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Medio Ambiente

El colapso silencioso de los polinizadores

Las abejas y otros insectos polinizadores sostienen el 90% de las plantas silvestres, por lo que su descenso amenaza nuestra alimentación y nuestros ecosistemas. ¿Es posible revertirlo?

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16
marzo
2026

Los polinizadores son esenciales para garantizar la producción agrícola global. Sin ellos, muchos de los cultivos desaparecerían, lo que conllevaría una dieta más desequilibrada y mucho más cara, hambrunas locales o extinciones en cadena. Una sencilla ensalada de tomate con un puñado de nueces y unas pocas fresas, se convertiría, de hecho, en un plato inviable.

Un futuro nada halagüeño, pero hacia el que podríamos estar encaminándonos. Según un informe del IPBES (Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas), el 40% de las especies de abejas podrían estar amenazadas, así como el 16,5% de los polinizadores vertebrados.

Un estudio alemán publicado en PLOS One, muestra que la biomasa de insectos voladores (incluidos polinizadores) cayó un 76% entre 1998 y 2016. En España, la Estrategia Nacional de Conservación de Polinizadores, realizada por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO), confirma reducciones de polinizadores silvestres y menciona poblaciones de insectos disminuyendo hasta un 58% por presiones biológicas y antropogénicas.

En el caso de las abejas, reconocidas ampliamente como las polinizadoras más eficientes, el 9,2% de las especies europeas se encuentran amenazadas. En lo que se refiere a las tendencias en las poblaciones conocidas, el 7,7% disminuye, el 12,6% está estable y el 0,7% se incrementa, pero el 79% es desconocido, por lo que el número de especies en riesgo podría ser muy superior al estimado, en consonancia con los datos aportados por el IPBES. En el caso de las mariposas diurnas, se han registrado descensos a nivel europeo de hasta el 30% desde 1990.

¿Por qué hay cada vez menos animales transportando polen de una flor a otra? La pérdida y degradación de los hábitats es la causa principal del declive. Los cultivos intensivos sustituyen los prados y setos floridos por superficies homogéneas, por lo que los insectos pierden refugio, alimentos y lugares de nidificación. Además, la fragmentación también aísla las distintas poblaciones, que no pueden volar tan lejos para encontrar otros campos, por lo que se reduce su diversidad genética y se vuelven más vulnerables a cualquier estrés adicional. Por otro lado, los monocultivos pueden dar mucho néctar y polen durante un periodo corto, pero luego dejan «desiertos florales» el resto de la temporada, empeorando la nutrición de los agentes polinizadores.

El empleo inadecuado de insecticidas, herbicidas, fungicidas y fertilizantes también dispara la mortalidad de estos insectos, tanto silvestres como domésticos. Y las enfermedades y parásitos son otra causa del declive. Su impacto aumenta cuando los animales están mal nutridos. Las especies invasoras, por su parte, reducen el número de visitantes florales nativos compitiendo por comida, alterando hábitats, depredando o transmitiendo enfermedades. Y no solo los bichos invasores influyen, las plantas exóticas también disminuyen la efectividad polinizadora de las especies silvestres autóctonas.

Sin olvidarnos del cambio climático, que acelera la decadencia de los polinizadores al desincronizar sus ciclos vitales con las plantas y alterar los hábitats. La floración se adelanta, las especies tropicales pierden espacios, las olas de calor y sequías matan directamente las poblaciones, hay menos néctar por estrés hídrico en las plantas

Más del 75% de los cultivos alimentarios dependen de los polinizadores para producir

Las consecuencias de esto pueden ser catastróficas. Las abejas, mariposas y otros insectos hacen posible la vida tal y como la conocemos: polinizan casi el 90% de las plantas silvestres con flores, convirtiendo el polen en frutos y semillas esenciales para la naturaleza. Y eso no es todo: más del 75% de nuestros cultivos alimentarios —principalmente frutos secos como las almendras, frutas como la manzana, la pera, el melocotón, las cerezas, las fresas, la sandía o el aguacate, y hortalizas como el calabacín o el pepino— dependen de los polinizadores para producir.

Con su descenso, muchos ecosistemas podrían colapsar, ya que son esenciales para transportar el polen y que este se convierta en semillas y frutos, alimentando cadenas tróficas enteras. Un menor número de especies polinizadoras provocaría menor cobertura vegetal, mayor erosión y extinciones en cadena.

Para el ser humano también sería un problema: si desapareciesen el 75% de las frutas y hortalizas, habría importantísimas deficiencias nutricionales, por no hablar de los precios disparados, y la escasez alimentaria, especialmente entre las poblaciones más vulnerables. Un estudio publicado en 2022 en Environmental Health Perspectives calculó que entre el 3% y el 5% de la producción de frutas, verduras y nueces se pierde por polinización inadecuada, lo que resulta en unas 427.000 muertes anuales extra debido a la pérdida del consumo de alimentos saludables y a las enfermedades asociadas.

Para revertir este proceso, conviene actuar ya. Desde MITECO han elaborado un plan que propone diversas políticas para producir cambios tanto en los campos como en las ciudades. Así, se plantea generar hábitats seguros protegiendo praderas y setos clave, con «islas verdes» tanto en los cultivos como en los entornos urbanos. También crear paisajes agrícolas favorables, fomentando las cubiertas vegetales o la rotación de cultivos, e impulsando la agricultura ecológica y la presencia de variedades vegetales más diversas y resistentes. Además, mejorar la gestión apícola, controlando plagas, patógenos y especies invasoras, y reducir el riesgo por el uso de pesticidas tóxicos. En resumen, lo que hace falta no es una medida concreta, sino cambiar el modelo.

A pequeña escala, muchos podemos colaborar en esto con nuestros jardines y balcones: sembrando plantas nativas melíferas que, combinadas, ofrezcan néctar y polen a los polinizadores durante todo el año: romero, lavanda, orégano, campanillas, cardos…, evitando el uso de pesticidas agresivos. Así contribuiremos a crear corredores de polen que ayuden a la multiplicación de las abejas y otros insectos polinizadores.

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