Diego Garrido
«El tiempo colecciona objetos y los vuelve sagrados e irremplazables»
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‘¡Adelante, Cronófobos! Novela contra el Tiempo (1997-’ (Anagrama, 2026), de Diego Garrido, bien podría catalogarse como «novela centennial». La narración avanza a saltos de diario, ensayo personal y anécdotas familiares, todo entretejido con dibujos animados, muñecos de la infancia, recuerdos de mascotas y la compañía del Word para apuntar las digresiones. Hablamos con el autor sobre la cronofobia, la muerte, el tiempo (que él escribe con mayúscula), el ‘fomo’ y la voluntad de recordar (que sería otra forma de decir «proteger»).
La cronofobia, por definición, es el miedo al paso del tiempo. Cuando entrevisté a Sergio C. Fanjul por su ensayo sobre este mismo tema, hablábamos de que en el fondo la cronofobia es una necrofobia, que siempre surge del miedo a la muerte. Un sentimiento que se hace más fuerte, precisamente, con el paso de los años, cuando la gente se va enfrentando al envejecimiento. ¿No es paradójico que un narrador de 26 años sea cronofóbico?
Creo que uno empieza a sentir miedo al paso del tiempo en cuanto cobra conciencia de que un día se va a morir, y eso suele ser alrededor de los 5 años. A partir de ahí, uno vive ya con la mosca detrás de la oreja, y esta se pone, según el día y la hora, más o menos pesada. Yo creo recordar ese momento (o uno de ellos) en que empecé a sospechar lo que significa morirse.
Siguiendo con el tema de la muerte, el libro habla mucho del «síndrome del faraón», un ansia por guardar el legado para la posteridad. ¿Nos aferramos a los objetos –especialmente a los de la niñez y la juventud– como una forma de inmortalizar la memoria (y buscar, precisamente, cierta inmortalidad)?
Yo creo que el Tiempo colecciona objetos físicos y los vuelve sagrados e irremplazables. Tenemos ejemplos históricos y religiosos casi infinitos. También literarios, como la famosa flor escondida en el libro, que sobrevive al momento y al coleccionista («tengo dentro de un herbario, una tarde disecada…»). Esta ansia por rescatar algo, o sentir que efectivamente se rescata algo, aunque solo sea un pedazo pequeño ―por cifrar un fragmento de Tiempo querido y pasado, hace poco, mucho o un instante, en un objeto corpóreo― es natural e indiscutible. Es como si nos dijésemos: «Bueno, como mi infancia no existe más, como no tiene un lugar, un cuerpo sensible, mi infancia es ahora Pipi, mi perrito de peluche, como es la banda sonora del Jak and Daxter, el primer disco de Melendi, el olor del chicle Boomer y tantas otras cosas». O «bueno, como el Abuelo ya no existe, es ahora esta tumba, este pedazo de piedra con una inscripción, o este castaño a cuyos pies depositamos las cenizas». Nos resulta imposible admitir que ese algo no existe y punto, que no tiene siquiera una referencia, un avatar en el mundo real, existente, y que aunque lo tuviera –digamos, el caso más extremo, un cadáver– aquello ya no tiene nada que ver con lo que queríamos, es un pedazo de materia como otro cualquiera.
«El amor propio es el motor del universo»
Rainer Maria Rilke decía que la verdadera patria del hombre es la infancia. ¿A qué se debe la idealización de la niñez (y sus juguetes, dibujos animados y recuerdos)?
Yo creo que la infancia simplemente nos resulta más borrosa, más indefinida, y que, como en los sueños, confundimos esta indefinición con una especie de infinito, de misterio que en realidad no existe pero nos ayuda a seguir viviendo, en su búsqueda más o menos inconsciente. Me parece que el infinito tiene una falsedad funcional, no existe; es, digamos, una condena y una misericordia de la naturaleza. Podríamos inventar este silogismo un poco pobre: la felicidad es lo infinito, lo que no se acaba (lo vago e indefinido), la época más vaga e indefinida es la infancia, entonces, la infancia es la época más feliz.
Otro de los síndromes presentes en ¡Adelante, Cronófobos! es el síndrome de Peter Pan. En medio de su cronofobia, el narrador se niega a reconocerse como adulto. ¿Es una muestra de la infantilización de la Generación Z lo que hace que un hombre de 26 años se siga creyendo adolescente?
Bueno, no se niega… simplemente se sabe en una posición intermedia, una posición ridícula, que le paraliza y no le deja ser ni una cosa ni la contraria. Dice, por ejemplo, y perdón por la larga autocita: «Un tipo cumple 30 años y se levanta una mañana, como si de un Gregor Samsa extraño se tratase, metamorfoseado en su propio padre, sin más ni más, orgullosamente metamorfoseado y listo para fingir que lo tiene todo bajo control ―¡quizá íntimamente hasta para pensarlo! Pero ¿de dónde salió todo esto, hombre, si hasta ayer eras un perfecto majadero de la vida? La vida suele dividirse en dos estadios, me parece: 1. creer que otro sabe. 2. fingir que uno sabe. A mí se me echó del primero hace ya tiempo con una patada en el culo, como es normal, y perdí el autobús hacia el segundo».
Una de las grandes críticas sociológicas que se hacen hoy es la de la «sociedad narcisista». En el libro, el narrador se lee a sí mismo siempre como centro («dedicar la vida a ser esta especie de embalsamador narcisista, a levantar piedra a piedra este mausoleo de recuerdos»). Incluso dice: «¿Qué buscamos en los libros? A nosotros mismos en este instante –ni más ni menos. ¿Qué buscamos en las personas? Lo mismo que en los libros, me parece». ¿Ese egocentrismo de buscarse constantemente a sí mismo en los libros, la gente, el exterior, es una fotografía de la sociedad actual?
No sé si es egocentrismo, es una subjetividad a la que estamos sí o sí todos condenados. Él es consciente de que el amor propio es el motor del universo, y de que cuando este amor propio se dirige hacia los otros parecemos «empáticos», «generosos», etcétera, etcétera, pero que no deja de ser amor propio dirigido. Una vez más es consciente de esto, en su propio caso, y una vez más se siente paralizado y ridículo. Escribió un libro para que lo leyese una chica que le había dejado y volviese corriendo a sus brazos, pero durante el proceso de escritura esta chica se mató. Él se siente completamente absurdo, porque en ningún momento la conoció de verdad, y simplemente proyectó y llenó el cerebro de esta chica de sí mismo, como si fuera una cesta en la que colocar sus lecturas, ensoñaciones, pajillas mentales, etcétera, mientras que en realidad esta chica, objeto de su amor, era un ser humano, y uno tan desesperado como para pensar en matarse, y además hacerlo.
«La mejor opción, y sin duda la más difícil, es escribir bien y además no ser un pesado»
Por otro lado, aparece varias veces el apocalipsis, en mayúscula. Que, curiosamente, relacionas con una especie de fomo: el narrador dice que «tantos viejos dedican sus últimos esfuerzos a promover el final de todas las cosas» porque el miedo a morir es como el miedo a perderse una fiesta: «Ya que yo no puedo bailar más, que entre la policía». ¿El fomo es uno de los pilares de la cronofobia?
Sin duda, y es curioso que la mayoría de gente solo lo siente hacia delante. Si un día conocemos a alguien desesperado y tristísimo porque no vivió en no sé qué siglo de la Edad Media, o de la Prehistoria, nos parecerá ridículo. ¿Pero por qué no es ridículo proyectar esta misma desesperación hacia delante? ¿Hasta cuándo? Creo que precisamente hacia ese final imposible, esa guinda que todos los sistemas y religiones prometen, y cuyo caso más cercano y famoso es el Apocalipsis. Que ahora más bien nos pintamos como un espacio vacío con un par de fotones flotando… ¿Y después?
Para terminar, quisiera hablar también sobre lo que el narrador llama «la gran manía esencial»: la búsqueda del interlocutor. Tanto en las relaciones familiares (con los hermanos, los padres, los tíos y los muertos), en las relaciones de pareja y de amistad, así como en los libros que se leen (y que se escriben). ¿Qué implica esta búsqueda? ¿Crees que algún día se acaba?
Creo que cuando uno tiene una obsesión muy fuerte tiene también dos opciones –poniéndome muy extremo y dramático, por simplificar, aunque podemos imaginar muchos grados–: no entregarse a esta obsesión y ser un infeliz, o entregarse a ella y ser un egoísta. Yo, por ejemplo, pienso mucho en el hijo que no sé si tendré. ¿Y si convierto a ese pobre en la causa de mi fracaso literario? ¿Y si lo es? –Hay un cuento terrorífico de Joyce que trata sobre esto, mucho más terrorífico que Poe o que Mariana Enríquez: «Una nubecita»–. Pero, ¿y si no lo tengo?, ¿y si no llega nunca ese éxito, esa expresión artística?, ¿y si llega pero estás solo? En cualquier caso, la mejor opción, y sin duda la más difícil (no sé si alguien lo ha logrado alguna vez), es escribir bien y además no ser un pesado.
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