De la crudeza de Andersen a la dulzura contemporánea
Lo que los cuentos edulcorados hurtan a los niños
La tendencia moderna a convertir los libros infantiles en pequeñas guías adaptadas para vivir aparta a los niños de aprender a través de la literatura.
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«Cuando tenía diez años leía cuentos de hadas en secreto y me habría avergonzado que me descubrieran haciéndolo. Ahora que tengo cincuenta, los leo abiertamente», escribe C.S. Lewis en su Tres formas de escribir para niños. La literatura, como bien sabe la Matilda de Roald Dahl, puede constituir un refugio durante la infancia. La literatura infantil es, de hecho, tal y como defiende Bruno Bettelheim en su Psicoanálisis de los cuentos de hadas, el espacio que se toma más en serio al niño con todas sus esperanzas e inquietudes.
Los cuentos clásicos, como las historias de Andersen o de los Hermanos Grimm, son capaces de introducir inconscientemente al pequeño lector (u oyente) en un mundo en el que se le plantean los mismos problemas existenciales a los que él se enfrenta y darle motivos de esperanza.
La literatura infantil es el espacio que más en serio se toma al niño con todas sus esperanzas e inquietudes
Sin embargo, la literatura infantil más moderna tiende a intentar complicar a los personajes y sacar a la luz explícitamente sus emociones, a la vez que simplifica las tramas y les quita sus elementos más oscuros.
Los libros contemporáneos ven al lector como una máquina para la que se necesitan distintas guías en función de si va a ser hermano mayor, si tiene que afrontar un duelo o si empieza el colegio. Convertimos así la literatura infantil en un manual de instrucciones con ilustraciones. Pero lo que necesita el niño es acción y no interioridad. De hecho, es más fácil que un niño supere su miedo a la oscuridad a través del viaje de un héroe en un mundo fantástico que a través de un libro que le enseñe a nombrar emociones que para él aún no tienen sentido.
Para que el niño acceda al conflicto más profundo que la historia plantea también requiere que el bien y el mal estén perfectamente definidos. La dualidad debe quedar encarnada y diferenciada en dos personajes para que el niño pueda ver con claridad cómo se despliega la lucha entre ambos. «Al presentar al niño caracteres totalmente opuestos, se le ayuda a comprender más fácilmente la diferencia entre ambos, cosa que no podría realizar si dichos personajes representaran fielmente la vida real, con todas las complejidades que caracterizan a los seres reales», explica Bettelheim.
En los cuentos de hadas, los niños aprenden a encontrar lo más importante para la educación de un ser humano: el sentido más profundo de la vida. Así lo recordaba el poeta alemán Schiller: «El sentido más profundo reside en los cuentos de hadas que me contaron en mi infancia, más que en la realidad que la vida me ha enseñado». De hecho, Lewis señalaba: «Estoy casi inclinado a establecer como norma que un cuento infantil que solo disfrutan los niños es un mal cuento infantil. Los buenos perduran».
¿Y cuántos adultos están, ya no solo dispuestos, sino capacitados para disfrutar de una especie de manual de instrucciones sobre cómo usar el orinal? Si los primeros cuentos que escucha un ser humano no le hablan de la necesidad de ser amado, del miedo a ser rechazado, de la cobardía que uno descubre en su interior y de cómo superarla, de la angustia ante la muerte, es que no están bien planteados.
Si privamos a los niños de buenas historias durante sus primeras etapas de iniciación a la lectura, les estamos hurtando la promesa de la literatura para el resto de su vida. El pequeño lector no tendrá motivos para pensar que los libros serán una fuente de consuelo y enriquecimiento si lo primero que lee y escucha es superficial.
Lewis critica el deseo de que la literatura infantil nunca angustie al niño
Por último, Lewis reflexiona sobre lo que parece el peor ataque a la literatura infantil: el deseo de que esta nunca angustie al niño. El escritor critica esa falsa buena intención que presupone que «debemos intentar mantener fuera de su mente el conocimiento de que ha nacido en un mundo de muerte, violencia, heridas, aventura, heroísmo y cobardía, bien y mal». Cuando se intenta evitar la angustia en las historias, lo que se le está haciendo al niño, en realidad, es dejarle ciego ante las posibilidades que se abren en esa misma angustia.
Inevitable es que el ser humano se encuentre con el sufrimiento en algún momento de su vida. La infancia es, de hecho, una etapa de profundas ansiedades existenciales. Los cuentos de hadas no solo proporcionan nombres para estos males, sino que permiten que el niño aprenda que el remedio está en adquirir la propia virtud, en no claudicar, en no negarse a librar la lucha contra el mal.
No hay nada mejor que se le pueda inculcar a un niño que la certeza de que, cuando llegue el momento de librar su particular batalla contra gigantes, tiene la capacidad de salir adelante. «Puesto que es muy probable que se enfrenten a enemigos crueles, que al menos hayan oído hablar de caballeros valientes y de coraje heroico», aconseja Lewis.
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