La dignidad en la derrota
Existen derrotas que engrandecen más que muchas victorias. Porque el hombre puede perder aquello por lo que lucha y, sin embargo, conservar intacto aquello que verdaderamente importa: su dignidad.
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Vivimos tiempos en que individuos vanidosos y prepotentes parecen dominar el mundo haciendo gala de manera procaz de la consecución de objetivos obtenidos mediante la extorsión, la amenaza, la fuerza, la bravuconería, el maltrato o el menosprecio.
Y siendo malo eso, peor es que esos mismos personajes sean presentados como modelos de éxito, dejando de lado cualquier valoración sobre la rectitud de su conducta o disculpando sus desafueros a la vista de los logros conseguidos a cualquier precio.
En contraste con esos modelos, resulta especialmente reconfortante encontrarse con personas como el entrenador nacional de fútbol, Luis de la Fuente, siempre expresándose con mesura, siempre poniendo a todos sus jugadores por delante, siempre insistiendo en que las victorias pertenecen al grupo, no a las individualidades. Por eso me ha alegrado especialmente la consecución de la Copa del Mundo de fútbol por la selección española. No solo por el triunfo deportivo, sino por la forma de alcanzarlo y comprobar cómo el seleccionador nacional ha sabido integrar en el triunfo a todos sus jugadores, incluso a aquellos que apenas han disputado minutos o que, ni siquiera siendo convocados para esta fase final, han ayudado durante años a construir un equipo que entiende el fútbol como una obra coral.
Pienso en lo orgulloso que estará De la Fuente al echar la vista atrás y recordar que hace apenas quince años fue destituido como entrenador del Alavés cuando el equipo ocupaba la octava posición de su grupo en Segunda División B. Si entonces hubiera abandonado los banquillos, probablemente nadie recordaría hoy su nombre. Habría pasado a formar parte de esa inmensa mayoría de profesionales que, entre éxitos efímeros y fracasos, se quedaron a medio camino. La historia, sin embargo, tenía reservado a De la Fuente otro final que ha llegado a alcanzar no por casualidad, sino fruto de su perseverancia y su trabajo.
Lo verdaderamente admirable es que el éxito no parece haberlo transformado. Oyéndole hablar, conserva la misma serenidad en la victoria que seguramente necesitó para soportar la derrota.
Quizá ahí resida la diferencia entre quienes buscan alcanzar el éxito a toda costa, caiga quien caiga, y quienes simplemente intentan hacer bien cada día su trabajo y no están dispuestos a pagar otro peaje por alcanzar el éxito.
No todos alcanzamos el éxito, y aunque parezca injusto que algunos lleguen a él sin méritos que los adornen y otros, a pesar de sus esfuerzos, acaben por ser derrotados, lo cierto es que podemos vivir sin éxitos, pero de un modo u otro, todos convivimos con la derrota. ¿Qué somos más que, parafraseando a Nabokov, un haz de luz que entre tinieblas trata de sobrellevar la finita y frágil existencia, o en palabras de Kundera, «la insoportable levedad del ser»?
Como escribe Costica Bradatan en Elogio del fracaso: «El fracaso es un tema dantesco, una cuestión de círculos. Así como el grano de trigo ha de pasar por la rueda del molino para refinarse, también nosotros hemos de pasar por varios círculos del fracaso, cada uno de los cuales nos zarandeará debidamente y nos dejará malheridos, pero también nos hará un poco más fuertes. El laminado y la molienda no serán en vano».
No es una idea nueva. Cervantes la comprendió hace más de cuatro siglos.
Hasta entonces, los héroes de la literatura estaban destinados a vencer. Aquiles, el Cid o los caballeros medievales encarnaban la invencibilidad. Cervantes, sin embargo, rompió ese modelo. Don Quijote fracasa una y otra vez. Los molinos lo derriban, los arrieros lo apalean, los duques se burlan de él y casi todas sus empresas terminan en desastre. Sin embargo, de todos esos héroes es quizá el único cuya dignidad nunca resulta derrotada. El fracaso no disminuye su grandeza; la revela.
Las personas no se definen por los golpes que reciben, sino por lo que aprenden de ellos
Tal vez por eso El Quijote representa un nuevo arquetipo de héroe que luego serviría de patrón a otros protagonistas de grandes obras literarias, como el príncipe Myshkin, el protagonista de El idiota, un magnífico representante de la bondad derrotada, o Santiago, el viejo pescador de El viejo y el mar, que tras ochenta y cuatro días sin capturar un solo pez sale una vez más al mar porque entiende que «un hombre puede ser destruido, pero no derrotado».
Así nos muestra Hemingway como el éxito y la dignidad pertenecen a órdenes distintos. Santiago regresa sin el pez por el que había arriesgado la vida. Los tiburones han devorado el fruto de su esfuerzo y solo queda un esqueleto. Sin embargo, nadie que termine de leer El viejo y el mar piensa que el viejo pescador ha fracasado. Al contrario. Comprende que existen derrotas que engrandecen más que muchas victorias. Porque el hombre puede perder aquello por lo que lucha y, sin embargo, conservar intacto aquello que verdaderamente importa: su dignidad.
Estos y otros ejemplos literarios nos enseñan que la derrota deja de ser una vergüenza para convertirse en una forma de conocimiento. No es casualidad que el propio Cervantes escribiera El Quijote a una edad provecta, después de una vida marcada por cautiverios, penurias económicas, fracasos profesionales y desengaños personales. Comprendió mejor que nadie que las personas no se definen por los golpes que reciben, sino por lo que aprenden de ellos.
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