Marta Fernández
«El gusto no se puede enseñar porque tampoco se puede definir»
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Marta Fernández sostiene que un cantante de reguetón puede ser un antídoto contra la inteligencia artificial. Aunque no cualquiera. De momento, el más grande. En ‘Bad Bunny ganó a las máquinas’ (Debate), Fernández convierte a la estrella puertorriqueña en una excusa para hablar de algo mucho más amplio: el gusto, el cuerpo, el error, el asombro, la herencia cultural y nuestra necesidad de compartir experiencias que no tienen ninguna utilidad aparente. Frente a unos algoritmos que tienden a la uniformidad, este cantante refleja, para la autora, aquello que todavía no sabemos explicar ni transmitir a una máquina.
¿Por qué comparar a Bad Bunny con las máquinas?
Porque creo que es algo que una inteligencia artificial nunca haría: comparar dos cosas que aparentemente no se parecen. Y ha llegado el momento de reivindicar lo esencialmente humano. Si necesitamos un antídoto contra ellas, creo que está en el arte, en la fiesta, en la reivindicación del cuerpo, de lo genuino. Y para mí Bad Bunny representa todo eso. La idea surgió también después de leer un libro de Nick Hornby sobre Prince y Dickens. Me pareció fascinante cómo podía mezclar dos mundos tan distintos. Pensé que quizá mi idea de Bad Bunny como antídoto contra la inteligencia artificial no era tan descabellada.
¿Qué es exactamente lo que las máquinas no pueden reproducir?
Aquello que nosotros tampoco somos capaces de explicarles. Yo no puedo decir por qué me gusta tanto Bad Bunny. No puedo explicar por qué voy a un concierto y no puedo evitar bailar y ponerme a perrear con unas chicas a las que acabo de conocer. Sé que me gusta, que me apasiona y que, si tengo un mal día, puedo poner determinadas canciones suyas y sé que me van a cambiar el ánimo. Pero no soy capaz de volcar todo eso en una inteligencia artificial. Ahí entran el cuerpo, el contacto, el calor, el frío, la añoranza, incluso lo animal que hay en nosotros. Hay una parte de la experiencia humana que no sabemos traducir porque no se puede explicar del todo.
«Hay una parte de la experiencia humana que no sabemos traducir porque no se puede explicar del todo»
En el libro se menciona la «medianía» de las máquinas. ¿Qué significa?
Que los grandes motores del lenguaje, tal y como los conocemos ahora, tienden a la medianía. Nunca van a lo feroz, a lo extremo, a lo que nos sorprende o nos remueve. Pueden darte un texto bien escrito o bien resumido, pero no necesariamente algo que te deslumbre. La música, y la música de Bad Bunny en particular, sí puede hacer eso. Su provocación, su fiesta, su diversión y su capacidad para lo inesperado son un antídoto contra esa medianía. Por eso también me interesa reivindicar sus incorrecciones o sus equivocaciones. Probablemente no sea el mejor cantante del mundo, pero yo tampoco necesito al mejor cantante del mundo. Necesito a alguien que me emocione.
¿Nos están robando las máquinas la capacidad de asombro?
Me da mucha rabia que hayamos perdido esa capacidad. El deslumbramiento tiene que ver con el asombro, y los algoritmos están acabando con la sorpresa. Instagram, por ejemplo, tiende a unificar nuestros gustos. Si siempre te enseña aquello que sabe que te gusta, ¿cómo vas a descubrir algo nuevo? Bad Bunny representa justamente lo contrario. En cada disco parece dar un paso más, enmendarse a sí mismo y explorar un camino diferente. Y eso es fundamental para que nosotros también podamos asombrarnos, disfrutar y descubrir cosas nuevas.
¿El algoritmo ha acabado con el aburrimiento o lo ha convertido en otra cosa?
Sí. Y hay un aburrimiento productivo, que también es importante. El problema es el aburrimiento que nos propone el algoritmo. Si pasas mucho tiempo haciendo scroll en TikTok o Instagram, terminas en una especie de limbo absurdo. No podrías resumir qué has visto durante la última hora. No te has aburrido, pero tampoco has llegado a ningún pensamiento productivo. Es como si el algoritmo hubiera reinventado el purgatorio: pasar y pasar sin descubrir nada y sin que quede ninguna huella. Y, además, muchas veces ni siquiera es entretenimiento. Es un entretenimiento hueco. Yo soy muy partidaria de un entretenimiento que no sirva para nada. ¿Para qué sirve La guerra de las galaxias? Para proporcionarte una felicidad enorme. No tiene que servir para nada. Recuerdo salir del cine después de ver la trilogía original sintiéndome convertida en un caballero Jedi. Eso era una experiencia.
«Probablemente no sea el mejor cantante del mundo, pero yo tampoco necesito al mejor cantante del mundo, necesito a alguien que me emocione»
Justo en el libro se cuenta cómo la tecnología ha dejado de tener efectos especiales, como cuando los hacía en el cine, y ha pasado a ser algo casi negativo.
Yo siempre he sido muy partidaria de la tecnología. De niña estudiaba informática y programaba en BASIC. El problema no está en las máquinas, sino en el uso que hacemos de ellas. A mí no me preocupa tanto que las inteligencias artificiales vayan a copiar nuestras obras o a intentar pintar cuadros como Velázquez. Lo que me preocupa es lo que estas tecnologías están provocando en nosotros: nuestro aplanamiento del gusto. Hay estudios en Estados Unidos que muestran, por ejemplo, que los libros se escriben con menos personajes y menos frases subordinadas porque tenemos menos atención lectora. Me preocupa que dentro de unos años las máquinas contribuyan a que los resultados educativos sean todavía peores. O que los directores hagan películas cada vez más vacías porque piensen que el público no va a mantener la atención. Luego aparece Christopher Nolan, hace una película de tres horas y la gente se queda viéndola tan feliz. Quizá el problema no sea la capacidad de atención del público, sino nuestra percepción de esa capacidad.
¿Qué estamos perdiendo cuando perdemos el gusto?
El sentido crítico. Me preocupa que llegue un momento en el que alguien lea Moby Dick y no sepa reconocer que está ante uno de los grandes libros de la historia. El gusto no se puede enseñar porque tampoco se puede definir completamente. Y eso es muy llamativo en la música. Por mucho que hayan avanzado los algoritmos, no consiguen hacer una canción de buen gusto. Piense en las músicas de los anuncios de radio. Antes eran pegadizas; ahora muchas parecen intercambiables. El gusto no se aplica ni se explica de una manera sencilla. Forma parte de una sensibilidad y de una experiencia.
En ese sentido, el error parece casi una forma de resistencia.
Sí. Una inteligencia artificial puede tener acceso a toda la música de la Fania Records y, en teoría, utilizarla para hacer una canción de salsa. Pero eso no significa que vaya a producir una buena canción. Puede resultar curiosa durante un momento porque sabemos que la ha hecho una máquina, pero probablemente mañana no la recordemos. Bad Bunny demuestra qué ocurre cuando un músico ha mamado una tradición. Ha escuchado a Héctor Lavoe, conoce el reguetón de sus primeros tiempos, conoce la música tradicional puertorriqueña. Todo eso se queda amalgamado en su cuerpo, en su vida y en su biografía. De ahí salen canciones como «Baila Inolvidable» o «Nueva Yol». Eso no es simplemente información: es herencia, recuerdo, sentimiento y vida.
También hay una dimensión política y cultural en su éxito. ¿Qué indica que Bad Bunny cante en español desde Puerto Rico y haya llegado hasta el centro de la cultura estadounidense?
Tiene una importancia enorme. Es un artista hispano de una isla pequeña, con una relación muy particular con Estados Unidos, que ha decidido seguir cantando en español. Su éxito supone una reivindicación de una identidad que muchas veces ha sido ridiculizada o considerada secundaria. Que llegue a un escenario como la Super Bowl y dé voz a una comunidad latina tan amplia es un punto de inflexión para el español y para el presente y el futuro de Estados Unidos. Yo voy todos los años a Nueva York y cada vez noto más la presencia latina. Pero también veo cómo personas de origen anglosajón que antes no tenían ningún interés por lo latino empiezan a estudiar español, conocen a Bad Bunny o se interesan por la salsa y por la historia de sus vecinos. Creo que él tiene parte de responsabilidad en esa corriente.
«Que llegue a un escenario como la Super Bowl y dé voz a una comunidad latina tan amplia es un punto de inflexión para el español»
¿Qué ha entendido Bad Bunny que la industria cultural no había entendido?
Que ser quienes somos es mucho mejor que ser quienes los demás quieren que seamos. Él viene de un lugar pequeño, de un barrio y de una tradición. Lleva esa minoría al lugar donde están todos los focos sin dejar de reivindicar sus raíces. Lo hace con la música puertorriqueña, con la historia de su país, con sus vídeos y con sus críticas a la gentrificación de Puerto Rico. Hay algo muy potente en poder decir: «He llegado hasta aquí sin dejar de ser quien soy».
¿Y qué papel desempeña ahí el baile?
Uno fundamental. Hay una generación que ha nacido en una sociedad muy aséptica, de dos dimensiones y absolutamente pixelada, y que está redescubriendo la gloria de salir, bailar, sudar y divertirse con los amigos. Incluso de hacer fotografías analógicas, esperar a revelar un carrete o abrir un cuaderno y escribir. Lo vi en el concierto de Bad Bunny: había padres con sus hijos, gente mayor con sus amigos y chavales muy jóvenes. Todos estábamos disfrutando juntos. Hay algo muy humano, muy grupal, incluso muy tribal, en compartir un momento de alegría y en bailar.
«Hay algo muy humano, muy grupal, incluso muy tribal, en compartir un momento de alegría y en bailar»
En una sociedad que quiere optimizarlo todo, ¿por qué necesitamos cosas que no sirven para nada?
Porque lo más importante es siempre lo que no sirve para nada. Vivimos en una sociedad en la que todo tiene que ser productivo y, a ser posible, traducirse en dinero, rentabilidad o bienes materiales. Hemos llegado incluso a preguntarnos si una persona «nos renta». ¿Cómo que te renta? ¿Te lo pasas bien con ella? ¿Te ríes? ¿Disfrutáis? ¿Aprendes? Pues ya está. Ponerse un disco, cantar por la calle o bailar no tiene que producir nada. Y precisamente por eso debemos protegerlo.
¿Existe el riesgo de que la personalización extrema de los algoritmos termine destruyendo lo colectivo?
Es uno de los problemas: que nos individualicemos tanto que el resto deje de preocuparnos. Pero soy optimista. Los humanos somos humanos porque vivimos en sociedad. Nuestra evolución está vinculada a nuestra capacidad para vivir y conseguir cosas juntos. Además, no hay nada más estimulante que descubrir algo nuevo que no sabías que te gustaba. Si el algoritmo siempre nos ofrece lo que ya sabemos que nos gusta, terminaremos aburridos de nuestros propios gustos. Y entonces tendremos que buscar cosas nuevas en otros lugares. Espero que esos lugares sigan siendo la comunidad.
¿Habrá dentro de 50 años alguien como Bad Bunny?
Estoy completamente segura. Y habrá alguien que escriba un libro sobre esa persona que será como Bad Bunny ganó a las máquinas. Siempre creemos que estamos en el final de los tiempos, que con nosotros se acaba la historia y que ya está todo inventado. Afortunadamente, la inteligencia, el talento y el carisma de los seres humanos hacen que siempre aparezca alguien capaz de abrirnos los ojos y encontrar nuevos caminos.
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