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Medio Ambiente

Hacer que llueva

La siembra de nubes, desarrollada desde los experimentos de Schaefer en 1946, permite modificar artificialmente las precipitaciones mediante yoduro de plata, aunque su eficacia y sus riesgos ambientales y geopolíticos siguen siendo objeto de debate.

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13
mayo
2026

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Un caluroso y húmedo día de julio de 1946, el científico Vincent Joseph Schaefer tropezó con el principio físico que permitiría fabricar lluvia. Trabajaba entonces en métodos para evitar que se formara hielo en las alas de los aviones, y para sus experimentos se servía de una simple nevera. Aquella tarde, frustrado porque la máquina no se enfriaba, introdujo un trozo de hielo seco para acelerar el proceso. El aire saturado del interior estalló en una nube espesa de cristales relucientes. Allí estaba la clave: cualquier material por debajo de los -40 grados bastaba para que el agua sobreenfriada del aire húmedo cristalizara de forma espontánea.

Meses después, Schaefer y su equipo llevaron el experimento al campo. Desde un avión arrojaron seis libras de hielo seco sobre las montañas de Berkshire, y provocaron la primera nevada artificial de la historia. Apenas unas semanas más tarde, su colega Bernard Vonnegut —hermano del célebre escritor— teorizó que un compuesto con una estructura cristalográfica similar a la del hielo sería el nucleante más eficiente. Acabó identificándolo: el yoduro de plata, que hoy en día sigue siendo la sustancia más utilizada.

Lo que aquellos hombres habían descubierto se llamaría después «siembra de nubes»: una técnica de modificación del tiempo atmosférico que busca alterar la cantidad o el tipo de precipitación que produce una nube ya formada. La intuición es sencilla: en una nube fría, el agua puede permanecer en estado líquido a temperaturas muy por debajo de cero, porque para congelarse necesita un núcleo de hielo sobre el que cristalizar. Sembrar consiste en introducir esos núcleos de manera artificial.

La siembra puede hacerse desde el suelo o desde el aire. Desde el suelo, generadores fijos o móviles situados en zonas elevadas a barlovento queman una solución de yoduro de plata y acetona; las corrientes ascendentes elevan las partículas hacia la nube. Desde el aire, aviones que atraviesan o sobrevuelan la formación nubosa liberan bengalas pirotécnicas con yoduro de plata.

Según la Organización Meteorológica Mundial, hoy más de 50 países cuentan con programas operativos de modificación del tiempo. China dirige el más ambicioso y mejor documentado: en 2020, su Consejo de Estado anunció la intención de extender el sistema a más de 5,5 millones de kilómetros cuadrados —una superficie 1,5 veces el tamaño de la India— para 2025. El país ya había recurrido a esta técnica para asegurar cielos despejados durante la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Pekín de 2008. Otros programas relevantes son los de Emiratos Árabes Unidos y Estados Unidos, pionero histórico, aunque hoy presenta un mapa de uso fragmentado.

Más de 50 países cuentan con programas operativos de modificación del tiempo

En España, la siembra de nubes se aplica desde hace décadas en zonas agrícolas de la Comunidad de Madrid y de Zaragoza, unos pocos días al año y con el objetivo de reducir el impacto del granizo. Madrid, de hecho, recurre a este sistema desde 1976. Generadores instalados en el suelo activan yoduro de plata mezclado con acetona durante la campaña antigranizo, de mayo a septiembre, cuando AEMET emite predicción de riesgo.

El gran reto técnico de la siembra de nubes no está en ejecutarla, sino en demostrar que ha funcionado. No existe grupo de control posible —no se puede hacer llover sobre una nube y, al mismo tiempo, observar qué habría hecho esa misma nube sin intervención—, de modo que separar la lluvia provocada de la que habría caído de todas formas resulta muy difícil. La meteorología es caótica y variable, y las cifras de incremento del 10-15 % que manejan las empresas del sector se calculan a partir de modelos estadísticos comparativos, no de experimentos controlados en sentido estricto.

El procedimiento no está exento de controversias. Su uso militar quedó prohibido por la Convención ENMOD, aprobada por la Asamblea General de la ONU en 1976, una norma que respondía en buena parte a la Operación Popeye: un programa secreto de siembra de nubes ejecutado por las Fuerzas Aéreas estadounidenses durante la guerra de Vietnam con el propósito de prolongar la temporada del monzón sobre la ruta Ho Chi Minh. Es el único caso confirmado en el que la técnica se ha empleado como arma en un conflicto entre Estados.

El plan chino de cubrir 5,5 millones de kilómetros cuadrados también ha generado inquietud en India, cuya agricultura depende del monzón, ya alterado por el cambio climático. Analistas indios temen que una siembra masiva pueda interferir con el régimen de lluvias en India, Birmania o Vietnam.

Existe, por último, un debate abierto sobre la toxicidad del yoduro de plata. Una corriente de estudios sostiene que la sustancia permanece en estado sólido en el ambiente y no se disocia con facilidad en sus iones componentes, por lo que no se vuelve biodisponible. El Bulletin of the Atomic Scientists recuerda que el compuesto está regulado bajo la Clean Water Act estadounidense como sustancia peligrosa y figura como contaminante prioritario y tóxico ante la EPA. Otros trabajos documentan riesgos por bioacumulación, especialmente en la fauna acuática.

Como tantos otros inventos, la siembra de nubes admite dos usos opuestos: puede emplearse para reparar, en parte, los ritmos de una naturaleza ya alterada por la mano humana, o para alterarlos todavía más.

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