Un elogio del pudor
Hemos construido una cultura donde mostrarlo todo es sinónimo de ser auténtico. Pero el pudor, ese instinto de guardar ciertas cosas para uno mismo, puede ser también un símbolo de inteligencia emocional.
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Hay palabras que envejecen mal y palabras que envejecen peor. El pudor pertenece a la segunda categoría. Y es que pronunciarlo en voz alta produce el mismo efecto que mencionar la castidad o el decoro: una incomodidad algo difusa, como si alguien hubiera traído al siglo XXI un objeto venido de la Edad Media. Pero el pudor no es, en origen, un invento de los moralistas ni un instrumento de represión: es un mecanismo de protección, una forma de gestionar la distancia entre lo que uno es y lo que decide mostrar. Y que lo hayamos confundido con la vergüenza o con el conservadurismo dice más de nosotros que de él.
La cultura contemporánea ha hecho de la transparencia radical una virtud casi incuestionable. Mostrarlo todo, contarlo todo, publicarlo todo se ha instalado en nosotros como una forma de autenticidad. Las redes sociales premian nuestra sobreexposición con toneladas de atención y, quizás, para los más afortunados, premian después la atención con dinero, consolidando así un modelo en el que la intimidad pasa a convertirse en una moneda de cambio. El problema, sin embargo, no es solo estético —aunque también lo sea— sino que tiene consecuencias sobre nuestra propia identidad y la manera en la que nos relacionamos con los demás. Sobre todo, el pudor, ese instinto que nos hace guardar ciertas cosas para nosotros mismos o, al menos, para unos pocos, no es, ni mucho menos, un obstáculo para la autenticidad.
La revalorización del pudor requiere despegarlo de sus malos compañeros de viaje. Durante siglos fue utilizado como herramienta de control —religioso, sexual, ideológico, político—. Pero confundir el mal uso de un concepto con el concepto en sí es un error categorial que cometemos con demasiada frecuencia. El coraje, por ejemplo, también se ha usado para justificar guerras y el amor para legitimar celos patológicos, y nadie propone descartarlos. Sin embargo el pudor, en su sentido más genuino, tiene que ver más con la selección que con la represión, es decir, con la idea de que no todo merece ser expuesto, y de que esa reserva también tiene un valor.
Durante siglos, el pudor fue utilizado como herramienta de control religioso, sexual, ideológico o político
La psicología lo respalda. El concepto de privacy regulation, desarrollado por el investigador Irwin Altman en los años 70, describe cómo los seres humanos necesitan regular activamente el acceso que los demás tienen a su persona. Cuando esa regulación falla —cuando uno siente que ha revelado demasiado, o que otros han visto lo que uno no quería que vieran— aparece lo que los psicólogos llaman boundary violation, una sensación de vulnerabilidad que erosiona la confianza y la autoestima. El pudor, entonces, hace las veces de sensor y nos avisa de que algo en la ecuación exposición-protección se ha desequilibrado.
La literatura lo ha sabido incluso mejor que la ciencia. La Natasha de Guerra y paz siente pudor, y ese pudor la define tanto como su inteligencia. El Raskolnikov de Dostoievski lo pierde gradualmente a medida que su crimen lo va corroyendo por dentro, y esa pérdida es parte de su condena. En El guardián entre el centeno, Holden Caulfield tiene una relación paradójica con el pudor: lo desprecia cuando lo ve en los adultos, pero lo practica a su manera, reservando para sí una intimidad que, según él mismo cree, el mundo no merece.
La sobreexposición, lo contrario al pudor, tiene costes que empezamos a medir con cierto retraso. Los estudios sobre el uso de redes sociales en adolescentes han documentado una correlación entre la cantidad de información personal compartida online y los niveles de ansiedad, algo que sucede porque la exposición masiva y poco selectiva somete la identidad a una presión de evaluación constante. Cada publicación es una apuesta al vacío, pudiendo traer validación o rechazo, y el cerebro adolescente —pero también el adulto— no es especialmente bueno gestionando esa incertidumbre de forma repetida.
Pero hay algo más profundo: el pudor sostiene la posibilidad de la intimidad, y la intimidad es lo que da a las relaciones su particular densidad. Cuando todo está disponible para todos en todo momento, la cercanía pierde sentido. O dicho de otra manera, contar algo a alguien supone un acto de confianza precisamente porque ese algo no lo sabe cualquiera. La intimidad, por tanto, funciona por contraste, existiendo porque hay una esfera pública de la que se distingue. El filósofo Georg Simmel lo formuló hace más de un siglo en El secreto y las sociedades secretas: el secreto es una de las mayores conquistas de la humanidad, porque crea la posibilidad de un mundo interior al que el otro no tiene acceso automático.
Eso no significa, cabe matizar, que la opacidad sea una virtud en sí misma o que haya que romantizar el ser reservado. El pudor también puede convertirse en muro, en incomunicación, en incapacidad para mostrarse vulnerable cuando la situación lo requiere. La clave, entonces, está en tener claro que la idea de la elección importa: mostrar u ocultar es una decisión que dice algo sobre quiénes y qué valoramos.
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