La batalla del pensamiento
No hay pensamiento sin atención. Pensar es ir más allá de lo que sabemos, internarnos en territorio desconocido e inventar ahí un surco propio.
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En 1940, en pleno conflicto mundial, la filósofa francesa Simone Weil escribe su conocida «Notas sobre la supresión general de los partidos políticos». Los partidos, su dinámica y su cultura, están en el origen de la debacle de las democracias europeas, el ascenso del fascismo y la Segunda Guerra Mundial. ¿En qué sentido? Son responsables de destruir la capacidad de prestar atención.
Simone Weil dedicó toda su obra a pensar la atención como base material de la libertad humana. La atención, según Weil, es la capacidad de escuchar algo que se nos presenta y responderle. Para ello, en primer lugar, hay que suspender los propios prejuicios, poner entre paréntesis el propio saber. De otro modo estaríamos aplicando simplemente al fenómeno en cuestión nuestras ideas previas. El primer trabajo de la atención es por tanto «negativo»: poner en duda, suspender nuestros automatismos, abrirnos a algo singular y desconocido.
En segundo lugar, lo que se nos presenta nos requiere una cierta respuesta: nos interpela, hay que elaborar algo al respecto, pensamiento y/o acción. En lugar de forzar la realidad, de encajarla en nuestros moldes previos, nos disponemos a escucharla y crear algo nuevo a partir de su contacto. Leer, por ejemplo, es un ejercicio de atención: meditar un texto y expresar las reflexiones que se nos ocurren. No hay pensamiento sin atención. Pensar es ir más allá de lo que sabemos, internarnos en territorio desconocido e inventar ahí un surco propio.
Leer es un ejercicio de atención: meditar un texto y expresar las reflexiones que se nos ocurren
Pensar, según Weil, es una actividad siempre individual, singular, de cada uno. Delegar el pensamiento equivale a dimitir de lo más propio: somos pensados por otros, en lugar de pensar el mundo por nosotros mismos. Pero cada uno no es un átomo aislado, sino que puede reunirse con otros para deliberar y decidir sobre las cuestiones de la vida en sociedad. Es el contenido más alto de la política, cuando esta no es simple dominación. La posibilidad de elaborar y expresar un juicio público sobre los problemas de la vida en común. A través de una asamblea de personas singulares, de una configuración de únicos, de un pensamiento plural.
La dinámica infernal de los partidos destruye las condiciones de atención. Por tres motivos al menos. En primer lugar, son máquinas de fabricar «pasión colectiva». La pasión colectiva, para Simone Weil, es pasión de unanimidad. Todos iguales, un «nosotros» sin diferencias, sin singularidades, sin únicos. En segundo lugar, los partidos someten a presión a todos y cada uno de sus miembros. El ideal de partido es siempre la homogeneidad y el precio a pagar por la disidencia es la exclusión. Lo vemos a diario, no solo en los viejos partidos, sino también en los que vienen supuestamente a «renovar la política». Por último, los partidos no están interesados en primer lugar en el bien o la utilidad pública, sino ante todo en su propio crecimiento, en el aumento de su propio poder, a costa de lo que sea.
En definitiva, hemos puesto al mando de las cosas comunes a máquinas absolutamente privadas. Es una de las mayores irracionalidades de nuestra época que se cree, sin embargo, tan racional.
«Tomar partido» es todo lo contrario a prestar atención. No se escucha profundamente algo que se presenta (un problema, un acontecimiento, un fenómeno nuevo), sino que se toma posición a favor o en contra, dependiendo de si favorece o perjudica a nuestro partido.
¿Ha visto alguien dudar a un político alguna vez? No se responde creadoramente a lo que llega, inventando modos de reflexión y acción, sino que se instrumentalizan las cuestiones en el propio beneficio, se «gestionan» los problemas. La discusión entre partidos es un simple intercambio de propaganda, lo que hoy se llama (eufemísticamente) «batalla cultural». Los hechizados por la cultura de partido no meditan nunca movidos por el deseo de verdad, por las ganas de hacerse una idea propia sobre algo, sino que se alinean unos contra otros en un tablero de ajedrez.
Los partidos no inventan esta dinámica de tribunales y excomuniones, explica Weil, sino que la heredan de la Iglesia. Son «pequeñas iglesias profanas» que sustituyen la complejidad del mundo por la aceptación incondicional de un pack de verdades: la ideología. En lugar de pensar cada uno cada cuestión, la ideología nos ofrece a todos una posición para todos los temas de la vida. En el fondo, cada partido querría todo el poder, son potencialmente totalitarios y solo se logra un cierto equilibrio entre ellos porque —al menos en la democracia representativa— hay varios.
Este texto es un extracto de ‘La batalla del pensamiento’ (Ned Ediciones), de Amador Fernández-Savater
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