TENDENCIAS
Salud

Así ha cambiado la alimentación de nuestros hijos

La preocupación por los hábitos saludables ha hecho que se olviden costumbres que, hace unas décadas, eran básicas para la alimentación infantil. Sin embargo, las estadísticas apuntan que la infancia del pasado comía de forma más saludable.

Artículo

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
14
abril
2026

Artículo

Es una tarde cualquiera de 1993. La niña de esta historia ha llegado de la escuela. Su madre enciende la televisión, en alguno de los canales que emiten dibujos, y pone sobre la mesita de la sala un bocata de chorizo o mortadela y un zumo pequeño de brick. Los niños y las niñas que merendaron esas cosas no repiten, sin embargo, ese mismo menú para la alimentación de sus hijas e hijos. Desde ese entonces, las cosas han cambiado mucho.

De entrada, en las últimas décadas se ha modificado lo que se percibe como saludable y lo que no. Cuestiones que en los años 80 y 90 se veían como válidas ahora ya no. Y también se han producido cambios en la cultura gastronómica y en la sociedad. Uno de los cambios más notables se ha producido en las recomendaciones de alimentación. Lo que se les decía a madres y padres de hace treinta años sobre qué era adecuado para sus hijos es bastante diferente a lo que se dice ahora. Un ejemplo claro son las recomendaciones sobre cómo introducir alimentos en la dieta de los bebés. Ahora se favorece la introducción temprana de potenciales alergénicos para aumentar la tolerancia o se relativiza el orden de incorporación a la dieta de diferentes alimentos (frente al muy pautado calendario del pasado). Incluso se han asentado modelos que rompen con lo que se daba por sentado, como la necesidad de usar papillas. El baby-led weaning no solo evita el pasapurés, sino que da cierta autonomía a los bebés.

También se tiene más en cuenta sus gustos y preferencias. La Generación Alfa (nacida después de 2010) es más «aventurera con los sabores», según un estudio de Mintel, y al 78% de sus progenitores le importa que sus criaturas prueben diferentes comidas. Pero esto no quiere decir que estas niñas y niños vayan a tener que comer cosas que no les gustan: el 63% de los padres y madres reconoce que sus descendientes influyen en gran medida en qué se come en familia.

Igualmente, y como demuestran las líneas de marketing dela industria alimentaria y los contenidos de influencers familiares, estas madres y padres se preocupan por lo saludable. Uno de los elementos de presión sobre la maternidad y paternidad del siglo XXI es hacer que niños y niñas coman de forma perfecta, sin azúcares, chucherías, ultraprocesados y otros elementos considerados prohibidos. Los cumpleaños se han convertido en focos de tensión sobre qué se pondrá sobre la mesa y los palitos de zanahoria con humus en la imagen aspiracional que ha barrido con el tradicional phoskito.

Esta obsesión por lo sano genera una paradoja, porque al tiempo los datos de las estadísticas dicen que la infancia del pasado comía de forma más saludable que la del presente. El Estudio Nutricional y de Hábitos Alimentarios de la Población Española, de la Fundación Eroski, concluye que entre 2000 y 2015 la tasa de obesidad entre menores de 6 a 9 años subió un 22,8%.

Otro estudio, de la Gasol Foundation, señala que, en España, el 91,8% de la infancia (8 a 16 años) no llega a las dos raciones de verduras al día y un 86% ni siquiera a una. Un 59% tampoco come ni una sola pieza de fruta diaria. Y menos del 40% de los niños y niñas españoles cumple con la afamada dieta mediterránea. Los ultraprocesados han ganado peso en la dieta diaria.

Entre 2000 y 2015, la tasa de obesidad entre menores de 6 a 9 años subió un 22,8%

Incluso se está produciendo una brecha socioeconómica, en la que la que la dieta de la infancia y sus datos de salud son peores cuanto más baja es la renta familiar, como se puede concluir leyendo las últimas cifras del Estudio Aladino del Ministerio de Consumo.

Los precios de la cesta de la compra pueden ser un lastre, pero no son el único elemento de impacto negativo sobre la dieta. Las fuentes expertas hablan de una pérdida de cultura culinaria, en la que no se está comiendo bien porque no se sabe realmente cómo hacerlo. Es un contexto que afecta a toda la sociedad, pero la infancia es la que sale peor parada. «Los niños son los que peor comen», sintetiza Felipe Baier, tesorero del Colegio de Nutricionistas de Valencia, en la Cadena Ser.

Un ejemplo para comprenderlo es el consumo de legumbres. Hasta hace unas décadas eran una de las piezas básicas de la dieta española, más saludable que la apuesta actual por las proteínas de la carne. Se pasó de un consumo medio por persona de 4,6 a 3,6 raciones de legumbres a la semana en los años 60 a 1,5 en los años 2000, una cifra que ha ido cayendo desde entonces y que ha ido alejando a España de las recomendaciones de alimentación saludable. Si los adultos de referencia no comen lentejas o garbanzos, tampoco lo harán las niñas y niños.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME