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Antonio Rosas

«La cultura es la herramienta que inventa la evolución humana»

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12
marzo
2026


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Antonio Rosas (Madrid, 1960), biólogo y paleoantropólogo, dirige el Grupo de Paleontología del Museo Nacional de Ciencias Naturales. Ha trabajado en los yacimientos de Atapuerca, dirige los estudios sobre los neandertales de la cueva de El Sidrón, en Asturias, y ha participado en el proyecto Genoma Neandertal (que, entre otras conclusiones, observó cierta mezcla de genes entre neandertales y ejemplares de Homo sapiens anatómicamente modernos, además de encontrar algunos componentes del genoma del neandertal en humanos modernos de fuera de África). Conversamos con él a propósito de la importancia de la cooperación en la evolución humana, así como el papel de los cuidados, la violencia, el equilibrio entre el individuo y el grupo, y sobre cómo los yacimientos pueden convertirse en bujía de prosperidad para la España rural.


La paleontología, ¿qué nos enseña respecto de la necesidad de colaborar de ma­nera incesante y comprometida como especie?

La paleontología nos enseña que las raíces evolutivas o temporales de lo que entende­mos por cooperación son muy profundas en nuestra evolución. En la paleontología huma­na, concretamente, tenemos diferentes tipos de evidencia, como los propios fósiles. Por ejemplo, un cráneo hallado en un yacimiento de hace un millón ochocientos mil años, en Georgia, nos dice que ese individuo perdió toda la dentición antes de morir. Esto indica que no hubiera podido sobrevivir si no hubiera sido a través de la cooperación del grupo. Este tipo de ejemplos los tenemos salpicados a lo largo del tiempo. Hablamos de hace casi dos millones de años, en el origen del género Homo, donde se incluye nuestra especie. Pos­teriormente, en la prehistoria, encontramos en los neandertales varios ejemplos. Esto es una evidencia de cooperación o sustento grupal. Otras evidencias vienen de la arqueología, como el hecho de compartir el alimento o de cazar en grupo, más allá de las relaciones de parentesco más inmediatas. De hecho, hay todo un edificio teórico construido en torno al hecho de repartir alimentos como una de las señales clave de la sociabilidad humana y de cómo se han ido estructurando a lo largo del tiempo las estrategias de cooperación, que en última instancia se interpretan como estrategias de supervivencia.

¿Se podría estimar entonces el momento del desarrollo en el que la cooperación se convierte en elemento clave para el ser humano hace dos millones de años?

Sí, pero no olvidemos que la cooperación entre individuos de un mismo grupo se da también en el reino animal. El término «cooperación» es muy amplio, ahí podemos incluir, por ejemplo, los mamíferos sociales o los grupos de primates. En el curso de la evolución hu­mana también hay, al menos desde un punto de vista más teórico, argumentos para pensar que esa cooperación empieza antes de esos dos millones de años, en el grupo que llamamos homininos, hace seis o siete millones. Y encontramos otro umbral hace aproximadamente unos trescientos o cuatrocientos mil, cuando empiezan aparecer lo que llamamos los homi­ninos de cerebro grande, es decir, nuestra propia especie Homo sapiens y también los nean­dertales, junto con un grupo descubierto hace no tanto, los denisovanos. Con la expansión rápida del cerebro, también surge el fenómeno del simbolismo. Y es a través de esos símbo­los donde empieza a haber un pensamiento mucho más complejo, un pensamiento simbó­lico. Ya no solo nos referimos a lo material, sino que manejamos referencias más abstractas para comunicarnos. En última instancia, si seguimos esta hipótesis, la tesis de Harari, es en esos «universos fabulados» donde verdaderamente se integran estas sociedades moder­nas, con un número muy elevado de individuos coordinados a través de esa simbología.

Decía Margaret Mead que el primer signo de la civilización era un fémur roto que había sanado. ¿Cuál es el papel de los cuidados en la historia de la evolución?

Los cuidados forman parte de la cooperación del grupo y de la integración grupal. Al­gunos investigadores más escépticos admiten que determinados individuos han sido cui­dados por el grupo quizá no solo por una cuestión moral de cuidado, sino por una cuestión también puramente funcional. Por ejemplo, si se trata de un individuo anciano conviene cuidarlo por el conocimiento que atesora, como saber dónde están las fuentes de alimento. En mi opinión, sin ser especialista directamente en la materia, creo que es un equilibrio entre los dos aspectos. Existe un fundamento puramente funcional de supervivencia, en el sentido más básico del término, y también existe la sofisticación y la superposición de valores morales que van apareciendo a medida que se da una mayor complejidad cultural y social en el curso de la evolución humana y en el curso de la historia.

«No existe evolución humana si no existe sociedad, porque partimos ya de una base social que se incrementa y se hace cada vez más compleja y más diversa»

En numerosas ocasiones se apunta que el afán por cubrir las necesidades prima­rias fue un motor fantástico para el desarrollo humano…

Esas necesidades primarias no son solo humanas, las tiene cualquier ser vivo y, por lo tanto, las estrategias de supervivencia ante las necesidades primarias son distintas en cada caso. En la evolución humana, nos inventamos herramientas propias. Por ejemplo, andar sobre las piernas, el ser bípedos. Ese bipedismo conlleva una serie de dependencias biológicas y una serie de facultades, como liberar las manos. Y esta liberación de las manos nos permite coger cosas. Entonces el cerebro empieza a crecer y esto tiene a su vez otras implicaciones, como que necesitamos alimentos más ricos. Eso significa que hay que bus­car esos alimentos: tejidos animales, la médula de los huesos, la carne… Y todo ello a través de la cooperación y la caza colectiva.

Es una red de interacciones en la que las propias herramientas biológicas, la propia constitución del cuerpo y su funcionamiento y la etología originan necesidades nuevas que son suplementadas por esa red de interacciones. Esa red se va haciendo cada vez más com­pleja, pero en última instancia radica sobre dos aspectos muy importantes: la transmisión de conocimiento y el hecho de que, al ser bípedos, nacemos de una manera muy poco de­sarrollada. Los recién nacidos humanos, si no tienen un apoyo permanente, tanto de los pa­dres como del grupo social, no tienen capacidad de supervivencia, porque nacemos mucho antes de lo que deberíamos. Tendríamos que tener una gestación de más de veinte meses, pero no podemos porque la constitución de la cadera no permitiría otro tamaño. Entonces se recurre al grupo, a la sociedad, a la crianza colectiva. Ahí aparecen ideas como la de que la menopausia puede explicarse desde el punto de vista de ayudar a los nietos. Esa crianza sostenida por el grupo, no estrictamente los progenitores, en cualquiera de las maneras que se expresen las sociedades, es lo que para algunos autores genera el sentimiento social de los humanos, es decir, las sociedades humanas.

En nuestro caso, ¿es la comunidad necesaria para la evolución?

Me cuesta trabajo dar un sí o un no. Respondiendo de una manera genérica, te diré que sí, porque somos una especie que se ha desarrollado a través de la construc­ción de relaciones sociales y, por lo tanto, nuestra evolución está dentro de un marco social. Es muy difícil decir cómo podría haber sido el marco evolutivo sin coopera­ción. Tendríamos que hablar de otros entes, no de los primates que nos precedieron, tendríamos que especular con otro modelo evolutivo, otro modelo animal. Nuestras raíces evolutivas ya son sociales. Nuestro medio de desarrollo es un medio social y, además, con la evolución humana aparece un fenómeno que es la cultura. Y esa cul­tura, esa transmisión de información no genética, se establece en un medio social. Podemos entrar en nuestra propia biología, las características que nos definen como especie, como puede ser, por ejemplo, circunstancias tan aparentemente desconec­tadas como el bipedismo, el incremento del cerebro o la duración del parto, que es­tán íntimamente relacionadas en nuestra evolución. Ese entramado de relaciones biológicas se establece y fomenta un medio social que es, en última instancia, lo que algunos autores denominan un medio biocultural. Por lo tanto, no existe evolución humana si no existe sociedad, porque partimos ya de una base social que se incre­menta y se hace cada vez más compleja y más diversa.

¿Qué importancia tienen las historias que nos contamos, la cultura, a la hora de crear una comunidad?

En gran medida, en nuestra biología, diría que el «nosotros» es la cultura. Es esa transmisión de ideas, de conocimiento, de aprendizaje, de técnicas, lo que constituye esa capacidad de intercambio que, en este caso, viene vehiculado por una herramien­ta extraordinaria que es el lenguaje, la capacidad de transmitir el conocimiento de una manera tanto vertical como horizontal, es decir, entre generaciones y entre individuos de una misma generación. Esto permite que los individuos se vinculen más allá de las relaciones meramente de parentesco, más allá de las relaciones puramente de super­vivencia grupal. La cultura es la herramienta que inventa la evolución humana.

«Somos una especie que nos hemos desarrollado a través de la construcción de relaciones sociales y, nuestra evolución está dentro de un marco social»

Si la evolución requiere un nosotros, ¿podríamos pensar que el momento que atravesamos (de incertidumbre geopolítica, económica, social), elimina al otro, a ese tú, para preocuparse solo por sí mismo? Si es así, ¿qué consecuencias puede tener para el progreso?

Creo que ese «yo» y ese «nosotros» no es incompatible. Es más, creo que es imprescindible. No existe sociedad sin individuos. Y no hay individuos humanos sin sociedad, porque desde el punto de vista de la estructura social y la cooperación hemos visto cómo se va incrementando. Ese mundo biocultural nos ha traído hasta aquí, pero a la vez no habría sido posible sin la contribución del individuo. La con­tribución de la novedad la aporta el individuo, y las novedades vienen asociadas al progreso. Son los individuos los que aportan novedad y son los colectivos los que la asumen. Esto está bien estudiado, por ejemplo, en el origen de la cultura en chim­pancés, es decir, en rasgos comportamentales, como beber agua con una esponja de musgo. En un momento un individuo sabe que tiene que beber agua, pero no tiene cómo hacerlo. Y a alguien, concretamente a una hembra, se le ocurrió coger un trozo de musgo, mojarlo y beber. Y eso, de inmediato, se transmitió al grupo y pasó a ser un rasgo cultural. Al cabo de dos o tres generaciones ya era compartido y propio del comportamiento del grupo. Por lo tanto, en el progreso social hay un equilibrio entre la supervivencia en un marco social, cooperativo y cultural, y esas mutaciones, tanto las biológicas como las culturales, que aparecen en el genio, en la individualidad. Si viéramos solo aspectos del nosotros, desconsiderando el yo, probablemente se establecería una dinámica poco creativa, con poca innovación, con poca capacidad de eso que llamamos progreso. No se entiende uno sin lo otro.

Los restos fósiles encontrados nos hablan de fracturas, cortes, canibalis­mo. Es decir, de violencia. ¿Es inherente al ser humano?

Curiosamente, las pruebas de violencia interpersonal son muy tardías en la evolución humana. No así las pruebas de la cooperación. Las pruebas del sustento de unos individuos físicamente debilitados por parte del grupo son mucho más an­tiguas que la violencia interpersonal. Estamos hablando de dos millones de años, frente a las primeras evidencias de violencia interpersonal, que se pueden encontrar en algunos ejemplos aislados hace trescientos, cuatrocientos mil años. El fenómeno conocido como «guerra» tiene sus manifestaciones más antiguas hace dieciocho mil años, eso en historia evolutiva es ayer por la mañana. Pero desde ese punto hasta hoy, la capacidad de guerrear ha experimentado un incremento extraordinario. No­sotros somos capaces, como humanos, de colaborar y de vivir en sociedad en nues­tro grupo. Pero hay un fenómeno paralelo a este, que es «el otro grupo». Dentro de «nosotros» somos muy buenos, pero para «los otros» no tanto. Ese juego complejo entre el yo y el nosotros, y entre nosotros y los otros. Ahí es donde seguimos vivien­do. No hay más que leer las noticias todos los días, porque eso sí que no cambia.

«El interés por la prehistoria es sin duda una magnífica manera de potenciar la economía local»

¿Puede el turismo paleontológico convertirse en una herramienta para re­activar comunidades rurales y darles un papel nuevo en la conservación?

Eso está claro que sí, sin duda. Vivimos en un mundo donde el turismo es uno de los motores económicos. El turismo es un nuevo parámetro en las sociedades complejas. Tenemos la capacidad de hacer turismo porque tecnológica y económi­camente el mundo nos lo permite, dejando al margen sus lados negativos. Si atende­mos solo a los aspectos positivos, el turismo local y el turismo cultural son, sin duda, una herramienta económica, como el turismo paleontológico. Mi maestro y director de tesis, Emiliano Aguirre, fue un pionero en la construcción de museos locales, lo que se llamaba «museos de sitio», concretamente en Torralba y Ambrona. Esa idea fue pionera. Después, en otros muchos sitios se ha desarrollado. Podemos remitir­nos al universo de Atapuerca, donde hay toda una industria, del mismo modo que hay una industria de turismo para el Museo del Prado o el Louvre. El interés por la prehistoria, que también es creciente, es sin duda una magnífica manera de difundir cultura y conocimiento, y de potenciar la economía local.

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