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Siglo XXI

Cleón de Atenas

El primer populista

Veinticinco siglos después de que Aristófanes representara al primer demagogo en escena, seguimos discutiendo si los líderes del populismo crean a las masas o si simplemente saben, mejor que nadie, leer lo que ya está ahí, esperando que alguien le otorgue voz.

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17
julio
2026

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Atenas, año 424 antes de nuestra era. Nos situamos en el Teatro de Dioniso. Ahí, durante las fiestas Leneas, un curioso dramaturgo llamado Aristófanes, que ya roza la treintena, hace algo que ningún cómico anterior a él había hecho, por lo menos con tanto descaro. Puso en escena al hombre más poderoso de la ciudad.

Aristófanes había intentado representar Los caballeros sin que ningún actor quisiera prestar su rostro al personaje del Paflagonio, el esclavo intrigante que todos en el público reconocían al momento como Cleón, general durante la Guerra del Peloponeso y político del momento. Así pues, tuvo que interpretarlo él mismo, embadurnándose la cara, ya que ni los fabricantes de máscaras se atrevían a moldear sus rasgos.

Cleón fue hijo de un curtidor, lo que –en una Atenas todavía dominada por los ilustres apellidos de la reciente era de Pericles– traslucía algo nuevo en el paisaje político. A saber, la entrada de la riqueza comercial, sin linaje que la respaldara, directamente al centro de la asamblea. Aristófanes no le perdonó ese origen y se lo recordó sin tregua llamándolo «el curtidor». Hay, evidentemente, clasismo en este desprecio, pero con él Cleón pudo entender que la democracia ateniense no premiaba al más sabio ni al más virtuoso, sino al que mejor leyera el ánimo de la multitud.

Cleón fue el primero en gritar en la tribuna y arremangarse el manto como un trabajador, rompiendo deliberadamente el decoro que se espera de un orador

Tucídides, que al parecer lo detestaba casi tanto como Aristófanes, dejó constancia de su método. Aseguró que sus discursos no argumentaban tanto como excitaban, apelaban menos a la deliberación que al instinto de masa. En Los caballeros, dicho instinto queda retratado mediante un personaje llamado Demos –el Pueblo en persona– convertido en un viejo caprichoso y manipulable al que dos esclavos rivales tratan de seducir compitiendo en halagos cada vez más desvergonzados. En realidad, Paflagonio no llega a convencer. Lo que hace es amasar cierta simpatía a base de promesas o, según se rumorea, con raciones de pescado regaladas a la salida del teatro de la asamblea.

En este estado de cosas, es importante recordar que el comediógrafo escribía para un público de propietarios acomodados, beneficiarios de un orden que Cleón amenazaba precisamente por defender a los sectores populares frente a la vieja aristocracia terrateniente. Cuando Cleón propuso aumentar el salario de los jueces populares –los célebres tres óbolos ridiculizados en Las avispas– estaba permitiendo que ciudadanos pobres pudieran permitirse el lujo de ejercer la justicia sin morirse de hambre mientras tanto. El populismo, ya entonces, resultaba indistinguible de la redistribución a ojos de quienes preferían que las cosas siguieran como estaban.

A través de fuentes que tenían inquina mutua entre sí pero que coinciden en lo esencial, parece ser que Cleón perfeccionó su estilo mediante la oratoria que renuncia a la mesura aristocrática, que grita, gesticula, recurre a la difamación directa contra sus rivales y promete soluciones rápidas para problemas que llevaban generaciones fraguándose. Plutarco cuenta que fue el primero en gritar en la tribuna y arremangarse el manto como un trabajador, rompiendo deliberadamente el decoro contenido que se espera de un orador.

Es evidente que Cleón no inventó la manipulación de masas, pero sí descubrió que en una democracia directa, donde miles de ciudadanos deciden a mano alzada, por ejemplo, sobre algo tan vital como la guerra, traficar con las emociones colectivas resulta más eficaz que argumentar con ellas. Cuando en el 427 propuso ejecutar a toda la población adulta de Mitilene tras una revuelta fallida, convenció con indignación y la asamblea aprobó la masacre por un voto de diferencia, arrepintiéndose tan deprisa que al día siguiente, en una sesión de urgencia sin precedentes, revocó la orden in extremis.

Esa secuencia –decisión febril y arrepentimiento inmediato– brinda una imagen fiel de los orígenes grecolatinos del populismo. Por supuesto, no como un corpus de ideas fijas, sino como un estado de ánimo colectivo que un orador hábil sabe activar y que, una vez activado, resulta casi imposible de gobernar hasta para quien lo desató. Veinticinco siglos después seguimos discutiendo si los demagogos crean a las masas o si simplemente saben, mejor que nadie, leer lo que ya está ahí, esperando que alguien le otorgue voz. A fin de cuentas, Elon Musk no regala raciones de pescado, pero sí sortea millones de dólares.

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