¿Qué son las especies sombrilla?
Las especies que están salvando los ecosistemas
Numerosas especies invasoras están provocando serios perjuicios a la biodiversidad planetaria. Pero existen especies que protegen dicha riqueza y, por tanto, también nuestro propio desarrollo como especie.
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Cada día estamos más concienciados del problema que suponen, para la biodiversidad y para nuestro propio desarrollo económico, las especies invasoras. Lejos de su hábitat natural, estas especies modifican los nuevos ecosistemas en que se ven introducidas llegando a generar daños irreparables en las especies nativas e incluso en los modelos agrícolas de la zona.
Pero hay otras especies que, en contraposición, son de gran ayuda para proteger los territorios que habitan de la degradación medioambiental. Especies que suponen una protección natural de la biodiversidad global.
Es bien sabida la importancia de los insectos polinizadores, especialmente las abejas, para mantener el equilibrio de los ecosistemas. Además, dependemos de ella en gran medida para asegurar nuestra alimentación. Se calcula que el 35% de la producción agrícola mundial depende de las abejas y otros insectos polinizadores. Y además de insectos como abejas y mariposas, nuestro entorno medioambiental cuenta con otros polinizadores como los colibríes y los murciélagos. Estos últimos, además, ayudan a controlar las poblaciones de insectos que amenazan, convertidos en plaga, los cultivos de nuestro planeta.
De capital importancia también para nuestro entorno medioambiental son la gran variedad de hongos sin los que la vida en nuestro planeta quedaría definitivamente detenida. Los hongos juegan un papel de suma importancia en el ciclo ecosistémico al aprovechar la materia en descomposición de los suelos para retornar nutrientes de los que se alimentan las plantas que comerán animales herbívoros que, a su vez, servirán de sustento a los carnívoros. Pocos casos más evidentes de aplicación del concepto de economía circular al entorno natural.
El 35% de la producción agrícola mundial depende de las abejas y otros insectos polinizadores
Pero, más allá, de estas especies que ejercen de imprescindibles defensores de nuestro entorno natural, existen especies animales cuya subsistencia es vital para la conservación de los ecosistemas en que viven. Son las denominadas «especies sombrilla». El concepto lo acuñó, en 1984, el biólogo estadounidense Bruce A. Wilcox, considerado por muchos estudiosos como padre de la biología de la conservación. Los condicionantes que Wilcox estableció para considerar una especie como sombrilla son los de que habite en territorios lo suficientemente grandes como para dar cabida a otras especies y que ocupe un lugar de importancia en la cadena alimenticia.
Una de estas «especies sombrilla» es el mamífero terrestre más grande de nuestro planeta. Los elefantes africanos desarrollan una labor de ingeniería medioambiental sorprendente. Cuando se alimentan despejan amplias áreas de bosques densos, permitiendo el crecimiento de pastizales de los que se alimentan otros animales. Además, logran cavar profundos huecos para llegar a las aguas subterráneas de las que no solo se abastecen ellos sino también un elevado número de animales que habitan el mismo entorno. Por último, dispersan semillas por amplios territorios a través de sus heces, que también sirven de alimento para muchos insectos.
Las ballenas producen un excremento altamente rico en hierro que estimula el crecimiento del fitoplancton
El otro mamífero más grande del planeta, pero en este caso en el medio marino, la ballena azul, también se erige como fertilizadora imprescindible de nuestros océanos. Las hasta 6 toneladas de kril que consume diariamente cada ejemplar de ballena azul, producen un excremento altamente rico en hierro que estimula el crecimiento del fitoplancton. Este, compuesto por diminutos organismos similares a las plantas, es esencial en el ciclo del carbono, ya que captura CO2 en su proceso de fotosíntesis y libera oxígeno. Muchos científicos consideran el fitoplancton como los pulmones naturales de nuestro planeta, y sin la labor fertilizante de la ballena azul su existencia correría un grave peligro.
Los cielos de algunas zonas montañosas de nuestro planeta también cuentan con una imprescindible especie «sombrilla». Nos referimos al águila real, un depredador que controla como pocos las poblaciones de medianos y pequeños animales que, en caso de crecimiento incontrolado, acabarían con la vegetación de los territorios que habitan. Además, llegado el invierno, estas regias aves conectan nutrientes entre ecosistemas terrestres y acuáticos al alimentarse de animales muertos en las riberas de los ríos.
El lobo gris, también depredador, es fundamental a la hora de mantener los ecosistemas de amplios territorios europeos y norteamericanos. Su técnica de caza en manada facilita la disminución de ejemplares de ciervos o alces, que de seguir aumentando su número impedirían el crecimiento de alimentación vegetal básica para otras especies.
Uno de los ecosistemas más frágiles de nuestro planeta también cuenta con una depredadora «sombrilla» imprescindible para su conservación. El oso ártico, cuando se alimenta de focas marinas, está controlando también su crecimiento poblacional y, de este modo, regulando cadenas alimentarias marinas. Además, cuando mueren sirven de alimento a aves carroñeras, lobos árticos y otras especies ayudando a mantener el ciclo vital de los territorios árticos.
La biodiversidad mundial depende de las acciones que los humanos llevemos a cabo para proteger a estas y otras muchas especies sin cuya existencia quebrarían los ecosistemas y, por tanto, nuestra propia subsistencia.
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