Anónimo García
Contra la conciencia social
Anónimo García reflexiona cómo la conciencia social puede inducir a los grupos contestatarios a adoptar el relato del poder.
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«¿Dónde está la conciencia social en vuestras actividades?».
Una chica se acercó y lanzó el enésimo de los juicios. Era junio de 2023 y yo ya estaba harto de la conciencia social porque en los últimos años no había hecho más que recibir patadas en su nombre. Expulsiones, insultos, cancelaciones, desprecios, de todo. ¡Yo, que era un buen tío! Eché espumarajos por la boca y le respondí impetuosamente que eso de la conciencia social es poco más que un engaño que permite que la gente trabaje gratis para el poder. Luego me callé, no quise ser demasiado grosero; en el fondo era una chica entrañable que perseguía el bien. Lo que me fastidiaba de ese cuestionamiento era que lo entendía: a merced de las masas, yo alguna vez lo había esgrimido también. Pero ahora ya estaba en otro lugar.
La chica se había presentado en la última tertulia de Homo Velamine, el grupo al que reclamaba conciencia social. Nuestras actividades consistían, por lo general, en mezclar elementos moralmente opuestos: personas taurinas a la par que veganas, españolistas a favor del procés o una exaltación simultánea de España y el feminismo. Luego disfrutábamos con las reacciones, que servían para calibrar el autoritarismo y la certeza, las dos cosas que más aborrezco. Pero una de esas reacciones fue un poco lejos: condena de cárcel. Tras ella, toda esa gente con conciencia social aportó su granito de arena a la represión e impuso castigos adicionales en la medida de sus posibilidades.
En diciembre de 2018, después de dos años de telenovela mediática con La Manada, creamos una página web que ofrecía un recorrido por los lugares del caso. La prensa reaccionó con indignación, tras lo cual sustituimos la web por un desmentido que aclaraba que el tour era ficticio y explicaba que los mismos medios que ahora se rasgaban las vestiduras habían reproducido el recorrido con mapitas digitales. Cinco meses después fui objeto de una denuncia falsa, y en diciembre de 2020, condenado por «inmoral» a una pena de cárcel y a pagar cuantiosas multas por el Tribunal Supremo.
Esa condena es lo que me empujó a otro lugar. Ahora era un criminal y me habían expulsado de la polis, es decir, de la moralidad, y me encontraba donde los vagabundos, las putas y los locos. Desde esa posición, las normas que rigen los grupos de adscripción se vuelven irrelevantes, y resulta curioso advertir qué contorsiones ridículas, qué atuendos estrafalarios y qué muecas grotescas hay que adoptar para someterse a ellas. Es enormemente liberador no tener que observarlas más. También es enormemente doloroso.
Miré hacia atrás y vi que las personas que me habían castigado estaban enzarzadas en nuevas peleas sobre la conciencia social
Traspasado el umbral, sin embargo, ya no hay nada que perder. Miré hacia atrás y vi que las personas que me habían castigado estaban enzarzadas en nuevas peleas sobre la conciencia social. Todas decían tener mucha y las demás, poca. Bah. Entre ellas había personas e instituciones contestatarias que, no obstante, daban por bueno el relato mentiroso del poder judicial, que a su vez era el del poder mediático. Era una manzana podrida, pero venía envuelta en el papel de purpurina de una convicción moral, y nadie escapa al embrujo de unos lindos destellitos de colores. Muchas de esas personas e instituciones seguían la trayectoria de Homo Velamine, algunas habían sido compañeras de trabajo mías y otras habían tenido la oportunidad de estudiar los hechos de primera mano. Podían atravesar el muro de la desinformación, pero se encontraron en la encrucijada entre la verdad y la conciencia social. Tres ejemplos: la prensa autodenominada «crítica» conocía bien el caso, pero subscribió el marco narrativo de los grandes medios a los que dice cuestionar. Las directoras de Greenpeace, donde trabajaba, me despidieron tras la condena, por mucho que la organización pretenda construir contrapoder. Diversas ferias de publicaciones independientes vetaron nuestra participación, a pesar de que promueven la libertad creativa y la experimentación.
Este texto es un extracto de ‘Contra la conciencia social’ (Debate), de Anónimo García.
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