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Siglo XXI

¿Los genes no engañan?

Desde que Mendel diera los primeros pasos en el estudio de lo que después se conocería como genética, hemos aprendido que nuestra constitución fisiológica es heredada. Pero desconocemos muchas de las sorpresas que aún depara la herencia genética.

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14
enero
2026

En 2011, Grace Wyshak y Albert Rothenberg, profesores de psiquiatría en la Universidad de Harvard, presentaron los resultados de un estudio en que analizaron el árbol genealógico de más de 500 personas con un elevado coeficiente intelectual y creativo, incluidos ganadores del Premio Nobel. El objetivo del análisis era demostrar que la inteligencia no venía inscrita en sus genes. Y sí, los genes tienen peso, pero en cuestiones como la creatividad influyen más condicionantes como el tipo de educación recibida, los factores sociales involucrados y, en ocasiones, el afán de superación de las frustraciones de los progenitores.

El naturalista Gregor Johan Mendel (1822-1884) estableció bases de la genética tras dedicar diez años a realizar experimentos con guisantes que le permitieran averiguar cómo se transmiten los rasgos físicos de generación en generación. Si bien en su momento dichos estudios no tuvieron mucha repercusión, en 1905, el biólogo William Bateson (1861-1926) siguió los pasos de Mendel y analizó la herencia biológica de los seres humanos. Acuñó el término genética (del griego «origen») para inaugurar una de las ramas más importantes de la biología moderna.

Desde entonces hemos aprendido que nuestros progenitores nos regalan una combinación genética que determina nuestros rasgos físicos. Alrededor de dicha herencia son muchos los lugares comunes, y todos hemos escuchado, en numerosas ocasiones, a un padre orgulloso de la bondad de su hijo sin dejar de atribuírsela a él mismo, o a una madre hacer gala de la inteligencia de su hija dejando claro que los genes no engañan.

Cada uno de nosotros comparte el 99,9% del material genético con el resto de seres humanos. Esa diferenciación que nuestros progenitores esgrimen para sentirse orgullosos de nosotros como seres excepcionales al final se reduce al 0,1%. Más aún, compartimos el 21% de nuestro material genético con los gusanos, el 90% con los ratones y el 98% con los chimpancés.

Compartimos el 99,9% de nuestro material genético con el resto de seres humanos

El genoma es el conjunto completo de instrucciones genéticas necesarias para el crecimiento y desarrollo que tiene un organismo vivo. Conjunto que cada ser humano tiene por duplicado, con 23 cromosomas cada uno. Cada célula de nuestro cuerpo contiene, por tanto, 46 cromosomas que, si dispusiéramos de manera longitudinal, alcanzarían los 1,8 metros. Ahora bien, si hiciésemos lo mismo con todos los cromosomas de todas nuestras células la longitud sería mil veces mayor que los 150 millones de kilómetros que distan entre la Tierra y el Sol.

«Tiene los ojos de su madre/padre» es una de las frases más repetidas. El color de los ojos es uno de los rasgos hereditarios más fácilmente identificables. Pero las pupilas azules, tan valoradas en el ideario estético occidental, no existieron hasta hace 6.000 o 10.000 años, y su origen se encuentra en una alteración genética, una anomalía. Independientemente de su color, las pupilas se generan por la información que porta el gen PAX6. Y no solo ellas, sino las diferentes capas de los ojos, desde la córnea al cristalino. Lo verdaderamente sorprendente de este gen es que lo portan absolutamente todos los animales, desde los insectos hasta los grandes mamíferos marinos.

Por otra parte, los recién nacidos pueden nacer con lo que se conoce como ADN mitocondrial. Esto significa que su herencia genética proviene exclusivamente de la madre. Pero aproximadamente el 8% del ADN proviene de virus que, en algún momento, hicieron su labor en el cuerpo de nuestros ancestros. En cualquier caso no es algo que deba provocar alarma, ya que generalmente estos virus que pasan al genoma del recién nacido tienen ya desactivados sus aspectos más peligrosos.

Los genes, tantos y tan múltiples en sus variaciones. Algunos de ellos demuestran que no todo es blanco o negro en el mundo de la genética. Un ejemplo es el del gen MAO-A (monoamino oxidasa A), especialmente combativo con la serotonina, esa sustancia química que nos hace sentir bien. Dicho gen, como demostró el profesor de química psiquiátrica Jari Tihonen en 2014, tras analizar los genes y comportamiento de 800 reclusos, nos hace más propensos a la violencia. Para nuestra tranquilidad, muchos de nosotros portamos dicho gen pero en su versión de baja actividad.

Otro gen, el FTO, con el que cuenta aproximadamente la mitad de la población mundial, provoca un 20% de probabilidades de ser obeso. Si este gen se tiene por duplicado, madre y padre de por medio, las probabilidades alcanzan el 50%.

Aunque la genialidad creativa no venga determinada por los genes, tenemos la fortuna de seguir heredando la capacidad de conocer los numerosos avances científicos que nos permiten ahondar en algo tan fascinante como nuestro propio árbol genealógico, sin olvidar que forma parte de otro más amplio y complejo: el de la humanidad.

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