La aceptación radical
Frente a lo inevitable, frente a lo que ya no tiene remedio, solo cabe la aceptación radical. No resignación pasiva, sino lucidez: reconocer que volver una y otra vez sobre el pasado no lo modifica. Aceptar no es aprobar ni justificar; es comprender que la realidad se impone y que, ante ciertos hechos, no existe reparación posible.
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Reflexionar sobre la vida es aceptar que la vida es, ante todo, camino e incertidumbre. Un trayecto que no controlamos del todo, en el que aparecen el dolor, el rechazo, la angustia, la desesperanza. Crecemos creyendo que el esfuerzo y la paciencia nos garantizan un resultado, pero pronto aprendemos que no siempre es así. El empeño sostenido no asegura el éxito; la constancia no blinda frente al fracaso. Por eso resulta tan necesaria –y tan difícil – la educación en la tolerancia a la frustración, en la fortaleza para aceptar el fracaso.
La paciencia y el esfuerzo son virtudes arduas de aprender, sobre todo para quienes han tenido todo al alcance de la mano. Sin embargo, incluso quien ha luchado con tesón puede encontrarse con el no rotundo de la realidad: un amor que termina, un despido inesperado, una ruina económica, una oposición que no se supera tras años de estudio. Entonces aparece la pregunta decisiva: ¿qué hacer cuando aquello que deseábamos no sucede? ¿Qué hacer cuando no logramos el objetivo por el que luchamos con denodado y perseverante esfuerzo?
Frente a lo inevitable, frente a lo que ya no tiene remedio, solo cabe la aceptación radical. No resignación pasiva, sino lucidez: reconocer que volver una y otra vez sobre el pasado no lo modifica. Aceptar no es aprobar ni justificar; es comprender que la realidad se impone y que, ante ciertos hechos, no existe reparación posible.
«A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había extraviado», escribió Dante Alighieri
Recuerdo el caso trágico de un opositor que, tras varios intentos fallidos, incapaz de tolerar el fracaso, disparó contra el presidente del tribunal –un hombre reconocido por su bondad– y después se quitó la vida. «Has arruinado mi vida», dijo antes. Pero nadie arruina la vida de otro por no concederle un aprobado. Hay una fractura interior más profunda cuando el no se vuelve insoportable.
Las cosas pueden salir mal de muchas formas distintas. «A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había extraviado», escribió Dante Alighieri en la Divina Comedia. Todos atravesamos alguna vez esa selva oscura. ¿Quién de nosotros está, acaso, libre de extraviarse? ¿Capaz de encontrar un refugio donde protegerse ante la catástrofe?
He leído recientemente En la naturaleza las cosas crecen, de Yiyun Li (Chai Editora, 2025), un libro escrito desde el futuro devastado por el suicidio de sus dos hijos, Vincent y James, quienes decidieron poner fin a su vida con seis años de diferencia, uno en la adolescencia, el otro en la primera juventud, dejando a sus padres sumidos en un abismo existencial explicable, pero ante el cual su madre no se rebela. Comprende que ante la muerte no cabe recurso alguno. Solo la aceptación radical.
En El mito de Sísifo, Albert Camus escribió: «Solo hay un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio». Preguntarse si la vida vale o no la pena ser vivida es formular la cuestión fundamental. Y, sin embargo, que la vida «valga la pena» en abstracto no significa que cada persona, en su dolor concreto, pueda sentirlo así. Entre el valor objetivo de la vida y la percepción subjetiva de quien solo ve un abismo, se abre la grieta donde nace la idea del suicidio.
Hoy el suicidio es la segunda causa de muerte entre los jóvenes. Esta cifra no es un dato frío: es una interpelación. ¿Qué significa que tantos jóvenes, en el inicio de su camino, sientan que no hay salida? ¿Qué revela sobre nuestras soledades? Decir que «los jóvenes no piensan» es una frivolidad. Nadie ejecuta un acto tan radical y absoluto sin atravesar un proceso interior profundo, aunque esté marcado por la desesperación.
Pienso en escritores, para mí referentes, que se suicidaron. Stefan Zweig, que puso fin a su vida convencido de que el mundo que amaba había desaparecido bajo el avance del nazismo. En Sándor Márai, que tras la muerte de su esposa, su hijo adoptivo y su hermano no superó la tristeza; en Hemingway, Mishima o Pavese. El arte no siempre salva. Tampoco el talento, ni el reconocimiento, ni la lucidez.
Pienso también en Judas Iscariote, vencido por el remordimiento tras entregar a Jesús. Se dictó a sí mismo una sentencia sin indulto. Frente a él, Pedro lloró y continuó viviendo. Dos respuestas distintas ante la culpa, ambas merecedoras de respeto. ¿Quién osa condenar a Judas?
El libro de Yiyun Li es un bisturí que te atraviesa la mente y el corazón. Si eres padre o madre, entenderás qué puede significar que tus hijos se quiten la vida a pesar de haberte esforzado por ser un buen padre o una buena madre. No hay palabras para expresar el abismo. Aunque cambiases tu vida, y mil vidas que tuvieras por la de ellos, eso resulta ya imposible. Como inútil resulta reprocharse mil veces lo que no hiciste, lo que no viste, lo que no entendiste a tiempo. Ante la realidad de la muerte, solo cabe la aceptación radical y seguir hacia adelante, aunque sea en el abismo. Ante la muerte no existe un futuro posible: solo reconocer y aceptar que la decisión última fue de otro, de una persona singular y única que decidió marcharse y poner fin a su existencia. Y ese reconocimiento, terrible y necesario, respetuoso con el otro, forma parte de la aceptación radical.
Yiyun Li propone aprender a sufrir, vivir con dignidad en el abismo. Distinguir aquello por lo que merece la pena sufrir de lo que es pasajero. Todo es provisorio salvo la muerte. Solo la muerte clausura definitivamente el horizonte.
Ante el suicidio, quienes permanecemos en el mundo solo podemos responder con el silencio y el respeto ante esa decisión esencialmente humana. No la condena apresurada, no el juicio simplista, ni la indiferencia. El suicidio es un acto humano extremo, radical, que exige reflexión, la misma reflexión del suicida antes de decidir poner fin a su vida. Como escribe la autora refiriéndose al suicidio de sus hijos: «Ambos siguieron su camino con más resolución de la que yo habría querido y los dos cruzaron esa enorme y terrible distancia después de decirles “Te quiero” por última vez».
«La vida es una tragedia para los que sienten y una comedia para los que piensan», escribió Jean de La Bruyère, como recuerda Yiyun Li, refiriéndose a sus hijos, uno más sensible, el otro más intelectual y pensativo. Quizá la madurez consista en aprender a sentir sin hundirse y a pensar sin endurecerse.
En un momento del libro, Yiyun Li escribe: «No hay salvación real de la propia vida; sin embargo, los libros ofrecen una aproximación». También para ella, porque ¿qué tarea le queda a una madre que pierde a sus hijos a destiempo, que no sea la de escribir su radical experiencia? Aunque cada ser humano habite su abismo en soledad, a través de la escritura podemos compartir el nuestro con otros, ayudarles a entender y comprender que no están solos en el infinito mundo personal que nos toca a cada uno habitar.
Cada uno transita su soledad, pero al compartir la experiencia del dolor construimos un puente para que otros pueden atravesarlo
Nadie tiene asegurada la salvación de la propia vida. Pero los libros –y el pensamiento– ofrecen una guía para transitarla. Cada uno transita su soledad, pero al compartir la experiencia del dolor construimos un puente para que otros pueden atravesarlo. Escribir, como forma de explicar cómo se vive en el abismo sin caer del todo en él. Quizás ese fuera uno de los motivos principales por los que se suicidó Hemingway, como confesó su propia esposa: que el deterioro de su salud le impedía escribir.
Reflexionar sobre la vida es aceptar su fragilidad. Reflexionar sobre la muerte es reconocer su carácter absoluto. Y reflexionar sobre el suicidio –segunda causa de muerte entre los jóvenes– es un deber colectivo: preguntarnos qué futuro estamos ofreciendo a los jóvenes, qué les estamos exigiendo, qué silencios estamos dejando crecer con nuestra indiferencia
La aceptación radical no elimina el dolor. Lo coloca en su verdadera dimensión, como parte del camino. Y nos recuerda que, mientras hay vida –frágil, incierta, herida– todo lo demás es todavía provisorio.
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