Las virtudes cardinales
Aunque ahora las asociamos al catolicismo, las virtudes cardinales se remontan al pensamiento platónico. La prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza eran los puntos cardinales para llevar una vida moral.
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El diccionario de la Real Academia Española da ocho acepciones para la palabra «virtud», antes de lanzarse a desgranar qué quieren decir aquellas composiciones que incluyen el término. En cierto modo, hablamos mucho de virtudes. Las buenas prácticas empresariales crean círculos virtuosos, nos decimos que mejor «hacer de la necesidad virtud» o nos esforzamos por llevar una vida virtuosa, sea lo que eso sea que signifique para cada quien. Pero la virtud (o, mejor dicho, las virtudes) es un concepto que lleva mucho tiempo integrado en la filosofía, en el pensamiento occidental.
Es ahí donde entran en juego las virtudes cardinales. De entrada, las asociamos a la religión. El propio diccionario de la RAE las define como: «En el cristianismo, cada una de las cuatro virtudes, prudencia, justicia, fortaleza y templanza, que son principio de otras en ellas contenidas». «La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a la persona no solo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma», se lee en el Catecismo de la Iglesia Católica. El catolicismo diferencia entre las virtudes humanas, las virtudes cardinales y las virtudes teologales. Las cardinales son las que «desempeñan un papel fundamental» como piezas guía del comportamiento. «Estas son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza», define el mismo texto.
Los filósofos griegos veían la felicidad como la cumbre de la moral
Esta conexión religiosa no debe opacar que, por mucho que hoy las conectemos directamente con el pensamiento católico, las virtudes cardinales tienen una historia mucho más amplia, una que precede al propio cristianismo. «Estas cuatro virtudes ya las distinguían los filósofos griegos en el siglo V a.C., especialmente Platón en su República. Su discípulo Aristóteles las desarrolló más tarde, con mayor amplitud y junto a otras virtudes, en un excelente tratado dirigido a su hijo, su Ética a Nicómaco», explica a La Croix Jacqueline Kelen, autora de Le jardin des vertus. Se podría decir que el cristianismo las «heredó», las integró como parte de la «brújula» de su moral desde una tradición previa.
Los filósofos griegos defendían una ética eudemonista. Esto es, el fin último de la vida de los seres humanos era alcanzar la felicidad, que se veía como la cumbre de la moral. Por mucho que esto los uniese a todos, se diferenciaban el método que consideraban que resultaría el más adecuado (el más ético, que diríamos hoy) para llegar hasta ese fin. Así, Platón consideraba que no se llegaba a la felicidad por el placer o por la simple actividad intelectual, sino que en ello impactaban muchos más elementos. Es ahí donde entran en juego las virtudes, que eran el camino hacia esa felicidad deseada.
Platón no llamó a sus virtudes cardinales, pero justo las cuatro que singularizó son las que ahora conocemos con ese nombre. El pensador creía que estas cuatro virtudes conectaban con las tres dimensiones del alma. Así, frente a las dimensiones racional, irascible y concupiscible estaban la prudencia, la fortaleza y la templanza, respectivamente, con una cuarta virtud, la justicia, que era la armonía de todo, el equilibrio. «Frente a Sócrates, que afirmaba que conocer el bien era actuar el bien, Platón afirma que no es suficiente con el conocimiento de la virtud, sino que hay que practicarla», se lee en Historia da Filosofía (McGrawHill). Para llegar «al Bien» es así necesaria «una vida virtuosa». En resumidas cuentas, la propia existencia debe cumplir con estos cuatro principios.
Para Platón, frente a las dimensiones racional, irascible y concupiscible estaban la prudencia, la fortaleza y la templanza
Del pensamiento platónico, las virtudes saltaron a las tradiciones filosóficas posteriores, que siguen abordando el tema e integrándolo en sus aproximaciones a cómo debería ser una buena vida. Por ejemplo, el ahora en revival Marco Aurelio también sigue en sus Meditaciones esta tradición. Fue en ese camino posterior en el que también dieron el salto a la religión. Santo Tomás de Aquino, por añadir otra muestra, las incluyó en sus reflexiones.
Igualmente, las virtudes cardinales salieron del pensamiento y de la reflexión para entrar en el arte. La pintura y la escultura se sirvieron de ellas como material para toda clase de obras e interpretaciones que ampliaron el alcance de estos conceptos, haciéndolos todavía más populares. Son ahora, de hecho, parte ya de una tradición colectiva, trascendiendo de esos orígenes que se remontan milenios. Incluso, hay quien cree que las virtudes cardinales siguen teniendo valor e importancia en el mundo actual, como una potencial guía que invita a pensar sobre cómo se vive y cómo se querría hacerlo.
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