TENDENCIAS
Opinión

El cerebro no piensa solo

En algún momento no particularmente afortunado de nuestra historia, alguien resolvió alojar a la persona entera dentro de su cabeza y, no bastándole con ello, la recluyó en la gelatinosa cápsula del cerebro.

Artículo

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
06
noviembre
2026

Artículo

En algún momento no particularmente afortunado de nuestra historia, alguien resolvió alojar a la persona entera dentro de su cabeza y, no bastándole con ello, la recluyó en la gelatinosa cápsula del cerebro, de suerte que el llamado «sujeto moderno» vino a correr la misma suerte de esos arrendatarios a quienes van desalojando sucesivamente del piso al estudio, del estudio al minipiso, del minipiso al micropiso y de ahí a la cápsula, a poder ser en coliving, pues tales cosas son más llevaderas en inglés.

¿Cuántos de nuestros actuales desarreglos proceden de haber tomado por cierta dicha reducción? Porque una cosa es conceder a la sesera un papel principalísimo en los procesos cognitivos y otra, separarlo de la canal, haciéndolo pasar por pieza noble mientras el resto de la persona queda reducido a bofes, mondongos, entresijos y despojos de casquería. Se da por seguro que al cerebro hemos de endosarle las querencias, las congojas, los espantos, las harturas y hasta esa agria modorra que dejan ciertas digestiones, lo que hace forzoso inquirir qué carallos hacen entretanto los demás órganos, si concurren en algo al negocio o si están allí de comparsa, mano sobre mano…

Los científicos llevan años recordándonos que el intestino alberga centenares de millones de neuronas, y que el sistema inmunitario (que, a diferencia de su caricatura no se limita a velar armas en las mucosas, dando el alto a cuanto microbio trata de franquear el epitelio) influye en el sueño, el apetito, la atención, la sociabilidad, la motivación y hasta el rijo. Diez años atrás, unos investigadores transplantaron a ratas las bacterias intestinales de pacientes con depresión y los roedores acabaron mostrando anhedonia y conductas de tipo ansioso, de modo que no hizo falta meterles mano en la sesera para mudarles el humor.

Se da por seguro que al cerebro hemos de endosarle las querencias, las congojas, los espantos o las harturas

No seré yo quien exija el enésimo certificado de que el agua moja, pero ahí tienen los cientificistas una maroma de la que tirar. En ocasiones, nuestro «estado de ánimo» se tramita en despachos que la conciencia ignora…

¿Se pone usted tristongo el domingo por la tarde? ¿Le escuece no poder invitar a merendar a sus sobrinos porque anda sin un duro? No faltará quien, después de reducir sus circunstancias a caso clínico, lo tome de la manita y concluya que la avería está en la cabeza. Al cabo, todo padecimiento exige una pieza culpable y, una vez localizada, basta con ponerla en manos del técnico. Si el coche hace ruidos, revisemos el motor; si la persona languidece, levantemos el capó del cráneo. Se despista uno y ya lo han convertido en utilitario. ¿Será cosa de la correa de transmisión? ¿O será que duerme usted mal, come peor, trabaja como un galeote, ignora el nombre del vecino del rellano y pasa cinco horas al día frotando con el pulgar una pantalla luminosa?

Ignoro por qué habría de apostarse el entendimiento en un hueco del encéfalo como un quinto en la garita, solo, fané y descangallado. Los latinos sabían que recordar era hacer pasar de nuevo algo por el corazón —re-cordis—, y todavía hoy ingleses, franceses, portugueses y árabes aprenden «de corazón», by heart, par cœur, de cor, ʿan ẓahr qalb. En español, por lo demás, si algo merece el nombre de corazonada es justamente aquello que comparece antes de que la razón, tan pagada de sí misma, llegue con la barbilla por delante. Recuerdos y corazonadas: reviviscencias léxicas de un tiempo en que sentir y pensar no habían partido peras y en que el corazón, antes de ser degradado a mera bomba hidráulica, todavía tenía voz y voto en los asuntos del alma.

Cuando toda una leva de muchachos hizo las maletas, nuestros periodistas hablaron de «fuga de cerebros», como si por Barajas hubieran desfilado molleras con pasaporte, pero no se fugaban cerebros, sino personas enteras. Quizá la primera fuga, y desde luego la más aparatosa, consistió en dar por resuelto que allí donde comparecía una persona había de entenderse, a todos los efectos, que comparecía un encéfalo provisto accidentalmente de extremidades, tripas, osamenta y pellejo. Consumado tal atropello, no tardó el cerebro en arrogarse jurisdicción sobre todo lo demás. Claro que la «fuga de cerebros» no empezó en los aeropuertos, sino en los primeros compases de la Edad Moderna, cuando se desalojó a la persona de sí misma y se dejó en su lugar, enseñoreada del piso entero, una víscera con pretensiones de totalidad.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

El cerebro narrativo

Fritz Breithaupt

El experto en Ciencias Cognitivas Fritz Breithaupt explica en su último libro cómo funcionan los mecanismos neuronales.

COMENTARIOS

(adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({});
SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME