Elogio a una abuela sorda
Era sorda. El médico lo confirmó. La familia recibió la noticia como se recibe un diagnóstico: con pena, con preocupación. «Pobrecita», dijeron. Pero Ginesita no parecía apesadumbrada ni ansiosa. Parecía más liviana.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
Hay una fotografía que nunca se tomó. Ginesita está sentada a la mesa de la cocina, quieta, mientras a su alrededor la casa hace ruido: el marido dicta cátedra, los nietos gritan, la vida doméstica sigue su curso. Y ella sonríe. No con la sonrisa de quien aguanta, sino con la de quien ha encontrado, por fin, un lugar propio.
Se había quedado sorda. Y con la sordera había llegado algo parecido a la paz.
Entender lo que eso significa exige entender primero lo que la sordera ha significado durante demasiado tiempo: una falta, un defecto, la pérdida de algo que debería estar. La medicina la trata como un problema que corregir. Su lenguaje habla de déficit, de discapacidad, de restaurar al paciente a una norma. La historia de Ginesita propone otra lectura.
H-Dirksen Bauman y Joseph J. Murray acuñaron el concepto de Deaf Gain —ganancia sorda— para nombrar lo que se adquiere con la sordera: mayor atención visual, conciencia del espacio, una relación distinta con la comunicación no verbal. La comunidad sorda, argumentan, no es una versión disminuida de la cultura oyente sino una forma diferente de estar en el mundo.
Ginesita no formaba parte de esa comunidad. No era sorda de nacimiento ni conocía el lenguaje de señas. Pero la lógica del Deaf Gain se aplica a su vida con precisión: lo que dejó de recibir por el oído lo recuperó en otra parte. En atención, en calma, en el derecho de no estar obligada a escuchar.
El peso de la voz
Para entender lo que el silencio le regaló, hay que entender lo que el sonido le había costado.
Su marido era un hombre corpulento, de piel aceitunada y mirada penetrante. Ocupaba los espacios de una manera difícil de describir: no es que los llenara, es que los reclamaba. Ya no era violento. Ni falta que le hacía. Era un hombre hecho a sí mismo, lo cual significaba también que había deshecho otras cosas en el camino. Tenía historias —truculentas, a medias contadas, que circulaban en la familia como agua sucia bajo una puerta cerrada— y esas historias le habían dado algo que el origen humilde no suele conceder: no solo la certeza de haber sobrevivido, sino la convicción de que esa supervivencia lo autorizaba.
Durante décadas, Ginesita habitó una casa donde la voz que más pesaba no era la suya
Durante décadas, Ginesita habitó una casa donde la voz que más pesaba no era la suya. No respondía de frente —no era su modo, o las circunstancias no lo permitían—. Se movía con cuidado, encontraba sus márgenes, sobrevivía sin romperse.
Era pequeña y precisa en sus gestos. Mitad italiana del sur, de tierras donde el carácter se forma entre la escasez y el sol, llevaba en ella una terquedad tranquila, una manera de resistir que no necesitaba hacerse notar. El sur de Italia tiene su propia memoria de la marginalidad: culturas que aprendieron a doblar sin quebrarse. Ginesita heredó eso. Encontraba sus márgenes en la cocina, en una mirada cómplice con los nietos, en silencios que eran refugio, no derrota. No estaba vencida. Esperaba, aunque quizás no supiera qué.
El día que empezó a sonreír
Entonces la familia notó que sonreía más de lo habitual. No era cortesía. Era algo más abierto e interior, sin causa aparente. La casa seguía igual: el marido hablaba, los nietos chillaban. Pero Ginesita parecía habitar otro clima.
Era sorda. El médico lo confirmó. La familia recibió la noticia como se recibe un diagnóstico: con pena, con preocupación. «Pobrecita», dijeron. Pero Ginesita no parecía apesadumbrada ni ansiosa. Parecía más liviana.
No había elegido la sordera. Pero la habitó como si la hubiera elegido.
En el caso de Ginesita, la autoridad del marido dependía de ser escuchado: de que sus palabras aterrizaran, se registraran, produjeran su efecto. La sordera disolvió ese contrato. No por enfrentamiento, sino por la simple e irrefutable realidad del cuerpo. Él podía hablar; ella ya no estaba obligada a recibir. El sonido, en muchas casas, es una forma de gobierno. Sin oídos dispuestos a recibirlo, algo se afloja. No se derrumba, pero cambia. Para Ginesita, ese aflojamiento se sintió como alegría.
El lado oscuro del silencio
Pero este retrato quedaría incompleto sin su otra cara.
Ginesita era ultracatólica, y el catolicismo no era solo su fe sino su arquitectura moral: un conjunto de certezas sobre cómo debían vivirse las cosas, quién debía obedecer a quién, qué estaba permitido y qué no. Esa firmeza, que le había servido para sobrevivir al peso del marido, también la convertía en una autoridad poco negociable con quienes estaban bajo su mando.
En la cocina, donde era reina indiscutible, daba órdenes con la misma seguridad con la que el coronel daba las suyas en el resto de la casa. Sus instrucciones no se discutían. Su manera de hacer las cosas era la única correcta. Quienes cocinaban a su lado quizás también habrían merecido quedarse un poco sordos.
Ginesita fue simultáneamente la que soportaba y la que imponía. Víctima de una autoridad y ejercicio de otra. La sordera le dio paz frente al marido. Frente a sus subordinadas en la cocina, su voz siguió sonando con toda claridad.
Una habitación propia
Virginia Woolf argumentó en 1929 que una mujer necesita dinero y una habitación propia para poder escribir —no hablaba solo de escritura, sino del espacio interior que hace posible la autonomía, la vida en los propios términos–. Ginesita no escribía. Pero encontró, a su manera, esa habitación.
No fue un cuarto en la casa. Fue un cuarto en el propio cuerpo: el espacio que abre la sordera cuando el ruido que más pesa viene de afuera. Woolf pensaba en condiciones materiales. Ginesita no tuvo ninguna de las dos de forma convencional. Pero la fisiología le dio algo equivalente: la imposibilidad de ser gobernada por la voz de otro. Y eso, en la economía de su vida, fue suficiente.
Lo que queda
No toda sordera es una liberación y sería deshonesto sugerirlo. Pero en el caso específico de Ginesita, en el contexto específico de su matrimonio y su casa, la sordera fue exactamente eso: una forma de libertad que ninguna otra circunstancia le había ofrecido.
No era filósofa ni activista. Era una mujer pequeña que había aprendido a sobrevivir en un matrimonio difícil, que tenía su fe, sus certezas, sus propias rigideces. La sordera no la hizo perfecta. La hizo, al fin, más libre.
Se había ganado ese silencio. Lo llevó como se lleva un regalo inesperado: sin aspavientos, con una sonrisa que ya no tenía que esconder.
COMENTARIOS