ENTREVISTAS

«El drama espiritual de la sociedad española es que ha renunciado a su pasado»

Ilustración

Valeria Cafagna
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22
Ene
2021
Pablo D'Ors

Ilustración

Valeria Cafagna

Desde que revolucionó a media España con su ​’Biografía del Silencio’,​ la palabra del sacerdote y escritor Pablo D’Ors no ha cesado de aparecer en la esfera pública a través de los medios de comunicación y múltiples foros. Tiene fama de católico heterodoxo por haber jugueteado con técnicas de contemplación no estrictamente cristianas, pero él argumenta su fidelidad a la esencia del cristianismo que comparte a través de su Asociación Amigos del Desierto. Lleva los últimos cuatro años escribiendo su próxima obra, ​’Biografía de la luz’,​ que es la continuación de ‘​Biografía del Silencio’ y para la que se ha estado preparando toda la vida, como nos confiesa en esta entrevista. Sus palabras evocan luz, especialmente tras la oscuridad del 2020.


En un mar de conversaciones privadas todos nos confesamos estar preocupados con la situación actual tanto por el impacto del coronavirus en la economía y la sociedad, como por el devenir de nuestra política. Me interesa más que me cuentes, no tu preocupación, sino cómo vives tú la esperanza en la España del 2021.

La esperanza es una virtud, nada que ver, por tanto, con el mero optimismo, que es algo temperamental, o con el empeño por una visión positiva. Se puede ser, por ejemplo, pesimista y esperanzado, como es mi caso. La esperanza debería ser casi una obligación moral en estos tiempos de pandemia que nos están tocando. El asunto es dónde fundamentarla. Si las circunstancias son adversas, y lo son –quizá siempre lo han sido–, entonces es que hemos de fundarnos en algo que vaya más allá de lo contingente: en el ser, cabría decir, en la fe, diríamos los creyentes. Por supuesto que ante la covid-19 hay un trabajo pragmático y resolutivo que hacer (atender a los enfermos, prevenir los contagios, invertir en investigación…); pero eso no es ni mucho menos todo. Lo sustancial es mirar a la pandemia a los ojos y mantener ahí la mirada. Esta oscuridad hemos de atravesarla para llegar al otro lado, donde se esconde y nos espera la luz. No estoy hablando de nada esotérico, sino de la necesidad de contemplar. La contemplación tiene su lugar ante esta situación que nos ha tocado vivir, no sólo el pensamiento y la acción. Es ahí donde yo cifro mi esperanza y donde sé positivamente que la podremos encontrar.

El posmodernismo nos trajo un relativismo moral y parece que ahora la posverdad nos trae un nuevo relativismo donde ya no sabemos qué es verdad y qué es mentira. Y lo peor, no parece que nos importe. 

Es el tema al que dedicó su pontificado Benedicto XVI. En un mundo donde nada es blanco ni negro, sino que su color depende de las voluntades inciertas de la ciudadanía –así como de la frágil consistencia de sus gobiernos–, y en un sitio así el terreno es muy resbaladizo. Prácticamente aguas pantanosas. Pero el río no es sólo agua que fluye y cambia, sino también las rocas que están debajo y que permanecen y dan solidez. Una sociedad líquida como la nuestra es el contrapunto, probablemente necesario, pero insuficiente, a otra, del pasado, donde todo estaba demasiado establecido y solidificado, con pocas ventanas a la novedad.

La verdad es la vida, y a todos nos gusta la vida, eso es algo que va con el ser humano. La verdad no es simple adecuación de la mente con la realidad, esa es una visión muy chata, penosamente intelectualista. La verdad no es una posesión, sino el regalo de un diálogo regido por el amor. Conversamos para buscar la verdad. Ceder al relativismo es haber claudicado en la pasión de esa búsqueda. La ambigüedad moral o ambivalencia ética de muchos de nuestros contemporáneos es una derrota del pensamiento. Lo que pasa es que no nos gusta que nos digan que nos hemos estado mintiendo, que nos hemos acomodado en la mentira. Y hacemos constructos increíbles para justificar nuestra lamentable situación.

«En tiempos de pandemia, la esperanza debería ser casi una obligación moral»

La búsqueda de la verdad ¿debería ser una cruzada privada o pública? Lo digo porque mi amigo Diego S. Garrocho inició en el diario El Mundo un debate sobre la ausencia de intelectuales cristianos en el debate público, al que le siguieron respuestas de mi otro amigo Ricardo Calleja y de Quintana Paz. 

Es cierto que en el cristianismo han desaparecido los intelectuales, o acaso están callados y encerrados en sus despachos. Tampoco hay de qué extrañarse. Cuando la fe está viva, es necesariamente creativa; y entre las muchas cosas que crea está la teología, el pensamiento alentado por la fe. Eso hoy apenas existe y las razones son muchas. Hay, desde luego, una razón externa a la iglesia, de carácter social. Lo cristiano es hoy políticamente incorrecto. Daré un ejemplo. Tras haber sido preguntado qué escribían bajo mi nombre en la cartela, de cara a presentarme ante un auditorio, y haber respondido yo que escritor y sacerdote, pues esa es mi doble condición profesional, en más de una ocasión me he encontrado que la palabra sacerdote había sido censurada, quedando sólo la de escritor. Un hombre como yo, sacerdote, es un elemento anacrónico, prácticamente exótico, en este tiempo nuestro. ¡No saben qué hacer conmigo! Es divertido, pero también triste. Y, desde luego, muy revelador. Es difícil que la Iglesia piense cuando tiene el mundo en contra. Está más preocupada por sobrevivir. La razón interna, de índole más estrictamente eclesial, es que la teología no ha sido entendida fundamentalmente como cultura, sino como doctrina. Se ha quedado en la justificación racional del Credo, no ha lanzado puentes al arte o al pensamiento espiritual, desde horizontes menos domésticos. La teología se ha convertido por eso en algo muy aburrido, sin oxígeno. Tras cinco años dando clases en distintos centros universitarios yo, por mi parte, decidí dejarlo y centrarme en la creación literaria y en el cuidado pastoral, que me parecían campos mucho más útiles y fecundos. Claro que nosotros podremos renunciar a la verdad, pero la verdad, por fortuna, nunca renuncia a nosotros.

La verdad que el ideal del amor cristiano cobra ahora más pertinencia que nunca en un contexto de polarización, donde parece que las redes sociales nos devuelven a un nuevo Leviatán, a un nuevo estado de la naturaleza. ¿Por qué crees que somos incapaces de incorporarlo a la vida pública?

El drama espiritual de la sociedad española, y de la europea más en general, es que ha renunciado a su pasado, se ha desidentificado de él. Pero entender Europa sin la raíz judeocristiana es poco menos que imposible. Si no sabes quiénes son tus padres, estás perdido. No tienes una raíz desde la que entenderte. No puedes crecer sin raíz. Tu crecimiento estará siempre amenazado. No se trata de volver a lo de antes, es natural, no estoy abogando por eso. Debe haber una renovación de la tradición. Hemos de reformular nuestro pasado cultural, cristiano para más señas, conforme a nuestro lenguaje y sensibilidad. Todo mi esfuerzo pastoral se cifra en eso. No es necesario emigrar espiritualmente; aquí, en casa, tenemos los recursos suficientes y más que suficientes para hacer la aventura interior.

Las redes sociales fomentan la necesaria horizontalidad a la hora de construir una sociedad, pero nos dejan sin la también necesaria verticalidad. Sin hondura, sin profundidad. Detrás de la superficie hoy sólo hay más superficie. Somos constructores de grandes superficies. Esta misma entrevista, más allá de que sea yo quien la esté respondiendo, ¿cuántos se tomarán la molestia de leerla de principio a fin? ¿Cuántos, en cambio, se conformarán con leer los titulares y echar un vistazo a las fotos? No es posible amar y quedarse en la superficie. El amor es una experiencia profunda, toca fibras íntimas, obliga a mirar al otro y a mirarse a uno mismo, a mantener la mirada. Hoy no sabemos amar porque no mantenemos la mirada. Pasamos de una cosa a la otra, víctimas de una avidez estructural. Por eso el amor cristiano y el amor en general -si es que realmente son cosas tan distintas, lo que dudo- es hoy la necesidad primordial y la propuesta más provocadora y contracultural.

«Plantear la muerte como una elección personal es tanto como considerar la vida como una propiedad»

Escribí hace un año en Ethic sobre la necesidad de una revolución espiritual para el futuro de la democracia

Yo me conformaría con una reforma, como he apuntado más arriba. No creo que necesitemos un punto y aparte –eso es la revolución–, sino un punto y seguido. La casa del espíritu ha sido en Europa, hasta al menos la Modernidad, la religión. Luego esa casa ha sido ocupada por el arte, quedando la religión cada vez más orillada, y ello hasta el punto que llegó a postularse su desaparición. La religión en Europa es decadente, para eso no hace falta que echemos un vistazo a las estadísticas, pero podemos hacerlo, es muy instructivo. El arte, por otro lado, está demasiado lleno de egos como para poder alimentar el alma verdaderamente. ¿Qué libros nos impulsan a ser mejores personas, por ejemplo? Esta pregunta desmonta la presunta espiritualidad de la literatura, o al menos de buena parte de ella. La finalidad de la espiritualidad es la armonía personal y la paz social. Si una espiritualidad no conduce a la compasión no es verdadera espiritualidad, sino simple aristocracia interior. No confundamos las cosas. La espiritualidad supone dos virtudes que no sé si el europeo medio está en condiciones de ofrecer: la constancia y la humildad. Somos inconstantes, cambiamos de todo a cada rato. Sin perseverancia, ningún cambio profundo –léase espiritual– puede operarse. Y por lo que se refiere a la humildad, ¿quién está dispuesto, ya de adulto, a fiarse de un maestro, a seguir fielmente una propuesta, a no dinamitarla con la sospecha y el raciocinio? Mientras no queramos ser discípulos, la idea de una espiritualidad no pasará de ser eso, una idea, una mera utopía, un sueño del que despertaremos para encontrarnos las manos vacías.

Pablo D'Ors

Pablo D’Ors, en una entrevista para Ethic en 2015.

El historiador Niall Ferguson dijo en una entrevista reciente que debería preocuparnos más una guerra religiosa que una posible III Guerra Mundial. ¿Tiene sentido?

El fanatismo es la caricatura de la religión, su extremo más patético y peligroso. Crecen los fanatismos, en todas las religiones, también en la cristiana. Ser fanático significa haber renunciado al diálogo entre el mundo y Dios, haber optado por Dios –por un falso Dios, naturalmente– y haber abandonado el mundo. El fanatismo está en un extremo y el secularismo (la abolición de la espiritualidad) en el otro. ¿Por qué hemos llegado a estos extremos? ¿Cabe recuperar una vía media, sensata y equilibrada, que nos proteja de la devastación de estos extremos espiritualistas y/o materialistas? Para mí, sí. Para mí la respuesta es la cultura. La religión es cultura. La religión es la cultura de la espiritualidad, la poética de la mística. No se trata de sancionar lo que hubo, repito, nada de miradas nostálgicas. Se trata de in-habitarlo de nuevo. Se trata de comprender que la religión le da al arte un horizonte de sentido infinitamente más amplio y hermoso que el que pueda tener un artista en particular, por genial que pueda ser.

Haber pasado –estar pasando– por la postmodernidad nos puede permitir un acceso a la religión enormemente fecundo, porque ya no la vamos a absolutizar, ya no la vamos a convertir en un ídolo. Podremos no ser confesionalmente cristianos, no estoy hablando de eso, pero sí culturalmente cristianos. Sé que decir todo esto es como predicar en el desierto, pero siento que es el papel que me ha tocado. Y lo hago con la esperanza en que tal vez dentro de algunas décadas algo de todo esto pueda empezar a implementarse. Confío en que no sea demasiado tarde. Que no nos pase como a China, donde han arramblado con su pasado hasta tal punto que ese pasado es ya, sencillamente, irrecuperable.

«Nosotros podremos renunciar a la verdad, pero la verdad, por fortuna, nunca renuncia a nosotros»

Algunos dicen que el siglo XXI será el de las mujeres. ¿cuál es tu juicio sobre el papel de la mujer en la vida pública?

Es probable, pero no lo sé. Recuerdo que hace unos 6 o 7 años, haciendo guardia nocturna en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid, del que era capellán, descubrí, conversando con una doctora, que del personal de guardia de aquella noche solamente había tres varones, siendo el resto mujeres. Dónde están los hombres, más allá de viendo el partido, es hoy un gran misterio. La sanidad está colonizada por las mujeres, ya lo he dicho; la enseñanza no digamos. Pero también el arte, la administración, la política cada vez más, la ciencia…

Las entiendo, pero no soy partidario de las cuotas. Si fuera mujer, me sentiría ofendido si me dieran un puesto laboral por esta razón, que entiendo que quiere injustamente poner justicia allí donde no la ha habido. La imprescindible igualdad entre el hombre y la mujer no significa para mí igualitarismo, es obvio. No es lo mismo ser hombre que ser mujer, ambas son maneras de ser persona. La diferencia no es una amenaza a la unidad, sino su verdadera condición de posibilidad. Ahora bien, que las mujeres se masculinicen y los hombres se afeminen no me parece un buen plan, con franqueza. Las diferencias entre unos y otros no son sólo culturales, como algunos quieren hacernos creer, sino naturales. Creo que en este sentido nos queda un buen trecho por caminar. Entiendo que decir todo esto puede levantar sospechas, o al menos resquemores; pero, en verdad, no es por lo que digo, sino por la herida cultural del machismo, que nos ha dejado una penosa huella, y porque no parece alineado con el pensamiento dominante. Creo, en cualquier caso, en el papel de la mujer en la vida pública en su sentido más amplio y posible; pero creo también que lo ideal no sería tener que hablar de todo esto porque eso significaría que ya estaría conseguido.

¿Qué opinas de la ley recientemente aprobada para legalizar la eutanasia?

Llamar muerte digna a la eutanasia me sobrecoge. La dignidad para mí no tiene que ver con la muerte, sino con el amor. Mientras haya amor –así lo pienso–, por mucho dolor que haya, hay dignidad, hay sentido. En todo esto hay, naturalmente, muchos matices que poner. Plantear la muerte como una elección personal es tanto como considerar la vida como una propiedad. Mi vida no es mía, es del mundo. Mis decisiones afectan a los demás, no puedo decidir como si los demás no existieran. Detrás del planteamiento actual hay, en mi opinión, un individualismo atroz. Para mí el problema no es el dolor, sino el desamor. Lo malo del dolor no es el dolor en sí mismo, sino el aislamiento con que lo vivimos. Si superamos ese aislamiento, el dolor nos muestra una cara insospechada: es una puerta, un camino, una fuente de algo hermoso, necesario y profundamente humano. Pero comprendo que todo esto suena a música celestial. Es música celestial, pero lo terreno incluye lo celeste.

«Entender Europa sin la raíz judeocristiana es imposible: si no sabes quiénes son tus padres, estás perdido»

Cuéntame en qué estás ahora. ¿Alguna novela en mente?

Acabo de terminar un ensayo titulado ​Biografía de la luz,​ y que es la continuación natural –no estratégica– de la ​Biografía del silencio.​ El silencio es el terreno, pero la palabra es la semilla que cae en ese terreno. Y la palabra clarifica, ilumina. Necesitamos de la luz porque somos seres de luz. La oscuridad está ahí, es incuestionable. Pero una luz brilla en la oscuridad, es de eso de lo que hablo en estas más de 500 páginas. Estoy muy ilusionado con su publicación el próximo 11 de febrero. He trabajado intensamente en este libro los últimos cuatro años. Creo que es el libro para el que me he estado preparando toda la vida. Estoy nerviosillo pensando en cómo será acogido. Me he tomado un mes para descansar de la escritura, pero a comienzos del año próximo [esta entrevista se realiza en diciembre de 2020] volveré a ello, esta vez nuevamente con la ficción, que he echado mucho de menos en estos últimos años. Después de doce libros publicados, lo que me parece alucinante es que siga teniendo ganas de escribir. Soy incorregible, tengo la literatura en las venas.

¿Qué te gusta más de verdad, la contemplación o la acción?

Nunca me lo habían planteado así, como una cuestión de gustos. Nos han educado para hacer, no para ser. A ser se aprende no haciendo, es decir, quitándonos de en medio, perdiendo el protagonismo. En la acción, como en el pensamiento, hay necesariamente algo auto-afirmativo. Por eso nos sentimos bien actuando y pensando, porque el ego se refuerza. La contemplación, en cambio, el silencio, es necesaria y estructuralmente humilde. Yo no puedo, por ejemplo, enorgullecerme de mi modo de callar. No puedo decir que me callo mejor que tú. La palabra crea en el mejor de los casos afinidad intelectual o sentimental. El silencio, en cambio, crea algo más profundo: comunión espiritual, unión por encima de las diferencias, sean éstas del género que sean. Para mí es más fácil, como para casi todo el mundo, actuar que contemplar; pero las cosas me irían mucho mejor si actuara menos y contemplara más, también como a casi todo el mundo. Lo sano es ir de una cosa a otra, alternar, pero partiendo siempre del ser, del contemplar, porque de lo contrario nuestro hacer es dar palos de ciego. Los años nos van enseñando a hacer menos cosas, hasta que llega el momento en que ya no podemos hacer casi nada. La vida nos va enseñando a ser sin más. Cuando lo conseguimos es cuando estamos preparados para ingresar en ese Ser con mayúsculas que los creyentes llamamos Dios.

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