José María Barrio Maestre
«No hay ningún progreso humano que no estribe en rectificar errores que hemos cometido antes»
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COLABORA2026
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A pesar de que la filosofía y la educación nacieron de una raíz común, la separación de ambas disciplinas ha empobrecido la enseñanza. José María Barrio Maestre (1960), doctor en Filosofía y profesor titular de la Universidad Complutense de Madrid, reflexiona en ‘Sócrates en el aula. Lo que la filosofía puede enseñar a la educación’ (Ediciones Encuentro, 2026) sobre la importancia de hacer que renazca la vocación de aprendizaje que deben tener nuestras aulas, reivindicando el asombro y la lentitud, puesto que «la escuela se fundó para aprender a mirar despacio, a pensar con rigor y profundidad, […] a discutir con razones y contrastar el valor de ellas, a rectificar».
Usted denuncia en el ensayo la degradación de la asignatura de Filosofía y del trato hacia sus profesores en los institutos españoles. Si partimos de que la palabra «filosofía» evoca el «echar de menos el saber» y que el profesor puede «dar aliento» al alumnado para vencer la pereza mental y desarrollar su capacidad de reflexión, ¿cree que el sistema educativo actual permite que se cumpla esa función?
La reivindicación de la Filosofía que hago en el librito, más allá de la consideración residual que esa materia ha recibido en las diversas reformas del reglamento que ordena el sistema educativo en el nivel del bachillerato en España, tiene un sentido más básico. El divorcio entre Filosofía y Pedagogía ha traído, entre otras, una consecuencia muy negativa para la escuela, y es que el amor al saber está siendo suplantado por otros intereses –algunos de ellos también es legítimo que el sistema escolar los persiga–, pero que a mi juicio en una institución académica deben ir, digamos, al rebufo del otro. Dicho más claramente: un pedagogismo despreciador del saber lleva a muchos a pensar que lo principal que ha de buscar la escuela no es que los niños y jóvenes sepan mucho, sino que sean buena gente –que tengan «valores», que aprendan a convivir–, lo cual muchos pedagogos ven incompatible con que la gente sepa mucho, cosa que sinceramente creo que tendrían que explicar mejor, porque no es nada evidente esa incompatibilidad. El hecho es que esa pretensión inspira el discurso de casi toda la pedagogía moderna, y de las leyes que ordenan el sistema educativo, y ha conducido a un desprecio por los contenidos de la enseñanza a favor de esas otras cosas, y hoy a favor de eso que llaman «competencias» y destrezas, casi todas digitales, y a favor de que la escuela, paradójicamente, se esté convirtiendo en uno de los principales enemigos del conocimiento.
No ayuda mucho a recuperar la sensatez la vacilante consideración de la filosofía en el bachillerato, más o menos residual dependiendo de las veleidades del gobierno de turno, pero en general menguante. Ahora bien, creo que el problema de fondo es el otro. Algunos reclaman más presencia de la Filosofía en los curricula escolares, y respaldan este reclamo en la idea de que enseñar filosofía es enseñar a pensar por cuenta propia, a tener sentido crítico… cosas a todas luces muy interesantes. Estoy de acuerdo. Pero cualquier materia teórica seria ayuda a eso. La filosofía, desde luego, también, y en un nivel de radicalidad que otros saberes probablemente no alcanzan. Pero lo primero que hace falta para pensar es tener algo en que pensar –saber algo–, y lo que resulta ineludible para reflexionar críticamente es conocer cosas, tener algo sobre lo que reflexionar.
«Para reflexionar críticamente es ineludible conocer cosas, tener algo sobre lo que reflexionar»
Propone volver a la figura de Sócrates para iluminar la pedagogía. ¿Por qué decidió utilizar sus enseñanzas para remarcar el papel de la filosofía en las aulas? ¿Es por la idea de que la filosofía y la educación estuvieron muy unidas desde la Antigua Grecia?
Mi propósito, ante todo, es recalcar la importancia que tiene, en el trabajo docente, la pulsión por conocer, que eso significa «filosofía». Desde luego, la figura de este gran ateniense sintetiza plenamente la Filosofía y la Pedagogía. A Sócrates le tenemos como el primer maestro de Occidente, no solo por su enseñanza filosófica, sino por el modo en que vivió, y murió, en coherencia con lo que enseñó. Y también lo tenemos como el iniciador del gremio filosófico. Hay aperitivos presocráticos muy interesantes, pero de forma eminente la filosofía, tal como hoy la conocemos, comienza con él.
Esta doble condición de Sócrates pone claramente de manifiesto que el interés por conocer la verdad, que justifica el empeño filosófico, naturalmente se prolonga en el interés por darla a conocer a otros, que precisamente alienta la tarea del maestro. Ambos intereses, cognoscitivo y comunicativo, se copertenecen. Y por eso su desintegración –el divorcio que denuncio en el librito– acecha lo más mollar de la tradición socrática de la escuela.
¿Cuándo se separaron la filosofía y la educación, cuándo empezó a fragmentarse esa relación?
Aproximadamente hacia mediados del pasado siglo XX cobró todo su vigor algo que ya está instalado en las meninges de casi todo el gremio pedagógico: un progresivo desprecio hacia los saberes puramente teóricos –sobre todo la filosofía–, bajo el tópico que vulgarizó John Dewey: learning by doing, a saber, se aprende «haciendo», cualquier cosa menos estudiar. Desde entonces se «viralizó» la pedante representación de que la teoría sirve para aprobar el examen, y se olvida inmediatamente después, mientras que la «práctica» sirve para aprender lo necesario para la vida, y eso no se olvida. Un aprendizaje significativo es el que conecta con los intereses vitales y nos sirve para encarar los embarazos empíricos que la vida presenta. Este interés exclusivo por lo funcional, por lo operativo, junto con aquel desprecio por la teoría pura, pugnan por suplantar las aulas y las bibliotecas por talleres y otros espacios interactivos donde la gente esté entretenida, conviva y haga cosas muy monas.
«La tarea del maestro es abstraer, profundizar, llegar al fondo de las cosas»
Usted reivindica el arte mayéutico, es decir, «formular preguntas que obliguen a volver críticamente sobre nuestros juicios y prejuicios, […] que ayudan a aclarar interiormente, a alumbrar, a consolidar las ideas». ¿Es la mayéutica una forma de asistir y cooperar en la educación?
En griego se designa con el término «mayéutica» el arte, el oficio de la comadrona, de quien ayuda a parir a la madre. Obviamente, es una metáfora, que por cierto acuña Sócrates. Desde entonces se ha grabado en la conciencia de los profesores la representación de que su tarea no consiste tanto en «inculcar» conocimiento, sino que más bien estriba en educir (educere, en latín); digamos, no tanto en meter como en sacar.
El ateniense pensaba que conocer es recordar, digamos, reconocer en las sombras que vemos en este mundo –la caverna– ideas o arquetipos que conocimos en un estadio anterior. Estoy más de acuerdo con Aristóteles, que afirma que todo conocimiento es aprendido. Pero la metáfora socrático-platónica es útil para comprender algo que es crucial: enseñar no es, como suele decirse, «transmitir» conocimiento, sino suscitar y alentar desde fuera una actividad interna. Lo que yo hago puede alentar, estimular, encender un fuego, pero que ese fuego no tomará cuerpo si no es por la actividad de la inteligencia del que aprende.
A su vez, «entender» es leer dentro (intus legere), captar lo que las cosas son más allá de la apariencia exterior de ellas, que es únicamente a lo que llegan los sentidos. El maestro suministra imágenes, ejemplos. Creo que en eso consiste la auténtica pedagogía, en saber poner buenos ejemplos.
La metáfora mayéutica vale para entender lo más mollar de la tarea del maestro: asistir y ayudar en el alumbramiento, en la captación de la índole profunda de las cosas, y no quedarse preso de la anécdota ni en la periferia meramente sensible. Abstraer, profundizar, llegar al fondo de las cosas.
Sobre el auge de la inteligencia artificial generativa escribe que la expresión es equívoca, puesto que es «perfectamente imbécil, es decir, se limita a retener lo que no entiende ni puede entender». ¿Cómo cree que afecta en las aulas a la capacidad reflexiva del alumnado?
Lo de «imbécil» puede sonar raro. Lo que quiero decir es que un artefacto no puede ser inteligente. No sabe «de qué va» –no entiende nada–, por sabio que sea el ser inteligente que lo ha diseñado o programado. Retiene significantes sin entender el significado, y los retiene de forma puramente electromagnética. Esto es lo que quiero decir, y digo. El papa católico León XIV, en la reciente encíclica Magnifica humanitas, en la que se ocupa, entre otras cosas, de la IA, hace una observación interesante acerca de la capacidad sintáctica del chisme, pero distinguiéndola bien de su inepcia o incapacidad semántica.
Como pasa con todos los adelantos tecnológicos, con este de la IA se abren horizontes inciertos en los que el papa invita a discernir las oportunidades de los riesgos. Creo que una manera de resolver bien los problemas es comenzar por plantearlos correctamente, y para eso es bueno llamar a las cosas por su nombre. La expresión «inteligencia artificial» es una pura metáfora –una analogía impropia–, no digo que completamente injustificada, pero que fácilmente se presta más a la equivocidad que a la analogía.
Diría que soy completamente escéptico sobre la eficacia que puedan tener esas herramientas en la enseñanza. Desde luego, para nada ayudan a la gente a reflexionar.
«Como pasa con todos los adelantos tecnológicos, con la IA se abren horizontes inciertos»
En el último informe PISA se mostró que los alumnos que usan menos tecnología en el aula, concretamente en la asignatura de matemáticas, llevan medio curso de ventaja frente a los que la utilizan a diario. ¿Piensa usted que la tecnologización y digitalización empeora la pedagogía y ayuda a que aumente «la pereza mental»? ¿Se aprecia la tecnología por los tecnomitos, como los denomina Catherine L’Ecuyer?
Creo que la Dra. L’Ecuyer ha hecho un gran trabajo por desenmascarar esos que llama tecnomitos, y por mostrar que la mejor preparación para un mundo online es tener la oportunidad de aprender en una escuela offline, como ella dice. Soy partidario de excluir completamente los chismes digitales de la escuela. La razón es simple. El negocio de quienes los diseñan y comercializan es capturar la atención para dispersarla, y mantenerla dispersa, mientras que el «negocio» de la escuela –el «ocio» contemplativo; eso significa, en griego, skholè– es adiestrar, propiciar y estimular una atención despaciosa sobre lo que verdaderamente merece ser atendido, un foco concentrado, esmerado, estudioso, es decir, todo lo contrario de la dispersión en lo banal y la velocidad rapsódica, incapaz de atender, que es a lo que inducen las pantallitas.
Según sostiene, educar es un proceso de humanización. ¿Cree que cada vez resulta más difícil dicha humanización? Además, con el avance de la digitalización de las aulas, ¿ve el futuro de la pedagogía con esperanza, o por el contrario se empezará a crear un rechazo a este tipo de enseñanza y se volverá a valores más humanos y humanísticos?
Confío que sepamos desandar un camino que nos conduce al precipicio. No hay ningún progreso humano –ni en la historia personal ni en la de las sociedades y culturas– que no estribe en rectificar errores que hemos cometido antes, lo cual pasa por detectarlos, reconocerlos precisamente como errores, malos pasos que hemos de desandar. Por otro lado, aprecio signos alentadores de esa rectificación. Como usted dice, esto de educar –que no es otra cosa que ayudar al ser humano en su crecimiento como humano– es una tarea difícil, y se comprende bien la tentación del hatajo. Pero confío en que caigamos pronto, cuanto antes, en la cuenta de que para avanzar bien a menudo hay que dar un paso atrás. No confío en el gremio pedagógico. Me puedo equivocar, pero en lo que conozco de él me parece que, salvo excepciones, está irremediablemente perdido para la sensatez. Pero sí confío en el sentido común de los maestros y maestras, de los papás y las mamás, es decir, de quienes saben lo que es un niño o un adolescente, porque tienen hijos y/o alumnos.
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