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Susan C. Stokes

«No hay que confundir los partidos que no nos gustan con los partidos que destruyen la democracia»

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22
septiembre
2026

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Es fácil saber de quiénes hablamos cuando nos referimos a políticos que socavan las instituciones democráticas. Son aquellos que mienten impunemente, amenazan a jueces, periodistas, tratan de colocarse por encima de la ley, amplían sus poderes, se aferran al poder con ferocidad cainita, manejan la crispación con las paparruchas y suelen hacer de sus mandatos un espectáculo grotesco, próximo a la comedia bufa. La analista política Susan C. Stokes (Michigan, Estados Unidos, 1959) aborda en su último ensayo, ‘Los regresores. Líderes que erosionan sus propias democracias’ (Galaxia Gutenberg, 2026), el deterioro del sistema democrático sufrido en los últimos años y propone algunas maneras de intentar reparar esa herida.


¿Qué indicios tempranos deberían alertar a una sociedad de que su democracia está comenzando a deteriorarse?

Hay algunos síntomas que se producen en la sociedad civil, por ejemplo, la expansión de una cultura del escepticismo sobre las instituciones. Este es un hecho que se ha estudiado con detalle desde los últimos 50 años, el declive continuo de la confianza en las instituciones, no solo políticas, también bancarias, deportivas, educativas… El escepticismo, casi nihilismo democrático, es un claro síntoma. Otro, la polarización, el hecho no de que discrepemos, sino de que empecemos a odiarnos por pensar diferente. Esos dos factores hay políticos que les sacan rédito y agudizan ambas tendencias, sin saber el daño que causan a las democracias. Estos políticos que erosionan el sistema no solo son presidentes de países, sino líderes locales, presidentes de comunidades o regiones, tienden a romper las reglas, a poner en duda las normas, a hablar mal de la prensa. Hace ocho o diez años, cuando se inició el retroceso democrático era más difícil reconocer los síntomas. Uno, ante ciertas determinaciones políticas, podía pensar «qué raro que hagan esto, que cambien esta norma…», pero poco a poco se fue perfilando el dibujo.

«El escepticismo, casi el nihilismo democrático, es un claro síntoma de que la democracia está comenzando a deteriorarse»

La erosión democrática suele producirse mediante acciones sutiles que van provocando cambios graduales y aparentemente legales. Hay casos más grotescos, pienso en Trump o Milei, pero hay otros líderes como Bukele, incluso políticos que lo erosionan desde la oposición, ¿cuáles son más peligrosos?, ¿siempre es fácil distinguirlos?

Varían mucho, dependen del carácter, de su personalidad, de su capacidad estratégica. Es mucho mejor estratega Orban que Trump; Bukele resulta maquiavélico. Algunos, como Milei tienen características de bufón… Pero todos ellos fomentan el odio entre la gente, la ira. En el ensayo también hablo de los líderes que atraen a sus votantes a través de un discurso de odio, de miedo, esas bases psicológicas tan importantes que manejan unos y otros; en cambio, también hay políticos que emplean emociones positivas para que nos acerquemos a ello. Pienso en el entusiasmo de Reagan, tan optimista, en lo luminoso del mensaje de Obama, con su Yes, we can; Trump se ha colocado en el lado contrario, pero su magia se ha roto, la gente empieza a buscar un mensaje más optimista, como el de Mamdani. Hay políticos que rentabilizan en votos su ataque a las instituciones, pero esto no es inevitable, saldremos de ahí.

¿Cuál es la diferencia entre la crítica o el disenso legítimo de un político con determinadas instituciones (prensa, jueces) y socavar deliberadamente su legitimidad?

Ah, bien visto… Creo que cuanto menos opine un político sobre ellas, mejor. Si quieren mostrar su rechazo a determinadas informaciones o decisiones judiciales, que gobiernen mejor. En Estados Unidos hemos llegado a un extremo en el que el presidente no solo critica, sino que intimida, enjuicia, censura. Eso es radicalmente antidemocrático. Hemos ido tan lejos en el límite aceptable que mejor que los políticos no entren en ese juego de criticar a las instituciones que ponen en entredicho su discurso; es peligroso, porque una vez que se pierde la confianza en las instituciones, es difícil recuperarla.

«Una vez que se pierde la confianza en las instituciones, es difícil recuperarla»

¿Es posible justificar ciertas limitaciones a las libertades democráticas en nombre de la seguridad o la estabilidad?

Creo que es muy importante proteger la libertad y el bienestar de la gente, pero esto no es incompatible con preservar las instituciones democráticas. Lula, en Brasil, es un ejemplo, no perfecto, de un dirigente político que trata de mejorar el Estado de bienestar de su gente respetando las instituciones. Al contrario que Bukele, que soluciona el problema de inseguridad del país –que fue terrible– a cambio de impunidad para determinadas prácticas de dudosa democracia, cuando no directamente antidemocráticas. A veces la gente tolera gobiernos que limitan las libertad con el argumento de que es necesario, y el problema es que poco a poco ceden libertades y derechos al gobierno que después no es tan fácil recuperarlos.

¿Qué análisis haría del presidente de España, Pedro Sánchez?

No soy experta en política española, pero puedo decirte que Pedro Sánchez inspiró a mucha gente en Estados Unidos, por sus posiciones, por sus aspiraciones, por su aspecto, su energía… Vamos a ver ahora cómo encaja el desgaste, el haber gobernado en coalición, las numerosas situaciones difíciles que ha tenido que gestionar, las acusaciones de corrupción… La gente se cansa y es normal que haya cambios en algún momento. Pienso en Suecia, donde surgió un partido político de derechas, con un discurso antiinmigración, que tuvo mucho éxito, subió en las encuestas y llegó a acceder al poder en coalición con el partido moderado; sin embargo, eso no ha supuesto una erosión para la democracia, y ahora vuelve al poder la izquierda. Pensemos en Italia, en el miedo que había de lo que supuestamente supondría la llegada de Meloni al poder. No hay que confundir los partidos que no nos gustan con los partidos, políticas y mensajes que destruyen la democracia.

Usted aboga por la elección directa, por movimientos más o menos asamblearios, comunitarios. Hubo un tiempo reciente en que esas tesis hicieron brotar una enorme esperanza que se tornó en decepción. ¿Hasta qué punto los ciudadanos tienen responsabilidad en permitir o frenar la erosión democrática?

Tenemos mucha capacidad de hacer cosas que importan como individuos; desde luego, el arma más importante para alejar a los erosionistas del poder es no votarlos. En Hungría se han ido porque perdieron las elecciones. La movilización social perjudica a los erosionistas, como se vio en el caso de Jacob Zuma, en Sudáfrica, o con Boris Johnson, en Reino Unido; la opinión pública tiene un enorme poder. A veces, incluso, es capaz de sacar del gobierno a sus dirigentes, como ocurrió con Yanukóvich, en Ucrania. Es un ejemplo, pero lo normal es que las manifestaciones por sí solas no basten. Sin embargo, son muy importantes, primero porque lanzan el mensaje de que no todos estamos de acuerdo; segundo, porque ejercemos un derecho que rompe la narrativa de que las cosas son inevitables.

«El arma más importante para alejar a los erosionistas del poder es no votarlos»

Usted coloca el inicio del declive democrático con el gobierno de Hugo Chávez. Pongamos por caso que Maduro es un líder legítimo y democrático, pongamos por caso que Trump es el adalid de los valores democráticos. ¿La injerencia de Trump al raptar al presidente de un país como Venezuela, ante la pasividad del resto del mundo, no es la actitud antidemocrática por excelencia?

Es terrible lo que pasó. Y más lo que ocurrió después, porque no raptaron a Maduro para devolver la democracia a Venezuela, traicionaron al pueblo, que había votado por la líder de la oposición, a la que se dejó al margen de esta operación, y descaradamente vimos que lo único que quería Estados Unidos era el petróleo venezolano. El hecho de que Maduro fuera un corrupto en ningún caso justifica que se violen las leyes y normas del derecho internacional.

¿Se entiende la actitud de Europa en este conflicto?

Europa estaba entonces bastante atada a las amenazas de Trump, económicas y estratégicas. Felizmente, la Corte Suprema puso fin a su manera de proceder, al menos de manera temporal. Es tan negativo que incluso lo es para sí, debilitando la economía de algunos estados, como Michigan, cuya economía está estrechamente ligada a la de Canadá, y Trump inicia una pelea con Canadá que solo puede beneficiar a los republicanos.

«En Estados Unidos, Trump se marchará, como se marchó Orban de Hungría o Bolsonaro de Brasil»

Los líderes erosionistas emplean la polarización y la desinformación para acaparar más poder. ¿No es posible que las redes sociales queden del lado de la ciudadanía como herramienta útil en vez de contribuir al desconcierto?

En Estados Unidos se aprobó una ley que hizo muy difícil regular las redes, pero eso no significa que no se pueda cambiar esa ley. Participar en las redes quiere decir que se amplifican las voces que uno escucha, silenciar otras… no son pluralistas, aumentan las sensaciones de antipatía, de odio… Todo esto es muy negativo, pero las investigaciones sobre el efecto político de las redes es ambigua, primero porque frente a la mala información que circula por las redes, también circula información muy útil y auténtica; hay voces que antes no se escuchaban, y eso es sano, permiten conversaciones colectivas. No está probado que por sí mismas erosionen los sistemas democráticos. Canadá es un país muy activo en redes que no ha sufrido erosión democrática alguna.

¿Hay motivos para cierto optimismo dado el encapotado panorama internacional?

Sin duda, pero hay que trabajar. En Estados Unidos están cambiando las cosas, aunque parezca que eso no se comunica al mundo, hemos visto los peligros de políticos como los que tenemos, las consecuencias de sus errores, y existe una enorme movilización entre la población en contra de Trump y sus políticas. En Estados Unidos, Trump se marchará, como se marchó Orban de Hungría o Bolsonaro de Brasil. Sí, tengo cierto optimismo.

¿A pesar de la amenaza de la inteligencia artificial…?

Uf, la IA es un terremoto de consecuencias aún imprevisibles… Pero aun así, sí, mantengo cierto optimismo.

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