Ignacio Martínez
«La selección natural no premió al más fuerte, sino al que mejor aprendió a cooperar»
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Ignacio Martínez Mendizábal es catedrático de Antropología de la Universidad de Alcalá y codirector de los yacimientos de Atapuerca. Como corresponsable de las investigaciones en la provincia de Burgos ha conseguido arrojar luz sobre lo que pensábamos que eran nuestros orígenes como especie. Y lo hace sabiendo que tenemos que liberarnos de los prejuicios a la hora de interpretar los hallazgos arqueológicos.
Se suele decir que en Atapuerca no solo han encontrado huesos, sino «amor fosilizado». ¿Cómo cambia nuestra percepción de la prehistoria descubrir que la compasión ya estaba presente hace medio millón de años?
Este es, sin duda, uno de los hallazgos que más impacto ha tenido a nivel popular, más allá de la academia. El yacimiento de la Sima de los Huesos nos ha permitido ver que la gente que vivía hace medio millón de años era mucho más humana de lo que nos imaginábamos. Tradicionalmente, el imaginario colectivo asociaba lo primitivo o lo antiguo con lo salvaje y lo bárbaro. Sin embargo, lo que estamos viendo es precisamente lo contrario: cuidados a personas vulnerables que nos devuelven una imagen de humanidad irrebatible. Esto nos dice mucho sobre nosotros mismos, pues revela que la compasión no es un invento reciente, sino algo profundamente antiguo en nuestra evolución y en nuestro linaje. Al analizar el pasado, no vemos estas cosas directamente en los fósiles, sino que los interpretamos a la luz de lo que sabemos de la especie humana actual. Sabemos que hoy somos una especie súper cooperativa, con una capacidad de cooperación única en la biosfera que trasciende los lazos de consanguinidad. En otras especies sociales, como chimpancés o delfines, la sociabilidad es principalmente familiar; nosotros, en cambio, cooperamos con personas con las que no tenemos ningún vínculo de sangre por un propósito común. Al rastrear esto hacia atrás, casos como los de cuidados a vulnerables son datos «fuertes» que nos hablan de grupos muy cohesionados donde existía la empatía: esa capacidad emocional de sentir lo que siente el otro. Es lo que hace que hoy te estremezcas al ver noticias del terremoto de Venezuela; sientes su angustia sin conocerlos. Eso es lo que hemos llamado «amor fosilizado»: la prueba de que todo el grupo ayudaba a quienes no podían valerse por sí mismos.
«La compasión no es un invento reciente, sino algo profundamente antiguo en nuestra evolución»
El caso de ‘Benjamina’, la niña con craneosinostosis, es emblemático. ¿Qué nos dice su existencia sobre la supuesta «ley del más fuerte» en la evolución humana?
Benjamina es el paradigma, una niña que sufría una enfermedad muy complicada y que logró sobrevivir hasta los 12 años en un entorno sin cuidados médicos modernos. Pero es que ahora tenemos un caso todavía más impactante: el de ‘Tina’, una niña neandertal con síndrome de Down que sobrevivió entre los 6 y los 11 años. El caso de Tina es fundamental porque refuerza al de Benjamina; cuando tienes un solo caso, siempre cabe la sospecha de que sea algo aislado o mal interpretado, pero ahora tenemos dos individuos en linajes que entroncan hace casi un millón de años. Si esto existía en los neandertales y existe en nosotros, es razonable pensar que o bien apareció en paralelo —lo cual es biológicamente fascinante— o lo heredamos de un antepasado común muy lejano. Esto rompe totalmente con la idea subjetiva de la «ley del más fuerte». Darwin ya se dio cuenta de que, aunque compitas dentro del grupo por ser el «más guay» o el que más goles mete, la supervivencia de los individuos depende de que al grupo le vaya bien. Si sometes a una crisis gorda a dos grupos, uno formado por personas empáticas que cooperan y otro donde predomina el egoísmo del más fuerte, el grupo que colabora tiene muchísimas más probabilidades de sobrevivir. Nuestra supervivencia está ligada a la del grupo, por lo que la evolución ha seleccionado a las poblaciones más cooperativas. Usando una metáfora futbolística: un equipo de figuras que no cooperan pierde contra uno de gente más modesta que se ayuda en defensa y ataque. Cuidar de un individuo vulnerable no es «adaptativo» en términos individuales, pero es el síntoma de algo que sí lo es: la solidaridad que hace que el grupo sea excelente.
¿Es la atención a la diversidad, entonces, un rasgo definitorio de nuestra estirpe?
Absolutamente. Somos tan empáticos que proyectamos amor incluso sobre mascotas u objetos. El problema es que solo activamos esa empatía con aquellos que reconocemos como parte de nuestro grupo, como «humanos». Cuando no reconocemos esa humanidad en el otro, somos capaces de cosificarlo, que es el origen del racismo, la xenofobia y las guerras. Por eso la integración consiste en conocerse: en el momento en que ves que el «otro» tiene niños que pasan por lo mismo que los tuyos, la empatía se pone en marcha automáticamente.
Usted ha investigado el caso de ‘Elvis’, un individuo anciano. ¿Fue la protección de los mayores la primera red de seguridad social de la historia?
En nuestras sociedades occidentales actuales, los mayores a veces se ven como una carga, pero en una sociedad natural eran el «consejo de sabios». Los mayores tienen ascendencia sobre los demás y son fundamentales para moderar conflictos, cuidar a los pequeños y transmitir conocimientos vitales: qué plantas sirven para curar, por dónde van los caminos o cuándo va a llover. Son el pegamento que da cohesión al grupo. Con ‘Elvis’, el anciano con problemas de espalda de la Sima de los Huesos, siempre nos quedó la duda de si lo cuidaban por empatía o porque les era útil por su sabiduría. Sin embargo, los casos de las niñas Benjamina y Tina despejan esa duda: ellas no habían tenido tiempo de hacerse querer ni tenían conocimientos que aportar; su cuidado fue un acto de amor gratuito que no reportaba ningún beneficio material.
Darwin sostenía que el amor fue uno de los motores de la evolución. A la luz de Atapuerca, ¿la selección natural premió también la solidaridad?
Sí, pero siempre a nivel de grupo. A nivel individual, ser solidario es casi un «tiro en el pie» porque sacrificas tus intereses y disminuyes tus probabilidades de reproducirte para beneficiar a otro. Si la selección fuera solo individual, el altruismo solo se daría entre parientes que comparten tus genes. La única manera de que la solidaridad se extendiera fuera de la consanguinidad es porque nuestra vida depende de la supervivencia del colectivo. Los grupos con más gente solidaria son los que, a la larga, han prevalecido en la historia evolutiva.
«Los grupos con más gente solidaria son los que, a la larga, han prevalecido en la historia evolutiva»
Atapuerca también muestra que hace 500.000 años ya se cuidaba a los muertos. ¿Es la consciencia del dolor ajeno lo que nos hace humanos?
En la Sima de los Huesos tenemos la primera evidencia de grupos que se ocuparon de sus muertos, llevándolos a un sitio resguardado. Además, está ese objeto misterioso, el bifaz de piedra roja llamado ‘Excalibur’, que apareció junto a 30 cadáveres. Es difícil no asociarlo a algún tipo de ritual o simbolismo, aunque el simbolismo es imposible de demostrar científicamente. Lo que es fascinante es que esa conciencia de la muerte y del dolor ajeno no es exclusiva de nuestra especie, pues los neandertales también la tenían. Esto nos indica que es una adaptación biológica muy antigua y extremadamente lógica: si algo funciona para cohesionar al grupo, la evolución tiende a mantenerlo.
Usted sostiene que el lenguaje pudo surgir por la necesidad de compartir valores. ¿Significa esto que el lenguaje es más emotivo que racional?
Es un debate complejo entre lingüistas y psicólogos. Nosotros en paleontología hemos desarrollado una línea para rastrear el «hardware» del lenguaje: la capacidad anatómica de percibir sonidos. Nuestro oído no es imparcial; está sintonizado para oír muy bien las frecuencias del lenguaje, incluso en ambientes con mucho ruido. Esto se mide a través del «ancho de banda»: cuanto mayor es el rango de sonidos que puedes oír bien, más eficiente es tu comunicación porque puedes crear muchas palabras cortas. Las palabras cortas son las mejores porque se producen y perciben rápido, con pocos errores; por eso en casi todas las lenguas la mayoría de palabras tienen tres sílabas o menos. Al aplicar esto a los fósiles, vemos que los australopitecos tenían un ancho de banda como el de un chimpancé. Pero en la Sima de los Huesos, hace medio millón de años, ya tenían un comportamiento muy complejo: cazaban bisontes, cuidaban a vulnerables y se ocupaban de los muertos; su ancho de banda era ya muy cercano al nuestro. Creo que las primeras fases del lenguaje sirvieron para cosas utilitarias e instrumentales, como enseñar a tallar la piedra o coordinar la caza. Pero una vez que tienes la herramienta —el lenguaje— y tu cerebro se hace más complejo, empiezas a usarla para expresar lo que tienes en la cabeza: desde sentimientos hasta quién nos ha creado.
«La conciencia de la muerte y del dolor ajeno no es exclusiva de nuestra especie»
Mirando al presente, usted señala que el futuro lo determinará la ética y no la tecnología. ¿Estamos perdiendo la brújula de la compasión?
No creo que estemos perdiendo la compasión. En Occidente tenemos un problema porque el sistema económico ha intentado sustituir la ética por el beneficio material. Parece que lo único que cuenta es el precio de las cosas y el margen de beneficio, pero creo que es una cuestión pasajera. Cuando ocurren catástrofes como la Dana o crisis como la de Venezuela, ves que la ética sigue ahí, modulándolo todo. La tecnología es solo una herramienta; las bombas atómicas no se tiran solas, dependen de una decisión ética. Lo único que realmente pone en peligro nuestra humanidad es la dictadura del beneficio a cualquier costa, esos fondos de inversión despiadados capaces de sacrificarlo todo por un 3% más. Sin embargo, al hablar con directivos de grandes empresas, descubro con sorpresa que compartimos los mismos valores humanos; la compasión va en nuestra «placa base» genética y no creo que la tecnología nos vaya a deshumanizar.
¿El riesgo de deshumanización estaría entonces en la deriva hacia el transhumanismo o los cíborgs?
Yo ya soy un poco cyborg: tengo un ligamento artificial en la rodilla y cristales en los ojos por cataratas. Pero eso son solo periféricos. Podemos robotizar el cuerpo, pero el núcleo duro, la conciencia y los recuerdos, es lo que nos hace ser quienes somos. Renunciar al cerebro para poner una máquina sería, literalmente, morir. Mucha gente querría un chip implantado para tener la capacidad de un móvil, pero nadie querría cambiar su «yo» por un robot.
¿Qué lecciones de Atapuerca podemos aplicar a problemas como la desigualdad o la superpoblación?
Siendo honestos, Atapuerca no nos da claves para esos problemas porque son nuevos. En el pasado no existía la superpoblación ni estos niveles de desigualdad brutales. No había propiedad privada de los medios de producción; la riqueza de una persona era lo que podía llevar encima mientras caminaba. No se podía acumular riqueza quitándosela a otros a gran escala. Estamos en una situación que no tiene parangón en nuestra historia evolutiva.
«Lo único que realmente pone en peligro nuestra humanidad es la dictadura del beneficio a cualquier costa»
¿Hemos subestimado la capacidad moral de las especies que nos precedieron?
A menudo proyectamos nuestros prejuicios del presente sobre el pasado. En el siglo XIX se proyectaba el racismo y el machismo sobre los fósiles, pintando a los neandertales como brutos y a las mujeres siempre en el fondo de la cueva cuidando niños mientras los hombres cazaban. Pero los datos nos dicen otra cosa: hemos encontrado tumbas de mujeres con instrumentos de caza mayor. El pasado se reconstruye con los ojos del presente y eso es peligroso porque, cuando esos prejuicios se plasman en cuadros o museos, vuelven a nosotros con el sello de «conocimiento científico» y refuerzan nuestras ideas preconcebidas. Lo más honesto que podemos decir es que hace 500.000 años ya existía la empatía y la cohesión de grupo; eso es lo que sabemos de verdad.
¿Cuál ha sido el gran éxito de Atapuerca, no solo a nivel científico sino como proyecto social?
Atapuerca es un éxito porque es un triángulo único: yacimientos extraordinarios, un equipo científico que lleva 40 años trabajando unido y, sobre todo, un proyecto social donde la sociedad civil y los políticos se han comprometido. Es un ejemplo de que cuando estamos juntos por una idea común, sin importar las ideologías, somos capaces de lograr cosas increíbles.
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