga. La riqueza nunca es suficiente, el poder depende del favor ajeno, la fama es frágil y local. Filosofía no afirma que estos bienes sean intrínsecamente malos, pero sí insiste en su inestabilidad, en su incapacidad para fundar una vida buena: «La naturaleza de los bienes humanos es tan precaria, que hace que o no lleguen todos o no duren perpetuamente».
A partir de ahí, el diálogo se desplaza hacia la cuestión más profunda: qué es la felicidad. Para Boecio, siguiendo una tradición que se remonta a Platón y a los estoicos, la felicidad se consigue logrando una forma de plenitud interior. La felicidad es así autosuficiente, no necesitada del azar ni de la aprobación externa. De ello se desliza la idea de que feliz es quien nada teme y nada desea. Quien no se somete a los vaivenes del mundo.
El problema del mal ocupa otro lugar privilegiado en esta obra maestra. ¿Cómo puede existir la injusticia si el mundo está regido por una providencia racional? Filosofía alega que el mal no tiene sustancia propia, que es privación de bien, y que los malvados no son verdaderamente poderosos, aunque lo parezcan. En realidad, están más alejados de la felicidad que aquellos a quienes dañan. Todo el mundo anhela ser feliz y, en esta medida, el bien. La tara de la que adolecen «los malos», se dice, radica en su debilidad e ignorancia.
En el diálogo, Filosofía alega que el mal no tiene sustancia propia, que es privación de bien
Tirando del hilo, uno de los pasajes más complejos y ambiciosos del libro aborda la relación entre la providencia divina y la libertad humana. Si Dios lo sabe todo, ¿cómo pueden ser libres nuestras decisiones? Boecio introduce aquí una distinción decisiva. Dios no conoce el futuro en tanto algo que todavía no existe. Lo contempla desde la eternidad, en un presente absoluto. Su conocimiento no desencadena los actos humanos, del mismo modo que ver a alguien caminar no lo obliga a hacerlo. Dios ve todas las cosas en un «presente eterno», anota, y esta visión no impone necesidad alguna a los acontecimientos. Con este argumento, Boecio intenta salvar tanto la omnisciencia divina como la responsabilidad moral humana.
Resulta llamativo que una obra escrita por un cristiano en vísperas de la Edad Media apenas mencione explícitamente el cristianismo. No hay referencias directas a Cristo, ni a la salvación, ni a la revelación bíblica. Bien visto, el consuelo que ofrece Boecio es filosófico, no teológico. La razón, y no la fe, es el instrumento principal. Esto explica en parte la enorme pegada del libro durante siglos. Ha sido leído por paganos, cristianos, monjes, reyes y humanistas, en generosa medida, porque no exige una adhesión doctrinal concreta. Únicamente solicita una disposición a pensar con rigor sobre la condición humana.
Consuelo de la filosofía es una obra escrita por una persona a punto de morir. Sin caer en la ingenuidad, no promete que la razón elimine el sufrimiento. Propone algo más sobrio y exigente: comprender qué merece ser amado en la vida y qué no, distinguir lo que depende de uno mismo de lo que nunca lo hará.
En la celda de Pavía donde esperaba su ejecución, Boecio no recuperó la libertad ni la vida. Fue torturado y finalmente decapitado. Su último consuelo, aquel con el que cerró el libro, no es otro que la necesidad de actuar con bondad aun cuando el fin se cierne sobre uno.
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