El hilo que teje nuestra historia
Los recuerdos con los que construimos el relato de nuestra vida no son reproducciones fieles e inalterables de lo vivido.
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Hace unos días celebraba el aniversario de mi boda. Un momento para recordar, pasados casi seis lustros, el camino transitado, los hitos que lo han marcado, mis hijos, los lugares en los que hemos vivido, las amistades que han sido testigos y protagonistas de ese devenir, los viajes y montañas compartidas, la música escuchada, los libros leídos y la inevitable percepción de lo rápido que pasa el tiempo. Queda por delante, en el mejor de los casos, apenas un tercio de la vida. Pensar en todo ello, también en quienes ya no están y en el deterioro cognitivo de algunas personas que llevan recorrido más trecho, me ha llevado a reflexionar sobre el peso de la memoria: esa capacidad que nos permite reconocernos y elaborar el relato de nuestra historia personal. Un relato que contribuye decisivamente a configurar nuestra identidad.
Cierto es que la identidad es algo más que la historia que construimos a partir de nuestros recuerdos. El yo es el protagonista de la película. De todo lo vivido y rodado la memoria conserva unos fotogramas y pierde otros. Con los conservados componemos la película de nuestra vida. Pero el protagonista no puede confundirse ni reducirse a la película, porque, además, el protagonista es también el director de la misma y los fotogramas no permanecen inalterados una vez impresionados. La memoria no funciona como un archivo en el que quedan depositadas reproducciones inalterables de cuanto hemos vivido. Entre lo vivido y lo recordado media un sujeto que selecciona, interpreta y reconstruye desde el presente lo que vivió en el pasado.
La memoria no funciona como un archivo en el que quedan depositadas reproducciones inalterables de cuanto hemos vivido
Todos conocemos a personas que han sufrido la enfermedad de Alzheimer. La pérdida progresiva de la memoria va desdibujando los recuerdos hasta hacer irreconocibles lugares, acontecimientos y personas que formaron parte esencial de una vida. Y, sin embargo, difícilmente alguien cercano al enfermo afirmaría que cuando se borran los fotogramas el enfermo ha perdido también su identidad.
Recuerdo a un querido familiar que sufrió esa enfermedad. Sus hijos lo atendían con cariño mientras su memoria se iba apagando. Llegó un momento en que apenas quedaban palabras y solo tarareaba alguna melodía que, como explican otras personas, es lo último que se resiste al olvido. Sin embargo, quienes estaban a su lado seguían reconociéndolo, aunque quizá ya no pudiera reconocerse a sí mismo ni reconstruir la historia de quien había sido.
Hay en ello una paradoja que merece ser pensada. Si la memoria nos permite reconocernos a lo largo del tiempo y construir el relato de nuestra propia vida, ¿cómo podemos afirmar que alguien continúa siendo la misma persona cuando ha perdido la capacidad de recordar ese relato? ¿Dónde reside entonces la identidad? ¿En nuestros recuerdos, en la conciencia que tenemos de ellos o en un yo que, de algún modo, los precede y permanece incluso cuando desaparecen?
La memoria explica una parte fundamental de nuestra identidad, pero quizá no alcanza a explicar por completo quién es ese «yo» que dice: recuerdo. Y hay una dificultad añadida: los recuerdos con los que construimos el relato de nuestra vida no son reproducciones fieles e inalterables de lo vivido. Ya en la primera mitad del siglo XX, el psicólogo británico Frederic Bartlett puso de manifiesto el carácter reconstructivo de la memoria. Recordar no consiste simplemente en recuperar una experiencia almacenada, sino en reconstruirla desde el presente, condicionados por nuestras experiencias anteriores, nuestras expectativas y el contexto vital. De algún modo, cada vez que volvemos sobre el pasado lo hacemos desde la persona que somos hoy. El recuerdo conserva la huella de lo vivido, pero esa huella la interpreta el sujeto que recuerda.
Es con esos recuerdos, reconstruidos y dotados de sentido, con los que vamos elaborando el relato de nuestra propia vida como vino a explicar algunos años después, Paul Ricoeu, uno de los filósofos contemporáneos que con mayor profundidad ha reflexionado sobre esta dimensión narrativa de la identidad personal. A él debemos, precisamente el concepto de «identidad narrativa»: la idea de que comprendemos quiénes somos dando forma narrativa a los acontecimientos que componen nuestra existencia. Como escribe en su principal obra Tiempo y narración parafraseando a Hannah Arendt «Declarar la identidad de un individuo es contar la historia de una vida».
«Declarar la identidad de un individuo es contar la historia de una vida», señalaba Hannah Arendt
Sin embargo, la identidad narrativa no se agota para Ricoeur en el recuerdo de nuestra historia personal. La permanencia de la persona a través del tiempo se manifiesta también en el carácter y, de manera especialmente significativa, en el mantenimiento de la palabra dada. El carácter, definido por Ricoeur como «toda aquella conjunción de disposiciones duraderas por las que se puede reconocer a una persona», y el mantenimiento o la fidelidad a la palabra dada como «expresión del mantenimiento del sí» que se afirma frente a otras personas a las que se reconoce como destinatarios de la promesa en un intento de desafiar al paso del tiempo, al olvido o a la tergiversación del recuerdo.
De este modo, el carácter y la fidelidad a la palabra dada expresan también nuestra permanencia a través del tiempo. Y ambos nos remiten a los otros, pues el carácter se manifiesta en nuestra forma de estar y relacionarnos con ellos, mientras que la promesa compromete nuestra palabra ante alguien que la recibe y confía en ella. La identidad adquiere así una dimensión relacional y ética: no se construye únicamente desde lo que recordamos haber sido, sino también desde la manera en que vivimos con los otros y nos comprometemos con ellos.
Además, en cuanto la promesa trasciende el presente y se dirige al futuro, a lo que deseamos y esperamos, podemos afirmar que nuestra identidad se va tejiendo, en definitiva, entre memoria y proyecto: con los hilos de lo vivido y recordado, pero también con aquello que todavía esperamos ser. Somos nuestra historia, pero no una historia concluida; también nuestros proyectos, nuestras expectativas y los compromisos que asumimos con los otros.
Y porque nuestra identidad se construye también en relación con los otros, somos quienes recordamos ser, pero también, de algún modo, quienes los demás recuerdan que somos. Hasta el punto de que, cuando hayamos muerto, algo de nosotros permanecerá durante un tiempo en la memoria de quienes compartieron nuestra vida. Lo entendemos bien quienes hemos perdido a alguno de nuestros progenitores y se nos hacen presentes singularmente cuando un olor, el suyo, todavía está impregnando determinados lugares, o cuando escuchamos una música que nos evoca a la persona querida. A mí me ocurre con mi padre cuando escucho la cavatina del cuarteto para cuerda nº 13 de Beethoven.
Vuelvo entonces a aquel familiar cuya memoria se fue apagando hasta dejar apenas el rastro de una melodía que seguía perviviendo en lo más profundo de sus recuerdos. Quizá mientras él olvidaba quién había sido, quienes lo querían seguían recordándolo por él. Su historia ya no habitaba únicamente en su memoria, sino también en la de quienes habían compartido su vida.
Tal vez nuestra identidad sea, por ello, algo más que el relato que cada uno construye de sí mismo. Se teje con nuestros recuerdos, con aquello que proyectamos ser y con los vínculos que establecemos con los demás. Somos memoria, pero también permanecemos en la memoria de los otros. Y acaso, cuando nuestros propios recuerdos comiencen a borrarse o hayamos finalizado nuestro camino en este mundo, sean ellos quienes, durante algún tiempo, sigan custodiando el hilo que teje nuestra historia.
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