ENTREVISTAS

«La palabra maldita para nuestra vida política es el sorpaso»

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Patricia J. Garcinuño
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16
Sep
2019
pepa bueno

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Patricia J. Garcinuño

La voz de Pepa Bueno (Badajoz, 1964) ha llenado las mañanas de más de dos millones de españoles. Tras siete años al mando del programa ‘Hoy por hoy’ en la Cadena Ser, la presentadora toma el timón de la noche en ‘Hora 25’. Ya vivió un cambio equiparable cuando saltó de los platós de televisión –TVE fue su casa durante veinte años– a los estudios de radio. Le ilusiona esta nueva etapa. «Quitarle la hojarasca a la actualidad del día», dice, será sin duda una bonita tarea.

Leía en El País tu reflexión acerca de esa «confianza un poco naíf, producto de vivir en una España en la que todo parecía posible», que te impide tener una visión apocalíptica del presente y el futuro. Sin embargo, esas visiones destructivas ganan terreno en la era de la posverdad. Algo en lo que hemos tenido mucho que ver los medios de comunicación. ¿Debemos repensar nuestro papel como agentes de transformación social en un mundo cada vez más polarizado?

Creo que tenemos que repensarlo todo. Si bien me da mucho miedo que me cuelguen etiquetas o funciones ajenas a la tarea de contar con honestidad lo que pasa. «Agentes de transformación social», «creadores de opinión»… Claro que lo somos. Pero no solo los medios de comunicación convencionales. Está claro que la transformación social y la opinión se crean en muchos márgenes del carril por el que circula la información formal. Creo que tenemos que repensar la manera en la que tratamos la información, huir del periodismo declarativo en el que hemos vuelto a caer de forma increíble. Es hojarasca, no aporta nada ni a la calidad de la democracia, ni a los ciudadanos a la hora de informarse ni a la conformación de opinión pública. Esto ha coincidido con una época de mucha depauperación de las redacciones por las crisis económica, que nos ha afectado de manera brutal, y hacer periodismo declarativo y opinativo es muy barato. El periodismo que exige estar en el terreno, contrastar distintos puntos de vista, encargar a un redactor que se vaya una semana a recorrer la España vacía, cuesta dinero. Y en esa depauperación, hemos perdido hábitos periodísticos. Cuando apareció el fact checking como moda, pensé: yo llevo toda la vida haciendo fact checking. Lo primero que he hecho siempre es llegar a la redacción y comprobar lo que me habían contado. Hemos convertido en algo extraordinario lo que es la esencia de nuestro trabajo. ¿Qué hacemos cuando no hacemos fact checking? ¿Reproducir como notarios? Yo no soy notaria; sería más rica y viviría mejor [ríe].

Uno de cada tres españoles evita consumir noticias con cierta frecuencia. De ellos, el 37% lo hace porque afecta a su estado de ánimo y el 32% porque siente que no puede hacer nada por solucionar los problemas, según el Digital News Report 2019 del Instituto Reuters, que en España elabora la Universidad de Navarra. ¿Qué está ocurriendo para que se produzca esa fatiga informativa?

Hay cierto determinismo apocalíptico en los mensajes que reproducimos los medios. Como si la vuelta del nacionalismo y el autoritarismo fueran un fenómeno meteorológico inevitable y no pudiéramos hacer nada. Eso no es verdad y, además, genera impotencia en los ciudadanos. Hay una tentación regresiva debido a lo desconocido, al miedo a la transformación digital, ante un mundo que se está construyendo y que no entendemos, y la reacción es encerrarse cada cual en su cuevita. Pero, de la misma manera que se están produciendo regresiones en derechos civiles y la vuelta de tentaciones autoritarias, se está dando una respuesta de la sociedad civil muy importante. La vitalidad del movimiento ecologista o del feminista tiene que ver con eso. Una reacción de la sociedad civil que dice: construyamos juntos este nuevo mundo, creemos la arquitectura legal y civil de un mundo digital y hagámoslo bajo reglas de convivencia. Ahora mismo es el salvaje Oeste. Y vuelvo a lo anterior: claro que los medios tenemos una responsabilidad social, pero hasta ahí. Yo no quiero que me pidan más cuenta de la que estoy dispuesta a dar. Somos periodistas, la transformación del mundo le corresponde a lo político y lo social en su conjunto. Los periodistas somos instrumentos para que los ciudadanos puedan ejercer el derecho a la información, que no es nuestro, sino de ellos. Hacemos mucha autocrítica con la profesión, pero no desde el punto de vista material, que siempre se nos olvida. La madre de todas las independencias es la económica. Si tienes un periodista mal pagado, estás atacando la independencia informativa, porque es susceptible de aceptar cualquier otro empleo que le genere intereses y que compense unos sueldos de miseria. Está muy bien que nos fustiguemos, pero esto es una profesión, no un sacerdocio. Ahora toca volver a remunerar dignamente el trabajo profesional y reivindicar el oficio. En Los papeles del Pentágono, se ve muy bien cómo, en aquel momento, el periodismo tenía crédito social, prestigio, épica, y te permitía tener una vida digna. Ahora, a los jóvenes periodistas que llegan a nuestras redacciones les seguimos exigiendo el mismo nivel de implicación, pero no les ofrecemos ninguna de esas compensaciones: ni crédito social, ni prestigio, ni una vida digna ni mucho menos épica. Las compensaciones históricas que tenía un oficio como este han desaparecido. Todo en aras de que «es la profesión más bonita del mundo». Yo soy una privilegiada, he tenido mucha suerte, pero he visto a gente con mucho talento que se ha perdido por el camino.

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Negar que la Tierra es esférica es, posiblemente, el ejemplo más delirante de un fenómeno innegable: el de recelar de cualquier dato, aunque esté avalado por la comunidad científica. El periodista David Alandete explica en su último libro Fake news: la nueva arma de destrucción masiva cómo las noticias falsas y los hechos alternativos pueden desestabilizar las democracias. Véanse sus efectos reales en las elecciones en Estados Unidos e Italia o en el referéndum de salida del Reino Unido de la UE. ¿Qué nos ha llevado a este estado de escepticismo y sinrazón permanente?

«Sería inteligente apostar por quienes tienden puentes y no por quienes dinamitan los pocos que hay»

Lo primero es que en 2008 se quiebra el pacto social a raíz de la crisis –financiera, luego económica y luego política–. El pacto social se había instalado después de la Segunda Guerra Mundial en los países desarrollados y consistía en que, a cuenta de mi trabajo, tú te haces rico, pero yo progreso. Ahora, tú te haces mucho más rico y yo no solo no progreso, sino que mis hijos van a vivir mucho peor que yo. Es una fractura mucho más grave que una reforma de la Constitución, porque toca la médula del pacto de la democracia liberal. Tras la ruptura de ese pacto, es cuando llega la desesperanza en que se pueda reanudar, porque al principio nos contaron que era una curva y luego volvíamos al origen, pero la gente descubrió que la curva era un valle: nos traían aquí. La desconfianza lleva a dudar de todo, hasta del dato, que es lo más objetivable. En muchos países occidentales no ha habido grandes pérdidas materiales pero sí de expectativas. El progreso ha dejado de existir para las clases medias; lo están comprobando en sus hijos. Eso ha ocurrido en paralelo a la digitalización, la creación de las burbujas ideológicas, las zonas de confort en las que te dicen lo que quieres oír. El milagro es que todavía no estemos peor políticamente.

Cataluña no se libra de esas arenas movedizas. Xavier Vidal Folch y José Ignacio Torreblanca ya hicieron un escrupuloso análisis en 2017 desmontando los mitos y falsedades difundidos del independentismo, desde la supuesta hostilidad de la Constitución hacia Cataluña hasta el «España nos roba». ¿Qué salidas ves a la crisis catalana?

Si lo supiera, sería presidenta del Gobierno. Creo que tiene muy mal arreglo. Hemos llegado a un grado de fractura que trasciende lo político, la crisis constitucional: hay una fractura social y emocional evidente entre una parte de Cataluña y el resto de España. Escapa tanto de la racionalidad que creo que generacionalmente nos va a costar tiempo. Mientras tanto, habría que encontrar la fórmula orteguiana de conllevarse. Buscar fórmulas que no humillen a nadie. El crecimiento de la extrema derecha en España tiene que ver, sin ninguna duda, con la crisis catalana. Sería inteligente apostar por quienes tienden puentes y no por quienes dinamitan los pocos que hay.

¿Seremos capaces de pinchar esas «burbujas ideológicas» de las que hablas? En el momento en que se hace esta entrevista, aún no hemos sido capaces de formar un Gobierno en España. Se publicará en septiembre. ¿Cuál esperas que sea el escenario entonces?

Quiero pensar que vuelvo de vacaciones con Gobierno y no con una campaña electoral. Creo que los líderes no han aprendido a manejar la fragmentación. La sociedad sí, distingue perfectamente el voto. Los ciudadanos votan una cosa para las europeas, otra para las estatales, otra para su Comunidad y otra para su Ayuntamiento. El voto de los españoles, si analizas bien cómo se ha producido al coincidir tantas elecciones juntas, es un voto de madurez, no un voto ideológico cerrado de «yo solo voto a mi partido». La sociedad española hace mucho que no quiere mayorías absolutas y lo ha dicho reiteradamente en las cuatro elecciones que ha habido. Pero no tenemos líderes que sean capaces de manejar esa realidad de la proporción y articular un Gobierno, en parte porque la gran mayoría tiene la herencia de aspirar al sorpaso. Esa es la palabra maldita para nuestra vida política. Porque los nuevos partidos han aspirado a comerse a los viejos y los viejos a aplastar a los nuevos, no a convivir. Así, ¿cómo van a pactar? Hay quienes, desde sectores económicos e intelectuales, llevan años esperando a un Churchill, un líder con una grandeza patriótica que no piense en su partido o en su propia supervivencia personal y haga grandes sacrificios que permitan al país desatascarse. Pero parece que ese Churchill no va a venir… Si lo hace, podría llamarse Alexandria…

A propósito de Alexandria [Ocasio-Cortez] y su Green New Deal, parece que, en España, la guerra política también está impidiendo ciertos consensos en relación a la lucha contra el cambio climático y la contaminación. Nos encontramos en plena Gran Vía madrileña, postal casi icónica de Madrid Central, una medida que ha tirado por la borda el nuevo ejecutivo de la capital. Europa nos mira con asombro, y con una multa bajo el brazo si no logramos bajar los niveles de emisiones.

«Los negacionistas del cambio climático tienen los días contados»

Se lo pueden cargar, pero tendrán que presentar otro plan que se llamará Madrid lo-que-sea. Tendrán que poner un límite de emisiones que impida que todos los españoles paguemos un multazo a Bruselas. Restringir el tráfico en las grandes urbes ya no es opcional. Hay fenómenos como la crisis climática que no van a ser opinables en muy poco tiempo, que se imponen por la fuerza de los hechos. Los negacionistas del cambio climático tienen los días contados y tendrán que correr mucho para ponerse al día.

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Volviendo a España, ¿qué tiene que ocurrir en nuestro país para lograr ciertos consensos sobre derechos civiles o sobre salud pública sin caer en la política de trincheras?

La peor herencia que nos puede dejar esta época de aprendizaje de la fragmentación es asumir que un cambio de Gobierno rompe consensos sobre asuntos que tengan que ver con la salud pública o con la seguridad, como la crisis climática o los derechos civiles. Estamos en el momento más delicado, porque se han producido relevos muy drásticos y se ha incorporado la extrema derecha al debate y a la gestión. Esto le va a corresponder a los partidos de la derecha clásica, Ciudadanos y PP. Si un cambio de Gobierno se lleva por delante esos asuntos, estamos hablando de algo muy grave que toca el pacto de convivencia. Más allá del tacticismo, del postureo, del me-hago-una-foto-quitando-una-jardinera –una foto que va a perseguir a esos políticos el resto de su vida, retirando ese peligroso artefacto para el progreso– o de usar la bandera de España como un instrumento de activismo, más allá de todo eso, este país tiene un nombre, se llama España, hablamos un idioma de cara al mundo, el español, y tenemos unos símbolos compartidos, la bandera o el himno, que la izquierda se ha dejado arrebatar por la derecha. Me parece una irresponsabilidad histórica para buena parte de su electorado.

«Europa sigue siendo una muralla, pero no hay muralla suficiente que pueda contener el derecho a la movilidad del ser humano»

Parece que la extrema derecha ha llegado a los parlamentos occidentales para quedarse. Finlandia es el último ejemplo. ¿Vive Europa un momento de involución?

Sí, es evidente. Empezó con el austericidio. Europa era un proyecto de compartir las penas y las alegrías. Cuando llega la crisis y se impone la tesis alemana de no mutualizar la deuda pero sí imponer las restricciones cuando los países no tenían una moneda para jugar, porque la moneda era única, pues ahí empieza la involución europea, el desapego de los europeístas del sur, que éramos los más europeístas de todos, porque veníamos de dictaduras y Europa significaba libertad y democracia. Dijimos: oiga, tenemos una moneda común precisamente para situaciones como esta, y usted se niega a compartir mi desastre. Los partidos populistas, todas las modalidades de ultras que hay ahora en Europa, tenían en común el antieuropeísmo o, como mínimo, el escepticismo. Pero en este último año ha habido una modulación del discurso. Vox es un buen ejemplo. O el italexit, que hace un año estaba en todas partes y ahora ha desaparecido. Ya no van explícitamente contra Europa: quieren hacerse con los mandos europeos y dinamitarla desde dentro. El objetivo es destruir Europa como proyecto, Europa como un invitado incómodo, el invitado con unos estándares de sostenibilidad, de igualdad y de derechos laborales. Los ultras y los populistas ahora hablan más de Europa, pero no piensan en la misma Europa en la que pienso yo.

El rasgo común que sí mantienen y comparten estos partidos es el de utilizar al inmigrante como chivo expiatorio. Mientras, el contador de muertos en el Mediterráneo no deja de aumentar. Cerca de 18.500 desde 2014, una media de diez vidas ahogadas cada día. ¿Puede seguir Europa dando la espalda a esta crisis humanitaria?

La misma Merkel del austericidio fue la única líder europea que entendió el drama migratorio en 2016. Es una mujer con muchas aristas. No hay mucha esperanza de que haya una política migratoria común, pese a que es una necesidad evidente de sociedades muy envejecidas, como la europea. Europa sigue siendo una muralla, pero no hay muralla suficiente que pueda contener el derecho a la movilidad del ser humano. Eso está en la historia: el ser humano se mueve para progresar independientemente de dónde esté. Luego está el crecimiento de la desigualdad, la guerra… Eso va a seguir existiendo y ellos van a seguir viniendo. Esta crisis va para largo. El inmigrante como chivo expiatorio agita el miedo, que es un motor más poderoso que la euforia. Lo dijo Alan Greenspan, expresidente de la Reserva Federal estadounidense, en plena crisis, cuando estábamos más asustados todos. Qué bien lo explicaba.

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