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La construcción del sueño

Henri Bergson defendía que los sueños no revelan deseos ocultos, sino que reorganizan los recuerdos que permanecen intactos en la memoria.

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20
agosto
2026

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La escena es esta: un perro ladra en el jardín de al lado. Dentro de la casa, un hombre duerme y sueña que arenga a una multitud furiosa que le grita, al unísono, que se largue. Se despierta sobresaltado. El ladrido y el grito son lo mismo, las dos caras de la moneda traducidas por una mente que trabaja con lo que tiene a mano. El hombre que cuenta esta anécdota en tercera persona es, por supuesto, él mismo: Henri Bergson (1859-1941), filósofo y Nobel de Literatura que dedicó una conferencia a explicar que los sueños no albergan interés de ninguna índole.

Los sueños significan, sí, pero no inventan nada. Ahí está el golpe de mano de Le rêve (1901) –traducido al español como La construcción del sueño–, un opúsculo, por lo demás, algo arisco. ¿Su tesis principal? Al dormir reciclamos lo vivido, pero jamás se crea nada original. El sueño toma manchas de color que flotan tras los párpados cerrados, también ruidos de la calle o la presión de la sábana contra la pierna; por encima les cose los recuerdos guardados.

En su texto, Bergson imagina el cajón donde las experiencias están resguardadas como una pirámide invertida o un edificio entero de recuerdos apilados desde el primer instante de conciencia. Nada se olvida nunca, asegura. Despiertos, una suerte de vigilante permite subir solo a los recuerdos útiles para lo que estamos haciendo ahora mismo; el resto aguarda abajo, paciente, «como fantasmas». Dormidos, el vigilante se distrae, la trampilla queda entreabierta y ahí abajo se organiza lo que el propio Bergson denomina una danza macabra. En esta atmósfera todos los recuerdos pujan por salir a la vez, pero solo consigue colarse el que casualmente encaja con la sensación del momento. Por ejemplo, el ladrido consigue subir al recuerdo de una multitud gritando porque ambos hacen ruido en el mismo sitio.

La tesis del filósofo es que al dormir reciclamos lo vivido, pero jamás se crea nada original

Es este un acto de dormir convertido en un mecanismo de relojería. Para el prologuista de varias ediciones de la obra del francés, el profesor Jean-Jacques Guinchard, en esa desmitificación en la que se embarca Bergson radica la paradoja en la que termina. Esto es, para desmitificar el sueño se recurre a Plotino, a las almas que planean sobre cuerpos sin terminar y caen sobre ellos por fascinación mutua. Bergson habla del sueño generando en su texto una atmósfera onírica, desmonta el misterio del soñar soñando en voz alta sobre él.

En la lectura se intuye otro fantasma recorriendo sus páginas y que no habrá pasado desapercibido: Sigmund Freud. Por aquel entonces La interpretación de los sueños llevaba un año publicada y a Bergson no le fue ajena. La menciona en una sola ocasión, entre paréntesis, y, al parecer, en la versión revisada de 1919 el nombre aparece flanqueado por autores que han quedado en el olvido. Es cierto que la metáfora del sótano le debe mucho más a Freud de lo que Bergson admitió. Aun así, en este último lo inconsciente no es tanto un sótano con secretos (deseos, traumas…) reprimidos que luchan por salir, como un almacén de cosas que ahora mismo no son de utilidad. En realidad, nada se esconde ni se reprime.

La segunda mitad del libro está protagonizada por Stevenson. Con ella el argumento se vuelve más intenso al entrar en el terreno personal. El escritor escocés juró y perjuró haber soñado, íntegras, las mejores tramas de sus obras, inclusive la escena de la ventana que da el pistoletazo de salida a El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Bergson responde con cierta condescendencia. Le dice que no, que se equivoca al hacer su propio diagnóstico. Cierto es que su mente trabajaba al soñar, pero, por decirlo de alguna manera, en un piso de reciclaje, no de producción. Su psique pudo generar la historia cual puzzle, con unas piezas que ya estaban ahí. Por su parte, Stevenson se decanta por achacar la obra a unos duendecillos nocturnos –sus «brownies»– que escriben para él mientras ronca.

En términos generales, Bergson nunca llegó a deslindar el sueño de la gran obsesión filosófica de toda su obra, el tiempo. Su filosofía defiende que el pasado no desaparece, que se acumula por completa en una duración que no conocemos del todo despiertos. Vinculado con la dimensión temporal, el sueño está lejos de ser una rareza aparte en su producción literaria. De hecho, es la prueba de que esa memoria total existe y que asoma cuando el vigilante de la atención se distrae. Con este espíritu, Le rêve es un apéndice –de bolsillo si se quiere, pero harto sugerente– de los grandes colosos bergsonianos, como Materia y memoria. Si algo tan trivial como el ladrido de un perro es capaz de resucitar un recuerdo de hace treinta años en un cerebro dormido, es que nada, nunca, se pierde del todo.

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