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Álvaro Colomer

«Cuando ya tienes 50 años, ya no tienes la necesidad de disfrazarte de macho»

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01
junio
2026

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«No hay experiencia clínica que muestre con más claridad el control ejercido por la sociedad sobre el cuerpo femenino desde los orígenes mismos de nuestra civilización que la de la fecundación in vitro». Así comienza ‘In vitro. Una historia cultural de la destrucción de las mujeres’ (Debate), el breve ensayo que el escritor y periodista Álvaro Colomer acaba de publicar. ‘In vitro’ es el relato de un hombre que acompaña a su mujer en el proceso de reproducción asistida; es una reflexión sobre el control y sobre la posesión masculina del cuerpo de la mujer y sobre el deseo masculino de legitimarse como fuerza creadora; es, sin embargo, también un libro sobre la no paternidad, sobre la aceptación, dolorosa, de la imposibilidad de ser padre.


In vitro es su libro más personal, a pesar de ser un ensayo.

Al principio iba a ser una novela, tenía en mente El nadador en el mar secreto como modelo, pero no conseguía convertir aquello que quería contar en una obra de ficción, si bien no todo lo que se explica fue así tal y como se cuenta, en parte porque, como me dijo mi mujer cuando leyó el libro, mi recuerdo había modificado alguno de los hechos. «Esto no ocurrió exactamente así», me dijo mi mujer al leer determinados fragmentos, pero habían pasado diez años de todo aquello y mi memoria por alguna razón había modificado algunos hechos. Así que quise ser fiel a mis recuerdos, aunque estos no fueran precisos.

Iba a ser una novela, pero al final acabó en ensayo.

En este aspecto fue clave Niveles de vida de Julian Barnes, donde él habla de la muerte de su mujer a través de la fotografía aerostática. Me pareció muy interesante ese ejercicio, porque permitía evitar hablar directamente de la experiencia autobiográfica a través de una reflexión sobre un hecho cultural que, sin embargo, evocaba y aludía a lo vivido. Así comencé a pensar el libro como una reflexión en torno al control sobre el cuerpo de la mujer y sobre el artificio vinculado al deseo de crear vida sin la necesidad de la intervención de la mujer. En una primera versión, el libro era muy extenso y me di cuenta de que debía cortarlo y, sobre todo, no debía meterme en un terreno que no era el mío: ni soy un teórico del feminismo ni me interesaba construir un texto para ir de aliade de las mujeres.

«La cuarta ola del feminismo ha hecho mucho, pero todavía estamos lejos de llegar donde hay que llegar»

¿En qué sentido no quiere o no se identifica con la figura del aliado?

No es que no quiera ser aliado, me gustaría serlo, pero creo que sería insultar a mi mujer si yo dijera que soy un aliado porque mi mujer me conoce. Lo que puedo decir es que intento mejorar todo lo que puedo y rectificar todas aquellas ideas que me metieron en la cabeza durante años y creo que he mejorado mucho, pero ¿soy ejemplo de feminismo? Yo no puedo decir que en casa el reparto de las tareas sea perfecto, decirlo sería mentir. Y cuando oigo a un tío que dice que es aliado, me parece ridículo. No me lo creo, porque la sociedad sigue siendo falocéntrica y machista. La cuarta ola del feminismo ha hecho mucho, pero todavía estamos lejos de llegar donde hay que llegar.

Volviendo a su libro, el género del ensayo le permite escapar de la autoficción.

Hay gente que hace autoficción y la hace muy bien, pero yo tengo bastantes conflictos con este género porque creo que es un género que se centra en problemas pequeños burgueses bastante ridículos si consideramos lo que está pasando en el mundo. Si tú lees lo que cuentan los autores latinoamericanos o los autores del Este de Europa te encontrarás con dramas de verdad y no con relatos como los de Knausgård que cuenta que su mujer lo ha dejado. ¡Esto no es un problema!

Viniendo del periodismo, usted está acostumbrado a no ser el protagonista.

Nunca he hecho periodismo del yo, si bien hubo una época, cuando yo tenía alrededor de treinta años, en el que se hacía mucho este tipo de periodismo en primera persona y que a mí siempre me pareció algo ofensivo. He estado en Chernóbil, en El Salvador y en Irak y nunca se me habría ocurrido pensar que mi testimonio y mi experiencia eran más interesantes de lo que me podían contar quienes vivían allí, quienes sufrían la situación de esos países y eran los verdaderos protagonistas. Por esto, quería que In vitro no se inscribiera claramente dentro de la literatura del yo y, de hecho, creo que propongo más bien una literatura del tú en cuanto hablo de mi pareja. Y no era algo fácil, porque yo no quería que In vitro fuera un libro incómodo y doloroso para ella. Por eso fui muy contenido y por esto quise desde el primer momento que ella fuera la primera lectora del manuscrito.

Es decir, en esta «literatura del tú», usted trató de esconderse.

Como narrador, estoy bastante oculto, soy un observador, que es lo que suelen ser los hombres durante el proceso de una fecundación in vitro. Los hombres estamos ahí a la altura de la cabeza de la mujer todo el rato, callados. El ginecólogo, de hecho, habla solo con tu mujer y a ti apenas te considera. Sabe que tienes que estar ahí y está bien que lo estés, pero poco más.

«Mi libro es una reivindicación del ‘pasmarote’, ese hombre que, desde fuera, acompaña y también sufre»

Sin embargo, yo diría que usted está más presente en el texto de cuanto dice y que el libro es en parte también una forma de reivindicar la experiencia del hombre que afronta la dificultad de no ser padre e, incluso, la imposibilidad de serlo.

Sí, en parte hay esta reivindicación. Durante todo el proceso tú te sientes bastante ninguneado y, en parte, es lógico porque, más allá de la donación espermática, pintas muy poco. Sin embargo, estás ahí, junto a tu pareja y lo vives con ella, asumiendo que, en realidad, tu condición secundaria es una condición casi natural. Si lo piensas bien, en el sexo, la intervención del hombre es una intervención momentánea durante la noche de amor, pero luego el embarazo y todo lo que conlleva lo asume la mujer. En este sentido, el libro reivindica que yo estaba ahí, pero al mismo tiempo subraya la no participación o, por lo menos, la poca participación de los hombres en todo un proceso que vive la mujer en su propio cuerpo.

Esto es así, pero usted refleja también el miedo y el sufrimiento que padece el hombre que acompaña y que se enfrenta a la pregunta de si podrá ser padre y cómo.

Vuelvo a citar El nadador del mar secreto, porque es una novela muy tierna y, al mismo tiempo, con un punto viril muy fuerte, sobre todo al final, cuando el padre construye el féretro donde enterrar a su hijo, muerto en el parto. Él construye el féretro y reconocer sentirse muy orgulloso de ser un hombre que puede construir con sus propias manos el féretro para su hijo. En cierta manera, reivindica así cierta idea muy masculina de que el hombre es aquel que construye algo. Y mi libro es, retomando lo que comentábamos, una reivindicación del pasmarote, es decir, de ese hombre que, desde fuera, acompaña y también sufre, aunque todo lo que se vive no acontezca en su cuerpo.

De esta manera usted plantea casi una dicotomía: por un lado, el hombre como figura ajena y externa y, por el otro, el hombre que, desde la Biblia, tiene el poder de producir un nuevo ser a través del cuerpo femenino.

La historia del patriarcado empieza el día en que se estableció la relación directa entre coito y parto. Hasta que no se asoció directamente el sexo a la procreación, el hecho de tener o no tener hijos se consideraba una cuestión exclusiva de las mujeres. Robert Graves señala precisamente que la sumisión de la mujer empieza en gran medida cuando el hombre se da cuenta de que ese hijo que alumbra la mujer lo ha hecho también él. Es a partir de entonces que los hombres quieren apropiarse de los hijos y la mejor forma para apropiarte de un hijo es apropiarte de la paternidad y para ello tienes que apropiarte del cuerpo de la mujer, convertirlo en un espacio sobre el cual decides y que controlas. En el libro me pregunto qué pasará cuando la maternidad ya no dependa de las mujeres. Me explico: estamos a cuatro días de que sean posibles las gestaciones extrauterinas. Si esto llega a ser posible, ¿qué consecuencias tendrá? ¿Cómo se reorganizará la relación entre hombres y mujeres?

No lo sé, pero temo que los cuidados seguirán recayendo sobre todo en las mujeres.

Es cierto. Lo que sí cambiará es la necesidad del cuerpo de la mujer, que dejaría de ser imprescindible para la creación de una nueva vida. Y esto que comento no es algo nuevo: en la novela El mundo feliz, los hijos no tienen por vía natural y no son pocas las películas pienso ahora en Desafío totalen la que los bebés se fabrican en laboratorios. Con In vitro lo que buscaba, entre otras cosas, es hacer un repaso a lo largo de la historia de la voluntad del hombre de ser creador de vida decidiendo únicamente él sobre ello. Es decir, asumiendo en exclusiva la potestad de creador.

Así aparece la figura de Descartes, en el que, sin embargo, la creación de una autónoma está ligada no solo al poder de creación, sino al deseo de recuperar la hija fallecida.

La leyenda cuenta que a Descartes se le muere una hija y construye una autómata para substituirla. Normalmente, cuando un hombre hace un muñeco, sobre todo si es de una mujer, lo hace por dos motivos: sexual o de compañía. Piensa, por ejemplo, de Oscar Kokoschka que hizo, obviamente con un sentido sexual, un muñeco de Alma Mahler. El caso de Descartes es distinto: hay en él un deseo de crear vida, una vida que le haga compañía y le de afecto. Por esto, no sigo un orden cronológico y cierro el libro con Descartes, porque refleja otra forma de entender el crear vida. Al respecto, pienso en el libro El gesto de Héctor, donde Luigi Zoja explica que en la Ilíada se establecieron dos tipos de virilidad: la representada por Aquiles y la representada por Héctor. Aquiles era el macho, el hombre que va a la guerra, que mata, que quiere triunfar… Héctor es el buen hombre, es el hombre tierno y sensible, que, justo antes de la batalla con Aquiles, en la que morirá, coge a su hijo en brazos y pide a los dioses que lo protejan. Este es un gesto muy revolucionario dentro del mundo griego, porque los griegos no prestaban ninguna atención a los hijos. Pero ¿qué sucede con el relato? Héctor muere en manos de Aquiles, que ata su cuerpo a un carro y le hace dar tres vueltas alrededor de Troya. De esta manera, lo que nos dice Homero es que los hombres que van a reinar en el mundo son los Aquiles.

Y de ahí la imposición de un modelo de virilidad

Actualmente, el feminismo actual ha cuestionado y ha permitido desmontar este modelo de hombre y el gesto de Héctor se vuelve, por tanto, un gesto ejemplar.

En su caso, la escritura del libro puede leerse como un gesto por parte del hombre de hacer pervivir ese hijo que no llegó a nacer.

Y está también el deseo, muy propio de escritor, de convertir el código genético de ese hijo no nacido en libro. El código genético se compone de cuatro letras, cuya combinación da como resultado un ser humano. Es decir, son cuatro letras que, sin embargo, conforman en sus combinaciones una palabra larguísima que remite, en parte, a esa biblioteca infinita de Borges. Mi gesto de escribir un libro remite, a su vez, a ese gesto físico que llevó a cabo la poeta Irene G. al enterrar parte de la sangre del hijo no nacido en la tierra del ficus que tenía en casa. Frente al gesto físico, está este gesto más intelectual vinculado a la escritura y que, en parte, tiene que ver con abordar lo vivido no desde la sensibilidad, sino más bien desde lo intelectual y, por tanto, como vemos en Juliar Barnes, hacer de la cultura un escondite del sentimiento, del dolor.

Pero, hacia el final, usted rompe este escudo de la cultura.

En la medida en que llegaba al final del libro, me di cuenta de que todo lo que había escrito lo había escrito para no mostrarme, por no atrever a soltarme. Así que, en el último capítulo, me obligué a dejar de lado la cultura y decir finalmente las cosas que tenía y que quería decir, sin esconderme. En cierta manera, el libro muestra mi evolución a lo largo del proceso de escritura, un proceso en el que se da cuenta de que la cultura puede convertirse en un escudo para los cobardes a la hora de eludir ciertas cuestiones vinculadas a lo puramente sentimental.

Es decir, esa cobardía que nace de esa idea impuesta de que los hombres no lloran.

Efectivamente. Porque hemos crecido con esta idea. Lo que sucede es que, cuando ya tienes 50 años, ya no tienes la necesidad de disfrazarte de macho. Quizás te pusiste ese disfraz con veinte o con treinta años, porque ciertas inseguridades te hacen agarrarte mucho a la masculinidad establecida, pero creo que, con la llegada del siglo XXI, con la cuarta ola del feminismo y con la edad, uno asume que puede y debe hablar tranquilamente sin escudo alguno.

¿La cuarta ola le ha hecho repensar o cuestionar su propia idea de masculinidad?

Yo creo que la cuarta ola no puede no haberte afectado como hombre. Ha afectado a quienes van a la contra y nos afecta a los que estamos a favor y vemos cómo esta ola nos ha pasado por encima, la aceptamos y lo agradecemos e intentamos ver cómo reformular nuestra visión del mundo. Hasta ahora, habían aparecido bastes textos sobre paternidad, pero no sobre no paternidad. Y no es lo mismo. Un hombre sin hijos no despierta curiosidad alguna, es algo considerado normal. En una ocasión, Rafael Reig comentó que los escritores que no tenían hijos no podían escribir novelas, sino que tenían que escribir otro tipo de ficciones, porque no comprendían lo que realmente era la vida, porque no tener hijos, sostenía Reig, te imposibilita entender algo tan fundamental como por qué vivimos. Hay grandes escritores que no tienen hijos y han escrito grandes novelas, evidentemente; además, no teniendo hijos no puedo responder si tiene razón o no, pero su razonamiento me parece lógico e interesante. Porque es obvio que tener o no tener hijos modifica tu manera de ver la vida, pues quien no los tiene no tiene ese gran objetivo que es la crianza de los hijos.

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