El cerebro no piensa solo
En algún momento no particularmente afortunado de nuestra historia, alguien resolvió alojar a la persona entera dentro de su cabeza y, no bastándole con ello, la recluyó en la gelatinosa cápsula del cerebro.
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¿Cuántos de nuestros actuales desarreglos proceden de haber tomado por cierta dicha reducción? Porque una cosa es conceder a la sesera un papel principalísimo en los procesos cognitivos y otra, separarlo de la canal, haciéndolo pasar por pieza noble mientras el resto de la persona queda reducido a bofes, mondongos, entresijos y despojos de casquería. Se da por seguro que al cerebro hemos de endosarle las querencias, las congojas, los espantos, las harturas y hasta esa agria modorra que dejan ciertas digestiones, lo que hace forzoso inquirir qué carallos hacen entretanto los demás órganos, si concurren en algo al negocio o si están allí de comparsa, mano sobre mano…
Los científicos llevan años recordándonos que el intestino alberga centenares de millones de neuronas, y que el sistema inmunitario (que, a diferencia de su caricatura no se limita a velar armas en las mucosas, dando el alto a cuanto microbio trata de franquear el epitelio) influye en el sueño, el apetito, la atención, la sociabilidad, la motivación y hasta el rijo. Diez años atrás, unos investigadores transplantaron a ratas las bacterias intestinales de pacientes con depresión y los roedores acabaron mostrando anhedonia y conductas de tipo ansioso, de modo que no hizo falta meterles mano en la sesera para mudarles el humor.
Se da por seguro que al cerebro hemos de endosarle las querencias, las congojas, los espantos o las harturas
No seré yo quien exija el enésimo certificado de que el agua moja, pero ahí tienen los cientificistas una maroma de la que tirar. En ocasiones, nuestro «estado de ánimo» se tramita en despachos que la conciencia ignora…
¿Se pone usted tristongo el domingo por la tarde? ¿Le escuece no poder invitar a merendar a sus sobrinos porque anda sin un duro? No faltará quien, después de reducir sus circunstancias a caso clínico, lo tome de la manita y concluya que la avería está en la cabeza. Al cabo, todo padecimiento exige una pieza culpable y, una vez localizada, basta con ponerla en manos del técnico. Si el coche hace ruidos, revisemos el motor; si la persona languidece, levantemos el capó del cráneo. Se despista uno y ya lo han convertido en utilitario. ¿Será cosa de la correa de transmisión? ¿O será que duerme usted mal, come peor, trabaja como un galeote, ignora el nombre del vecino del rellano y pasa cinco horas al día frotando con el pulgar una pantalla luminosa?
Cuando toda una leva de muchachos hizo las maletas, nuestros periodistas hablaron de «fuga de cerebros», como si por Barajas hubieran desfilado molleras con pasaporte, pero no se fugaban cerebros, sino personas enteras. Quizá la primera fuga, y desde luego la más aparatosa, consistió en dar por resuelto que allí donde comparecía una persona había de entenderse, a todos los efectos, que comparecía un encéfalo provisto accidentalmente de extremidades, tripas, osamenta y pellejo. Consumado tal atropello, no tardó el cerebro en arrogarse jurisdicción sobre todo lo demás. Claro que la «fuga de cerebros» no empezó en los aeropuertos, sino en los primeros compases de la Edad Moderna, cuando se desalojó a la persona de sí misma y se dejó en su lugar, enseñoreada del piso entero, una víscera con pretensiones de totalidad.
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