ENTREVISTAS

«Las democracias no parecen preparadas para afrontar la emergencia climática»

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Noemí del Val
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02
Mar
2020
Amelia Valcárcel

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Noemí del Val

Si tuviéramos que elegir un único adjetivo que la definiera, sería «inabarcable». El vasto conocimiento de Amelia Valcárcel (Madrid, 1950) se suma a su habilidad para reunir serenidad, contundencia y una finísima ironía en cada una de sus respuestas. La filósofa, escritora y una de las máximas exponentes del feminismo en España es también catedrática de Filosofía Moral y Política en la UNED, patrona del Museo del Prado y, desde 2006, la segunda mujer miembro del Consejo de Estado. Nos reunimos con ella en la cafetería del Círculo de Bellas Artes, en pleno corazón madrileño, entre esculturas, cuadros y frescos de principios del siglo XX.


Sostienes que la ética surge solo en determinados periodos históricos, como la Ilustración, cuando el relativismo amenaza. ¿Consideras que el momento actual, en el que rebrotan extremismos y nacionalismos, es uno de ellos?

El momento actual es un momento de globalización. Y esta vez de globalización verdadera, no de globalización parcial, como han sido todas las globalizaciones anteriores, incluso todas las llevadas a cabo en el siglo XIX, que asisten al momento en que comunicativamente el planeta se hace mas homogéneo. Primero, mediante las nuevas comunicaciones, por el ferrocarril, por la navegación a vapor y después por la señal de radio. Ese fue un momento global fortísimo, pero produjo cataclismos políticos. Por ejemplo, los fascismos. Los momentos fuertes de globalización no suelen ser pacíficos. La idea en que se estaba después de la Declaración del 48 es que llegaríamos a un momento global de derechos humanos universales por todo el mundo reconocidos, además de una extensión progresiva de la democracia. No está siendo así. Tenemos delante un auge de los populismos, pero naturalmente eso solo sucede en las democracias, y las democracias son minoría en el planeta. La mayor parte de sociedades parlamentarias son autocracias, por número de habitantes. China es la mayor de las autocracias. Y algunas son solo democracias de nombre, pero no lo son eficazmente porque no mantienen ninguno de sus valores. No sabemos si están sonando las trompetas del Apocalipsis, porque se suman muchas cosas: la emergencia climática es un desafío de primer orden para el que las democracias tampoco parecen especialmente prepara- das, y por el que las autocracias se desinteresan. Si quisiéramos ver el panorama oscuro tendríamos razones para ello, pero de la visión de panoramas oscuros generalmente no se consigue nada, entonces más vale que intentemos ver aquello que nos dé cierta esperanza.

En las últimas décadas se han producido un buen número de películas distópicas sobre el colapso ambiental. Obviando el lenguaje catastrofista, de ficción, estamos viendo cómo el mar «engulle» algunas islas del Pacífico por culpa del calentamiento global. ¿Son las distopías una expresión de los límites de lo posible?

Yo lo que he estudiado bien son las utopías. Las utopías del Renacimiento. Las distopías son una tradición que empieza en el siglo XX, y lo único que cabe decir de eso es que el siglo XX ha sido fecundo en distopías; por lo menos tenemos tres o cuatro importantes y bien reflejadas, que luego pasan al relato popular, por no decir al cine B, en forma de catastrofismo. Pero relacionarlo con la realidad más allá de eso… Conozco suficientemente bien períodos de tiempo donde un mundo estaba cerrándose –el Imperio romano, por ejemplo– y lo que sé es que, cada vez que una sociedad habla muy a menudo del fin del mundo, ese mundo está a punto de finalizar. No el mundo en general, sino ese mundo. La obsesión por el fin del mundo suele indicar que quien la posee se cree realmente ante un fuerte peligro.

Hablemos de realidades. Un dron se puede usar para intervenir en un desastre natural o como arma militar. ¿Qué debates éticos exige el avance tecnológico?

«La felicidad no se puede medir; el confort, sí»

El problema nunca es el instrumento, son nuestras intenciones. Uno de los grandes etólogos del siglo XX dijo que le daba pánico pensar que si el ser humano, ahora, viviendo en un lugar pequeño, donde la furia y la lucha son constantes, no cambia su estructura emocional, tiene una bomba en la mano. Todo se puede usar de una manera o de otra. El asunto es en parte emocional. Realmente, las emociones humanas básicas, aquellas que el sistema límbico maneja, son muy difíciles de cambiar. La ética lo ha intentado. Las religiones han intentado durante mucho tiempo provocar estados de conciencia que cambien las actitudes emocionales, pero siempre hay un riesgo. Excepto en algunos tramos, nuestra sociedad tiene una educación moral mejor que la que se ha tenido nunca. No tanto porque la gente sepa formulaciones, sino porque sabe cómo aguantarse, callarse o respetar. Respetar a quien no le da miedo; ya no confunden esos dos términos. Pero, aun así, estamos todavía lejos de ser seres angélicos. El nivel emocional es muy fuerte y el nivel racional tampoco llega tan allá. Ese es uno de los problemas fundamentales que tenemos con el desafío del clima. Cualquiera comprende racionalmente que hay que tomar decisiones rápidas y duras, pero nadie quiere enfrentarse a qué le dirán sus votantes. Por lo tanto, estamos en un impasse que tampoco cabe seguir alargando demasiado. No es como para ser optimistas…

Ante desafíos como el del clima, es imperioso acudir a la razón, esto es, a la ciencia y a los científicos. Pero ¿basta con las cifras? ¿Puede la ciencia, por sí sola, explicar realidades? ¿Dónde queda la filosofía?

La ciencia es un nombre demasiado global para un conjunto de saberes que en ocasiones es un conjunto disjunto. No hay una cosa llamada «la ciencia». Sí hay una cosa llamada «la filosofía», pero tampoco es homogénea. La ciencia tiene, sin embargo, características interesantes. Reúne el saber mejor que hemos logrado producir. Cualquiera que se dedique con demasiada fe a desmontar las verdades científicas no merece respeto. De momento, muchas de ellas son simplemente cumbres del pensamiento a las que se ha llegado, y eso es extraordinario. Que los animales hayan desaparecido de las calles –ya no hay caballos ni mulas tirando de los carros–, que ya no nos alumbremos con petróleo –la electricidad mueve absolutamente todo– o que tengamos una capacidad de comunicación absolutamente extraordinaria no habría sido posible sin eso que la gente llama «la ciencia». Luego, bienvenida la ciencia. El asunto es si le puedes encargar el futuro, y la respuesta es no. Esa llamada «la ciencia» es capaz de moverse muy bien persiguiendo objetivos limitados. Siempre habrá un científico que persiga un objetivo limitado que acabe siendo in- compatible con el del otro. ¿Cómo garantizamos la supervivencia de una humanidad que merezca tal nombre sobre este planeta hasta que el sol se apague? Nadie lo sabe. La religión siempre ha sido una excelente dadora de respuestas para eso: ¿qué hacemos aquí? Nuestros dioses tienen un plan. Ya está, no hay que preguntarse más.

Amelia Valcárcel

En los últimos 50 años, la esperanza de vida se ha alargado casi una década, dedicamos tres años más de nuestra existencia a educarnos y hemos avanzado indiscutiblemente en igualdad. Pero, a pesar de que las condiciones sean favorables, ¿somos más felices? ¿Qué es la felicidad?

Nadie puede saber si es más feliz que otro. ¿Era más feliz el tipo o la tipa que hizo los bisontes de Altamira o yo? ¡Y qué sabemos! La felicidad no se puede medir; lo que sí se puede medir es el confort. ¿Tenemos más confort? Cada uno de nosotros, incluso el que es bastante pobre, vive como un monarca en comparación con el siglo XVI en cuanto a su nivel de seguridad y confort. Eso es así. ¿Es confortable no tener miedo al día de mañana porque crees que el Estado te pagará algo con lo que puedas vivir? Pues parece que sí, mucho más que lo contrario. ¿Es confortable la existencia de una medicina que te cura en vez de darte caca de perro y decirte que es muy buena? Pues parece que también. En una vida como esta surgen, sin embargo, motivos de malestar que antes no existían. Claro: a la gente, antes de tener móvil, no le molestaba nada no tenerlo. Ahora quítale a alguien el móvil y ¡dios mío!, ¿dónde está su Aleph con el que se comunica con el mundo? Et in Arcadia ego. En el lugar más extraordinario que quepa pensar siempre habrá un motivo de malestar.

Pero pareciera existir la obligación social de ser felices. De ello se encarga la industria de la felicidad, ya sea encarnada en una taza o en un libro de autoayuda. ¿La felicidad, o su búsqueda, se ha convertido en obsesión?

Si te acercas a esa ventana [señala hacia la calle] podrás ver un cartel en una iglesia. ¡Tiene un tamaño gordísimo, se ve desde aquí! Ese cartel nada menos que dice: «Has sido creado para ser feliz». Nunca me había encontrado yo semejante acuerdo entre la religión católica y Epicuro; siempre había creído que eran doctrinas muy poco compatibles. Si la iglesia ha llegado a decir que has nacido para ser feliz, debe ser que algo ha cambiado en el ambiente. Yo creía que la vida, para la iglesia, era «este valle de lágrimas» y que eso se arreglaba en la vida que hay después, o sea, que la felicidad empieza después de la muerte, no antes. Pero vamos, el cartel está ahí, es estupendísimo. Yo creo que, si tienes humor, le sacas una foto.

Lo haré, descuida…

Una proclama epicúrea en un contexto religioso, que no la admitió nunca. Estas son las mezclas en las que vivimos. Para eso está la filosofía. La filosofía, solo cuando es buena, lee los signos de los tiempos. Y evidentemente, este es un signo de los tiempos bastante gordo. No me lo esperaba yo… Me he quedado muy sorprendida.

¿No genera esa, entre comillas, «obligación» a ser feliz, grandes frustraciones?

Bueno, pero eso es para la gente a la que lo que le gusta es frustrarse. Es decir, tampoco vamos a tomar al individuo que no quiere aprender a manejar su vida como la referencia indiscutible por la que tenemos que medir todo. Ya no estamos en el período romántico. Ser feliz a lo tonto no es elegante, pero pasarlo mal por gusto, tampoco. El problema es el de siempre: el manejo de la propia vida. Y ahí lo más fuerte son los imponderables. Pero yo creo que la gente, por lo común —me puedo equivocar—, suele hacer un manejo relativamente inteligente de su propia vida. Hay cosas que lo impiden. A las mujeres, por ejemplo, el amor. El amor les viene generalmente fatal. Es una cosa con la que se ponen mucho en riesgo y no suele ser un motivo de confort. Porque, mientras existe un diferencial de educación muy fuerte entre los dos sexos, cada uno no está buscando algo distinto a lo que cree que el otro tiene. Y el resultado suele ser extravagante.

Estamos viendo cómo, desde Chile hasta Nueva Delhi, pasando por Madrid, mujeres de todo el mundo salen a las calles coreando «Un violador en tu camino».

«El feminismo es un enorme educador moral»

Esto me ha sorprendido muchísimo, porque yo esperaba que esto llegara a Europa y en Europa tuviera su punto final. Pero que esto se haya hecho en India, me ha parecido extraordinario. Si se hiciera en China, ya sería la repanocha. Pero tengo muchas dudas, es una sociedad que desconocemos. En India tenían muy cerca el terrible caso de la joven veterinaria de 27 años asesinada por cuatro indeseables, y esos casos allí se producen con relativa facilidad. Pensemos también que es un lugar enorme. Tenemos el caso de esta mujer que es asesinada cuando va a declarar en un juicio por violación. India es un lugar inimaginable para haber nacido mujer. Excepto la ablación, hay todo lo que uno pueda imaginar. Es atroz. Supongo que estas cosas influyen, pero aun así me ha extrañado muy positivamente. Es algo nuevo.

En tus palabras, «la agenda feminista está abierta por páginas diferentes en cada lugar del mundo». ¿Qué es el feminismo en un mundo global?

Es un desafío civilizatorio. Es más, es una de las tradiciones morales que más hace por elevar el nivel de civilidad de las sociedades. Porque se tiene que incorporar como vida vivida para la gente. Tiene una enorme cantidad de implicaciones, no todas inmediatamente visibles. La renuncia a la violencia como método de resolución de conflictos es la más evidente. Pero de eso depende luego una enorme cantidad de actitudes cotidianas. El feminismo es un enorme educador moral.

¿Qué supuso, o qué supone, el #MeToo?

Es un síntoma de hartazgo. Las mujeres han ido conquistando posiciones en lugares muy distintos. Y, sin embargo, parece que las reglas no escritas que rigen algunos espacios no han cambiado. Y ahí se encuentran con intromisiones, minoraciones, etcétera. El asunto es no sufrir esto en privado y creer que solo le pasa a otras, sino sacarlo al público y decir «esto le pasa a todas las mujeres y es insufrible». El acoso sexual sobre las mujeres es continuo. No creo que haya habido un mundo en el que no se haya producido.

Amelia Valcárcel

Hemos visto un efecto secundario preocupante. Un caso sonado: el del actor Kevin Spacey, a quien Netflix despide por presuntas agresiones sexuales, sin juicio de por medio, y quien finalmente es absuelto. ¿En qué medida esa justicia popular puede poner en peligro la presunción de inocencia?

Los juicios y nosotros somos humanos. Y el sistema de justicia infalible no existe porque lo hacemos nosotros y nosotras. Lo que puedes esperar siempre es que un resultado sea defendible. Las sentencias no hay por qué respetarlas, hay que acatarlas. El respeto es otra cosa. Hay sentencias que no merecen ningún respeto. Y tienen, por lo común, la manera de pedir que se les dé la vuelta, en alzada para el siguiente tribunal que juzgue mejor. En la Biblia sale: cuando alguien organiza la convivencia dice «pon jueces entre nosotros». En cuanto a la presunción de inocencia, es uno de nuestros principios básicos en el sistema. A este señor que mató a una pobre jovencita de 18 años, cuyo cadáver él mismo tuvo que ayudar a descubrir, se le aplica la presunción de inocencia. Pero la presunción de inocencia no es creerle cuando él dice que no lo hizo. No me preocupa nada esta cuestión.

Retomo el desafío ecológico para cerrar esta entrevista. ¿Podremos evitar el colapso ambiental si no repensamos el capitalismo?

¡Dios mío, con el capitalismo! Vamos un poco más atrás. La sociedad a la que pertenecemos siempre ha estado bajo la idea del plus ultra, de que podemos ir agotando cosas. Tú no te preocupes por dejar algo destrozado, que ya te cambiarás de sitio y además estará mejor. En el siglo XX, el plus ultra llegó a la manifestación del ridículo, cuando se decía que, una vez acabáramos con este planeta, encontraríamos otro. Viajaríamos a las estrellas. Donald Trump dice que quiere iniciar una nueva era de exploración espacial, y sin embargo se opone a tomar un acuerdo mínimamente sensato sobre el clima. Se quiere gastar un dinero infinito para mandar a unos sujetos o sujetas a la Luna mientras la Tierra se hace inhabitable. Este tipo de cosas disuadirían al más pintado. Pero esa idea de tan grueso calibre funcionó como teoría admitida en los años 70 y 80. Hay que tomar decisiones claras, como no fabricar más plásticos, excepto aquellos imprescindibles, contemplar el reciclado de cualquier cosa que se fabrique, proteger los espacios naturales que estén en manos de estados depredadores como es el caso de Brasil… El problema es cómo tomar decisiones de ámbito global sin un Gobierno global. Solo está la ONU, que alguna cosa ha evitado, sobre todo guerras, pero que no tiene capacidad ninguna para ordenar el momento presente. Hace 200 años no teníamos posibilidad de alterar el planeta de un modo significativo y ahora sí. Sobre todo por el enorme desarrollo de la química, una de esas cosas llamada «la ciencia». Tenemos un verdadero problema al que otras sociedades no se enfrentaron. Como mucho se enfrentaron a la extinción, porque acababan con la caza, porque hacían una agricultura no sostenible o porque tenían poderosos enemigos cerca. Imaginemos la destrucción de las grandes ciudades mayas. Fueron simplemente algunos años de sequía. La humanidad ha tenido que enfrentarse a muchas cosas, pero el riesgo que afronta ahora no tiene paralelo. La idea de que un desarrollo basado en quemar combustibles y talar bosques no va a producir efectos no alcanza el nivel de los cuatro años de edad.

Suele haber también intereses económicos detrás de esos posicionamientos.

Ese es dinero burrezno. Hay gente que sabe hacer dinero y otra que sabe hacer calceta. Pero que alguien sepa hacer dinero no significa que le confíes el futuro.

Precisamente el día en que se hace esta entrevista termina la COP25, la última cumbre mundial del clima. ¿Tienes alguna expectativa?

Que las negociaciones se estanquen en el precio que se va a pagar por las emisiones de carbono nos dice hasta dónde se ha avanzado. Somos capaces de producir problemas globales, pero no tenemos medios para afrontarlos. Antes, cuando la gente tenía una mala situación, iba a sus templos o mataba a unas víctimas y creía que con eso lo arreglaba. Pero ahora el paradigma es otro. Lo que vayamos a ser y nos vaya a pasar ahora depende de nosotros mismos. Y necesitamos mucho más talento del que estamos usando.

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