Sara Torres
El pensamiento erótico
Desde la infancia, las imágenes culturales construyen una visión del deseo. ¿Cuándo empezamos a desear?
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¿Existe en nuestra historia subjetiva un primer momento del deseo? ¿Cuándo y con qué imágenes empezamos a desear? Una niña ve un documental junto a su familia. En él se muestra la vida de los animales acompañada de una narración con voz en off que promete ilustrar la verdad de lo natural, ocultando que su perspectiva parcial está pasada por el tamiz de la cultura humana. En el documental, la niña observa la vida organizada en el nacer, alimentarse, reproducirse y morir; verbos que resumen el misterio de lo vital que nos atraviesa a todos, la incontestable «naturaleza».
Parece que nada en lo animal del nacer, alimentarse, reproducirse y morir ocurre sin el combate de una serie de fuerzas opuestas: el día y la noche, la vida y la muerte, los carnívoros y los herbívoros, los machos y las hembras. Pero el significado de lo natural está siendo construido: subtitulando la tensión de algunas imágenes, sobre las cuales la niña pone su mirada, está la voz en off de un narrador masculino que interpreta la vida «salvaje» desde un relato de corte épico que cuenta el vínculo heterosexual como destino natural en un mundo hecho de antagonismos. La imaginación del narrador obliga a la infancia a heredar un mundo binario, peligroso, escindido.
Las piernas bajo un cojín, tocando los pies de la madre dormida en el sofá. El padre despierto, mirando la pantalla, con una neutralidad en el gesto que pretende comunicar a la niña que lo que la televisión expone no es un contenido prohibido para ella, pues muestra la naturaleza básica animal y no los detalles más enrevesados de la sexualidad humana. Padre e hija han de ser capaces de mirar a la vez sin escándalo, pero la incomodidad de la niña es grande. En la imagen, un macho de oso polar solitario atraviesa las aguas heladas. La voz en off describe la acción: «El animal tiene solo dos cosas en mente, comida y sexo». La imagen muestra los movimientos del oso a través del paisaje, su peregrinaje connota búsqueda, esfuerzo: «El premio que viene ahora es merecedor del workout –adelanta la voz en off–, ella es un bellezón». Esta es la historia de un macho que busca a una hembra que, una vez encontrada, premiará el esfuerzo con la entrega de algo que él quiere. Y la hembra, ¿qué busca? La voz narradora dice que la osa tiene la belleza, y con esta el potencial de atracción. Ella hace que otros cuerpos se muevan.
¿Qué diferencia hay entre los documentales de animales y los relatos de hombres y mujeres que la niña, nacida en los noventa, ve en televisión? No mucha, en verdad. Una gramática secreta atraviesa todas estas historias, todas avanzan hacia una misma conclusión: la historia de la vida es la historia de los encuentros y las asociaciones entre «hombres» y «mujeres», dos categorías diferenciales, dos naturalezas opuestas que han de buscarse, que han de encontrarse.
¿Existe en nuestra historia subjetiva un primer momento del deseo?
La imaginación heterosexual humana produce una lectura binaria de la naturaleza. En el documental, la aparición de la osa en pantalla se acompaña de una pequeña melodía celebratoria, el viaje del oso héroe será premiado con el acceso al cuerpo de una hembra, cuyo tamaño, le urge aclarar al narrador, «es solamente la mitad del macho». La niña fija la mirada en un cuerpo suave y blanco, quieto bajo el volumen de otro que ha conseguido inmovilizarlo. «A esta pareja de osos no parece preocuparle que nuestro equipo los mire. Permanecerán juntos hasta que ella se canse de él, y luego él se irá por su camino mientras ella hace planes… para parir mellizos».
Fueron muchos días, muchas tardes de fin de semana, muchos documentales. A pesar de todo, la niña los prefería a las películas de acción. El padre los prefería a los dibujos para niños. El padre y la hija estaban alegremente unidos en su interés por aquello llamado «naturaleza», salían juntos al campo, hablaban de muchas cosas. Fantaseaban con la posibilidad de ver volar al búho real o de seguir las heces rojas de una zorra en la nieve. En casa, entre semana, después de cenar, por la noche ponían CSI Miami, una serie llena de representaciones enigmáticas del mal, de asesinatos y equipos humanos capaces de investigarlos para restaurar una idea de justicia.
A menudo, el capítulo de CSI comenzaba con una mujer que caminaba sola cerca de una carretera o en una ciudad por la noche. Solía ser una mujer bella, vestía ropa ajustada o corta, y generalmente tacones. La cámara la grababa segundos antes de su secuestro. Registraba la interrupción de una vida normal, o tal vez la de una vida «no lo suficientemente conservadora». Después venía la violencia, un hombre o un grupo de hombres, la violación, el cuerpo cercenado en partes, el horror y el fetiche en el fragmento, las estrategias de ocultación del cuerpo en trozos. El relato televisivo lo había dicho: era joven, guapa, su cuerpo era suficientemente pequeño, vulnerable, su existencia atraía a otros que la buscaban. La moraleja tras el asesinato: no fue precavida, no pudo protegerse. Ella hace que otros cuerpos se muevan, a veces el cuerpo en movimiento es el de un asesino. Un hombre bueno no llegó a tiempo para salvarla de un hombre malo.
Este texto es un extracto de ‘El pensamiento erótico’ (Reservoir Books, 2026), de Sara Torres.
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